martes, 14 de agosto de 2018

230- GLORIA



GLORIA
BENITO PEREZ GALDOS
ESPAÑA
 230
-¡Oh, grandeza del sacrificio! No, no es tanto lo que yo pedía -exclamó Morton con enérgica exaltación-. Noble y hermosa es tu alma, Gloria. Si como dices, nos separamos para siempre, déjame que te vea algún tiempo más. Piensa en mi soledad, que va a ser como la de los mares, siempre revueltos en sí mismos, y en su lejana inmensidad, sin testigo. Gloria, vida mía, sol de mi vida: óyeme, no me dejes así. Si cuando desaparezcas de mis ojos quedo con recelo de haberte ofendido, padeceré mucho...
Gloria se levantó.
-Todavía no, aguarda -dijo Morton deteniéndola-. Grande es mi fe en quien hizo los cielos y la tierra, en quien a ti te hizo. Poniéndole por testigo, juro que te adoro, que mi boca no profirió expresión que no fuese verdad, que te adoro, y que jamás, mientras respire, ningún otro amor más que el tuyo entrará en mi pecho, ni en mi memoria otro recuerdo que el recuerdo de ti.
Gloria sentía temblar las manos de Morton que le oprimía sus manos, y en su rostro sentía el aliento de él y la reverberación de sus ardientes miradas. La doncella se agitó gimiendo, como la espiga devorada por la llama. Su corazón se deshacía.
-Gloria -añadió él con el acento de quien llama al que no ha de responder-; Gloria, yo arrastraré toda mi vida un remordimiento muy pesado, si no te confieso ahora que soy un malvado, un malvado, porque no debí amarte y te amé, porque no debí mirarte y te miré. Tus ojos, tu gracia, tu hermosura, tu bondad y tu alma toda me cautivaron... Olvidándome de las leyes terribles que nos separan, me acerqué a ti. Reconozco que mi deber entonces era huir, huir antes de que el mal fuese irremediable; pero fuí débil, conocí que me amabas, y tu espíritu     encadenaba al mío. Se necesitaba ser Dios para no caer en este lazo. Ya viste mi conducta. En vez de abandonar a tiempo tu casa, quedeme en ella. Después creí que un favor especial del cielo allanaría los obstáculos; pero ha pasado el tiempo, y los obstáculos subsisten más terribles e imponentes cada día. Ha llegado el tiempo del envilecimiento o del retroceso, y tú me das el ejemplo. Tú eres grande; tú sabes hacer lo que yo, miserable, no supe. ¡Maldito sea yo, que vi la felicidad y no la pude poseer! Te devuelvo a tu casa, a tu religión, y te devuelvo pura, inmaculada... Por Dios, ¿no ves tú, no ves clara y patente la honradez de mi alma?
-Sí -repuso Gloria entre angustiosos sollozos.
-¿Conservas alguna sombra de recelo con respecto a mí?
-No.
-¿Me creerías digno de ti, si una fatalidad de nacimiento no lo impidiera?
-Sí.
-Pues ahora -dijo resueltamente el extranjero levantándose-, separémonos.
-Para siempre -dijo Gloria levantándose también.
Pálida y grandiosa en su dolor, parecía el    ángel de la muerte cuando viene a llevarse un alma. Daniel la abrazó. La señorita de Lantigua ocultó la frente en el pecho de su amigo, regándolo con sus lágrimas durante breve rato.
-Dame un recuerdo tuyo -dijo Morton.
-La memoria fiel no necesita recuerdos materiales.
-Es verdad: yo no los necesitaré; pero si te vas, no te vayas toda. Dame aunque sea un cabello.
Gloria se llevó la mano a la cabeza y separó de ella una mata de pelo.
Sonriendo en medio de su pena, con esas terribles palpitaciones o vagidos humorísticos que tiene el dolor, dijo:
-No hay tijeras.
-No importa -dijo Morton-. Lo cortaré yo...
Y con los dientes, en medio minuto, cortó el pelo.
-Es casi de noche.
-Para mí ya todo es noche -murmuró el extranjero.

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