Domingo, 25 de diciembre de 2016
UN COLLAR DE TURQUESAS EN NAVIDAD
Por Fulton Oursler 1952
UN COLLAR DE
TURQUESAS
Por Fulton Oursler
1952
EL
HOMBRE mas triste y solitario del pueblo era sin duda Pedro Richards aquel
día en que Juanita Grace entró en su tienda.
Algo de lo que voy a contar lo leyeron ustedes probablemente en
los periódicos a poco de
ocurrir el incidente,
mas no supieron su nombre ni el de ella porque la
prensa no los publicó, ni contó tampoco la historia completa como yo la voy a relatar aquí.
Aquel
pequeño comercio de curiosidades lo había heredado
Pedro de su abuelo. El pequeño escaparate con vidriera a la calle estaba atestado de cosas antiguas en pintoresco desorden: brazaletes y relicarios que estuvieron de moda por allá en
los tiempos de Maricastaña; anillos de
oro y cajas de plata labrada; estatuillas de jade y de marfil; pastorcitos y damiselas de porcelana.
En
aquella tarde invernal hallabase allí una niña con la frente pegada a los
cristales; la atenta
mirada de sus grandes ojos examinaba cada uno de aquellos tesoros de desecho como si buscara algo muy
especial.
Por
fin se decidió y con
aire satisfecho entró en la tienda. El umbrío interior estaba
aún más atestado que el escaparate. Los estantes estaban colmados de cofres y joyeros, pistolas de duelo, relojes y lámparas; y por el suelo yacían morrllos de
chimenea, mandolinas, e
infinidad de cosas.cuyos nombres no sería fácil saber.
Detrás
del mostrador estaba Pedro en persona: hombre no mayor de 30 años aunque sus cabellos ya habían comenzado a blanquear, con gesto desapacible contempló a la pequeña parroquiana que apoyaba las
manecitas desenguantadas sobre el mostrador.
—Señor—comenzó la niña—¿ quisiera usted hacer el favor de mostrarme
esa sarta de cuentas azules que
hay en el escaparate?
Pedro
apartó las cortinas y alzó el collar. Las turquesas brillaron con
azulados destellos
sobre la palidez de la mano que extendía la joya para enseñársela a la chiquilla.
—¡Son perfectas!—dijo
ella para sí. Y luego en voz alta—: Tenga la
bondad de envolvérmelas en un pa‑ quetito, pero muy lindo.
Pedro
la examinó con su dura mirada.
—¿Para quién las compras?
—Son
para mi hermana mayor. Ella es quien ve por
mí. Verá usted, ésta es la primera
Navidad que
pasamos desde que murió
mamá, y me he propuesto buscar el más lindo
regalo que pueda encontrar para mi
hermana.
—¿Cuánto
dinero traes?—le preguntó Pedro cauteloso.
Ella
había estado desatando rápidamente los nudos de un pañuelo y ahora vertió sobre el mostrador un puñado de
céntimos.
—Rompí mi alcancía—explicó.
Pedro la miró
pensativo. Retiró el collar cuidadosamente. La
niña no había visto el precio marcado en la
etiqueta. ¿Cómo se lo diría ? La confianza
reflejada en
esos ojos azules removía en él el dolor
de una vieja herida.
—Espera
un momento—le dijo, y se fue a la trastienda. Parecía muy ocupado en algo, porque apenas volviendo la cabeza le preguntó:
— ¿ Cómo te llamas?
—Juanita Grace.
Cuando volvió donde
Juanita esperaba, traía en la mano un
paquete envuelto en hermoso papel
escarlata, atado con un lazo de cinta
verde.
—Aquí tienes—le dijo
alargándoselo—. Y cuidado no lo pierdas en
el camino.
Juanita
le sonrió alegremente y salió de la tienda corriendo. A través de la
vidriera Pedro la vio marchar mientras llegaban a su mente en tropel los tristes recuerdos. Juanita Grace y su collar se le habían metido muy adentro
y le habían removido una pena que no se dejaba sepultar en el olvido. Los cabellos de
aquella niña eran rubios como el trigo maduro; sus ojos azules como el azul del mar; y cierta vez, no hacía mucho tiempo, Pedro
había andado enamorado de una muchacha que tenía el cabello así, rubio, y los ojos así, azules ... Y el collar de turquesas
lo tenía destinado para ella.
Pero
llegó una noche lluviosa ... un camión que patina sobre el pavimento resbaladizo . . . una vida que dasaparece
... y con ella una ilusión que
se destroza.
Desde
entonces Pedro Richards vivió entregado a su dolor en la soledad. Se mostraba atento y comedido con la clientela, pero después de las horas de
trabajo
su mundo quedabase completamente vacío.
Trataba de olvidar
sumergiéndose en una bruma de compasión de sí mismo que se espesaba
cada día más.Los ojos azules ojos de Juanita
Grace despertaron en él el recuerdo
punzante lo que había perdido. El dolor que esto le produjo le hizo esquivar la
garrulería de los compradores de esos días de fiesta. En los diez días
que siguieron, las ventas fueron buenass. Mujeres parlanchinas invadían la
tienda, examinaban baratijas y regateaban. Cuando el último parroquiano hubo
salido, ya tarde de la noche la víspera de Navidad, Pedro dió, un
suspiro. Había pasado la batahola de aquel año. Pero para él la noche no había
terminado.
Se abrió la puerta y entró una joven apresuradamente. Con inexplicable
sobresalto Pedro se dio cuenta de que él conocía esa cara, , pero no sabía en
dónde ni cuándo la había visto antes. Tenía el cabello dorado como el trigo maduro y los grandes ojos azules. Sacó de la bolsa unpaquete medio desenvuelto, de
papel escarlata y lazo de cinta verde. Otra vez la sarta de cuentas
azules brilló sobre el mostrador.—¿Fue esto
comprado aquí? —preguntó.
—Sí; en efecto—respondió Pedro con voz suave.
—¿Y las piedras ... son
legítimas?
—Sí: no de muy alta calidad, pero son finas.
—¿Puede usted recordar a quién se
las vendió?
—A
una pequeña que dijo llamarse Juanita.
—¿Cuánto valen?
—El precio—respondió
Pedro en tono solemne—es cosa
confidencial entre vendedor y
comprador.
—Pero es que Juanita nunca ha
dispuesto más que de unos cuantos céntimos
para sus compras. ¿Cómo pudo pagarle a
usted?
—Me pagó el precio más alto que nadie hubiera podido ofrecer
por ellas: me dio cuanto tenía.
Pedro
arreglaba de nuevo el vistoso
papel escarlata y hacía otra vez el paquetito.
Se
hizo un silencio que llenó la pequeña tienda de curiosidades. En alguna
torre lejana una campana comenzó a tañer. El tañido del esquilón
distante, el paquetito sobre el mostrador, el interrogante abierto en los ojos de la muchacha y el sentimiento
extraño de renovación que pugnaba
ilógico en el corazón del
hombre.
todo aquello tomaba forma gracias al amor de una niña.
—¿Pero qué lo indujo a usted a hacer eso?
El tomó el regalo y se lo
ofreció.
—Ya estamos en los albores de la Navidad—dijo—y
por mi desgracia no tengo
a quién hacerle un regalo. ¿No me permitiría usted acompañarla
hasta su casa para desearle una Nochebuena
muy feliz?
Y así, al clamor de muchas campanas y en medio de alegre multitud, Pedro Richards, acompañado de una muchacha cuyo nombre aún no sabía, entró por el amanecer de ese gran día que
a todos nos llena de esperanza.