GLORIA
BENITO PEREZ GALDOS
ESPAÑA
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-¡Oh, grandeza del sacrificio! No, no es tanto lo que
yo pedía -exclamó Morton con enérgica exaltación-. Noble y hermosa es tu alma,
Gloria. Si como dices, nos separamos para siempre, déjame que te vea algún
tiempo más. Piensa en mi soledad, que va a ser como la de los mares, siempre
revueltos en sí mismos, y en su lejana inmensidad, sin testigo. Gloria, vida
mía, sol de mi vida: óyeme, no me dejes así. Si cuando desaparezcas de mis ojos
quedo con recelo de haberte ofendido, padeceré mucho...
Gloria se levantó.
-Todavía no, aguarda -dijo Morton
deteniéndola-. Grande es mi fe en quien hizo los cielos y la tierra, en quien a
ti te hizo. Poniéndole por testigo, juro que te adoro, que mi boca no profirió
expresión que no fuese verdad, que te adoro, y que jamás, mientras respire,
ningún otro amor más que el tuyo entrará en mi pecho, ni en mi memoria otro
recuerdo que el recuerdo de ti.
Gloria sentía temblar las manos de
Morton que le oprimía sus manos, y en su rostro sentía el aliento de él y la
reverberación de sus ardientes miradas. La doncella se agitó gimiendo, como la
espiga devorada por la llama. Su corazón se deshacía.
-Gloria -añadió él con el acento de
quien llama al que no ha de responder-; Gloria, yo arrastraré toda mi vida un
remordimiento muy pesado, si no te confieso ahora que soy un malvado, un
malvado, porque no debí amarte y te amé, porque no debí mirarte y te miré. Tus
ojos, tu gracia, tu hermosura, tu bondad y tu alma toda me cautivaron...
Olvidándome de las leyes terribles que nos separan, me acerqué a ti. Reconozco
que mi deber entonces era huir, huir antes de que el mal fuese irremediable;
pero fuí débil, conocí que me amabas, y tu espíritu encadenaba al mío. Se necesitaba ser
Dios para no caer en este lazo. Ya viste mi conducta. En vez de abandonar a
tiempo tu casa, quedeme en ella. Después creí que un favor especial del cielo
allanaría los obstáculos; pero ha pasado el tiempo, y los obstáculos subsisten
más terribles e imponentes cada día. Ha llegado el tiempo del envilecimiento o
del retroceso, y tú me das el ejemplo. Tú eres grande; tú sabes hacer lo que
yo, miserable, no supe. ¡Maldito sea yo, que vi la felicidad y no la pude
poseer! Te devuelvo a tu casa, a tu religión, y te devuelvo pura, inmaculada...
Por Dios, ¿no ves tú, no ves clara y patente la honradez de mi alma?
Pálida y grandiosa en su dolor,
parecía el ángel de la
muerte cuando viene a llevarse un alma. Daniel la abrazó. La señorita de
Lantigua ocultó la frente en el pecho de su amigo, regándolo con sus lágrimas
durante breve rato.
Sonriendo en medio de su pena, con
esas terribles palpitaciones o vagidos humorísticos que tiene el dolor, dijo:
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