viernes, 29 de diciembre de 2017
EL MÁRTIR DEL GÓLGOTA. TRADICIONES DE ORIENTE
1866
EL MÁRTIR DEL GÓLGOTA.
TRADICIONES DE ORIENTE
SU AUTOR
ENRIQUE PEREZ ESCRICH.
Dimas arrebató un cabrito á unos pastores.
Desde entonces empezó á vagar como un malhechor por
lo mas fragoso de los bosques.
De noche abandonaba sus incultas madrigueras para
asaltar á los indefensos caminantes; pero el desgraciado
huérfano , que aborrecia la sangre por instinto , jamás em-
pleaba otras armas que la amenaza para despojar á sus víc-
timas.
Mientras tanto la luna nueva se aproximaba, y Dimas no
habia aun satisfecho al cuchillero las veinte onzas romanas
que le adeudaba.
Habia jurado pagarlas por la memoria del insepulto ca-
dáver de su padre, y era preciso cumplir el juramento.
¿Mas cómo, cuando ni un miserable denario de cobre
poseía?
Dimas, sentado al borde de una angosta barranca, co-
menzó á reflexionar sobre su suerte futura.
Habia dado el primer paso en la carrera del crimen.
Sus hazañas bandálicas no pasaban aun de miserables
despojos cometidos á los indefensos pastores con el solo objeto
de aplacar el hambre ; entonces allí solo encerrado consigo
m ismo comprendia lo que habia hecho.
Era imposible retroceder; pero también comprendía que
era indispensable que sus aventuras fueran en mayor escala.
Ladrón por ladrón , se dijo, busquemos oro: la vida lo
mismo se arriesga robando un sertesio (1) que un talento (2)
hebreo ; la honra lo mismo se pierde robando una paloma
que un buey.
Hecha esta resolución , Dimas se puso en pié , y agitando
sus largos cabellos con un movimiento enérgico de cabeza,
lanzó una mirada altiva por aquellas soledades que le cerca-
ban, y acariciando el tosco mango de su cuchillo murmuró
estas palabras :
—Cuando la vida se tiene en poco , el hombre puede lle-
gar á ser mucho; sí, es preciso que yo sea el rey de estos
bosques, el terror de Israel.
Por entonces vivaqueaba en los montes de Samaría una
cuadrilla de bandidos que , á la sombra de las contiendas ci-
viles que agitaban las tribus de Israel, cometian toda clase
de crímenes con una audacia increíble.
En vano Herodes enviaba á sus soldados para estermi-
narlos: los bandidos de Samaría eran invisibles, y sin em-
bargo el teatro de sus bandálicas escenas era el corazón de
Palestina.
Los mercaderes de Egipto , de Damasco , de Tiro y Sidon
se veían con frecuencia asaltados en medio del dia, en mitad
de los caminos.
La audacia de los bandidos samaritanos no tenia límites.
Las calles de Jerusalen presenciaron mil veces escenas de
repugnante barbarie llevadas á cabo por el puñal homicida
de los indómitos habitantes del monte Hebal.
Sus devastadoras correrías se estendieron desde la tribu
de Judá á la tribu de Aser, y no pocas veces cruzando el
(1) Moneda de cobre de poco valor.
(2) El talento hebreo equivale á mil quinientos ochenta y tres pesos Ju-
ros y algunos reales de nuestra moneda.
Jordán habian llevado el terror y el saqueo hasta los bos-
ques de Efraim.
Los montes de Samaría con sus profundas cavernas les
servían de refugio para burlar las persecuciones de los hero-
dianos.
El tétrico y solitario castillo que coronaba la cima del
Hebal les servia de cuartel de invierno.
Dimas era valiente: desesperando hallar la sociedad de
los hombres honrados, se decidió á buscar la de los feroces
bandidos de Samaría.
Después de cuatro días de marchas forzadas llegó á las
faldas del terrible monte.
Nadie se hubiera atrevido á tanto en aquellos tiempos.
La desesperación centuplicaba el ánimo del hijo del pla-
tero jerosolimitano.
Dimas se detuvo como á unos treinta pasos de la solita-
ria fortaleza.
La subida era espinosa y cansada: desfallecido por la fa-
tiga se sentó sobre una piedra.
Se hallaba solo: ni el canto de las aves, ni la voz humana
interrumpían la profunda soledad de los hondos precipicios
que le rodeaban.
Dimas parecía el genio del mal, cuando después de su
caida se sentó al borde del abismo á contemplar por un ins-
tante la horrible mansión que Dios le concedía en castigo de
su soberbia loca.
CAPITULO IV.
Los bandidos.
Ni una sola nube manchaba el claro y hermoso horizonte
de Palestina. El sol, desde la mitad del cielo, bañaba con la
radiante luz de sus rayos las escabrosas cordilleras y los fér-
tiles llanos de Samaria.
Y allá á lo lejos, por la parte del Este, se extiende una
nube cenicienta que, á semejanza de una larga culebra de
gasa, hunde su enorme cabeza en las azuladas aguas del
lago de Genezarett; mientras que su enroscada cola iba á
sepultarse entre las pesadas y malditas aguas del mar
muerto.
Aquella cinta de encaje flotante, aquella manga de polvo
que parece brotar de la tierra, eran las nieblas del Jordán
que se elevaban al cielo en vaporosas y húmedas emana-
ciones.
Dimas contempló en silencio el grandioso panorama que
se estendia ante sus ojos.
De vez en cuando sus miradas se fijaban en el tétrico y
solitario castillo.
Su cerrada puerta, sus desiertas almenas, sus desmoro-
nados muros , le daban el aspecto de una de esas mansiones
malditas, cuyas sangrientas tradiciones apartan con espanto
de sus contornos á los medrosos habitantes de las aldeas, á
los ingenuos y supersticiosos apacentadores de ganados.
Dimas, firme en su propósito, después de asegurarse de
que su puñal permanecía oculto en los pliegues de su túnica,
desrolló de su cintura una honda formada con hojas de pal-
mera seca, colocó una piedra de tres pulgadas de diámetro
en la cuna de la honda, y luego, haciéndola girar como un
molinete sobre su cabeza, envió el proyectil dentro del cas-
tillo por encima de sus murallas.
Esperó algunos momentos, pero nadie asomaba á sus
torreones.
Volvió á repetir por tres veces la misma maniobra; pero
éstas, como la primera, tuvieron el mismo resultado.
— El castillo está solo, se dijo; y una sonrisa estraña asomó
á sus labios.
Luego continuó hablando consigo mismo.
— Bueno fuera que un barbilampiño como yo se apoderara
de la bolsa de esos zorros barbados que hacen temblar con
solo sus nombres á los impíos y afeminados romanos, á los
torpes y cobardes herodianos, y á los indefensos mercaderes
de el Nilo, el Eufrates y el Jordán.
Dimas, después de murmurar estas palabras, se quedó un momento pensativo. Luego se pasó la mano por la frente varias veces , y des- nudando su largo puñal y arrojando una saliva sobre una peña, se puso con tranquilidad á afilar la punta del instru- to que habia vengado á su padre. — Ea, valor, Dimas; la muerte es un momento: la vida es larga y pesada cuando se tiene hambre y se duerme en des- poblado. Y diciendo esto se encaminó resueltamente hácia el cas- tillo , en cuya puerta descargó tres fuertes golpes con una piedra que habia cogido al paso, de propio intento. Nadie respondió. Entonces, seguro que el castillo se hallaba abandonado, reconoció escrupulosamente el muro que le cercaba , halló un trozo derruido, por el cual, aunque no con macha facili- dad, podía escalarse la fortaleza por las muchas grietas y rajadas piedras. Con el puñal en los dientes comenzó á trepar por la muralla. Una mano que hubiera flaqueado, una piedra que se hu- biera desprendido, su muerte era segura; su cuerpo, rodando de abismo en abismo , se hubiera deshecho en sangrientos pedazos contra los salientes picos de las rocas
domingo, 11 de febrero de 2018
CÓMO ESPERÓ LA MUERTE REINALDO PAGET-Su hijo póstumo
Por John Erskine
Selecciones Enero 1949
domingo, 16 de septiembre de 2018
CONQUISTA DE GRANADA -LOJA- CAP VVIII IRVING WASHINGTON
CONQUISTA DE GRANADA
IRVING WASHINGTON
Llegando á aquella plaza, asentó el Rey su estancia entre unos olivares, á orillas del rio Jenil, que por aquella parte pasa muy hondo, y acanalado por unas riberas tan altas, que con dificultad se puede vadear, y los moros estaban en posesion del puente. Las alturas inmediatas fueron ocupadas por la demas tropa, distribuida en varios acampamentos, pero separados unos de otros por barrancos, de suerte que en caso necesario, no podian acudir á socorrerse mútuamente. La artillería, por otra parte, se colocó con tan poco acierto, que no se pudo sacar de ella utilidad alguna, y la aspereza y desigualdad del terreno impidieron no poco las maniobras de la caballería. Todos estos defectos fueron notados por el duque de Villahermosa, hermano natural del Rey, que aconsejó se mudase el campo á otra parte, y se echasen puentes sobre el rio. Hiciéronse algunas diligencias á este efecto, pero con tan poca actividad y conocimiento, que no fueron de ningun provecho. Hay cerca de la ciudad un cerro llamado cuesta de Albohazen, que por dominar á aquella ciudad y estar situado delante del puente, era muy á propósito para contener al enemigo. Para remediar en parte los desaciertos cometidos, y dar mayor seguridad al campo, se hacia preciso apoderarse de aquella altura y fortificarse en ella; por lo que mandó el Rey que acometiesen á tomarla; y este honroso encargo se confió al valor y bizarría del marqués de Cádiz, el marqués de Villena, don Rodrigo Tellez Giron, maestre de Calatrava, su hermano el conde de Ureña y don Alonso de Aguilar. Subieron allá estos ínclitos guerreros con sus tropas, y vióse en breve relucir la cuesta de Albohazen con las armas de Castilla. Mandaba á la sazon en Loja un alcaide viejo llamado Aliatar, cuya hija era la sultana favorita de Boabdil. Era Aliatar un esforzado y valiente moro, muy versado en la guerra, como que se habia criado en ella; y aunque muy cargado de años, (pues llegaban á noventa los que tenia) conservaba en la vejez todo el fuego y energía de la juventud. Su nombre era el terror de la frontera, su espíritu indómito y fiero, é implacable el odio que profesaba á los cristianos. Tenia á sus órdenes tres mil ginetes, con los cuales habia hecho muchas correrías muy señaladas, y estaba esperando por momentos la venida del Rey viejo con tropas de refuerzo. Desde las torres de su fortaleza, habia observado este veterano caudillo los movimientos del ejército cristiano, y ninguno de los errores que cometieron se ocultó á su penetracion. Aquella misma noche, mandó salir un cuerpo numeroso de tropa escogida, con órden de ponerse en emboscada junto á una de las faldas de la cuesta de Albohazen; y al dia siguiente hizo una salida por el puente, fingiendo atacar aquella altura. Corrieron á hacerle rostro los caballeros que alli estaban, dejando desamparado el puesto, y al punto Aliatar finge ceder al ímpetu del enemigo y retrocede: los cristianos le persiguen, y hallándose ya bastante apartados de su campo, oyen á retaguardia un clamor terrible; vuelven el rostro y ven atacado su acampamento por los moros que habian quedado en emboscada: acuden los cristianos á la defensa de sus estancias, y tornan á pelear con grande ánimo; pero Aliatar revuelve al instante contra ellos y los embiste. Viéronse entonces los caballeros acometidos de frente y por espalda, y con esta desventaja sostuvieron el combate por espacio de una hora: la cuesta de Albohazen se empapó en sangre, y quedó cubierta de montones de cadáveres; pero viniendo luego á socorrerles una parte del ejército cristiano, fue forzado el fiero Aliatar á retirarse, y se volvió con los suyos á la ciudad. Algunos caballeros de fama perecieron en esta refriega: entre ellos don Rodrigo Tellez Giron, que murió de una saeta, la cual le acertó debajo del brazo al tiempo de levantarlo para descargar un golpe. Fue muy sentida su muerte, por haber ocurrido en la flor de su edad, cuando apenas contaba veinte y cuatro años. Los Reyes le lloraron como á uno de sus mejores vasallos, los capitanes como á un fiel compañero de armas y partícipe en sus glorias y peligros, y los soldados como á un gefe bajo cuya conducta se habian prometido alcanzar los mayores triunfos. Alterado por este revés, y conociendo, aunque tarde, ser muy acertada la opinion del marqués de Cádiz en cuanto á la insuficiencia de sus fuerzas para aquella empresa, convocó el Rey aquella noche un consejo de guerra, y se acordó, para evitar mayores desastres, retirar el ejército y replegarse sobre Riofrio, no muy lejos de alli, á fin de esperar la reunion de las tropas que venian de Córdoba. Al amanecer del dia siguiente, se empezaron á abatir las tiendas en la cuesta de Albohazen; y notando el vigilante Aliatar este movimiento, salió sin tardanza para dar un nuevo ataque. Una parte del ejército cristiano, á quien aun no se habia comunicado la órden de levantar el campo, viendo que se abandonaba aquella posicion importante y que salia toda la guarnicion de Loja, entendió que los moros habrian sido reforzados la noche pasada por la venida de su Rey, y que el ejército se habia puesto en retirada. Al punto y sin detenerse á recibir órdenes, se entregan á una fuga precipitada; y comunicando su confusion á los demas, no paran en su carrera hasta llegar á un parage dicho la Peña de los enamorados, distante de Loja unas siete leguas[17]. [17] Pulgar, Crónica. El Rey y los capitanes que le asistian reconocieron el peligro de aquel momento, y haciendo frente al enemigo, sostuvieron repetidas cargas, para dar tiempo á que se recogiese el campo y se pusiese en salvo la artillería y demas pertrechos. Conseguido este objeto, corrió el Rey á una altura desde donde llamando á voces á los fugitivos, procuraba rehacerlos. Reuniéronsele unos pocos, con los cuales, metiéndose por medio del fuego enemigo, arremetió á un escuadron de moros con tal denuedo y valor, que los arrolló y echó hasta el rio, donde fueron ahogados los que no murieron con la espada. Pero reforzados los moros, volvieron en mayor número, y corrió gran peligro la persona del Rey: dos veces debió la vida al valor de don Juan Ribera, señor de Montemayor. El marqués de Cádiz, viendo desde lejos el riesgo de su Soberano, corrió á socorrerle seguido de unos setenta ginetes, y de la primera lanzada atravesó al mas osado de los moros. Herido el caballo de un flechazo y sin mas armas que la espada, se echó entre el Rey y los enemigos, y haciendo prodigios de valor, le sacó de aquel aprieto. Á su constancia y serenidad se debió principalmente la salvacion de la mayor parte del ejército[18], en el cual hubo, no obstante, grandes pérdidas, por lo mucho que en aquel azaroso dia se expusieron los caudillos. El duque de Medinaceli fue derribado de su caballo, y estuvo en poco no cayese en manos del enemigo: el conde de Tendilla recibió varias heridas, y no fue menos lo que padecieron otros hidalgos de nota y caballeros de la casa real. Por último, recogido la mayor parte del bagage y restablecido algun tanto el órden, comenzó á retirarse el ejército, evacuando las cercanías de Loja y la sangrienta cuesta de Albohazen, con pérdida de algunas piezas de artillería, muchas tiendas de campaña y una cantidad de provisiones. [18] Cura de los Palacios, c. 58. Siguió Aliatar el alcance, picando la retaguardia hasta llegar á Riofrio. Desde alli pasó el Rey Fernando á Córdoba, donde procuró escusar este mal suceso, atribuyéndolo al poco número de sus fuerzas y á la circunstancia de ser gente allegadiza, sin experiencia ni disciplina. Tal fue el éxito de esta mal trazada expedicion, en que recibió Fernando una leccion que le hizo mas cauto en adelante y menos confiado en su fortuna. Entre tanto, para consolar y animar á sus soldados, ordenó una nueva incursion en la vega de Granada.
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VICENTE DE LA ROSA PALACIOS
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“VISTA PARA SU MATRIMONIO JUNIO 2 DE 1877”
viernes, 26 de octubre de 2018
AQUÍ COMIENZA LA PROSPERIDAD DE LA FAMILIA Y DE LAS NACIONES
28:2 Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová tu Dios.
28:3 Bendito serás tú en la ciudad, y bendito tú en el campo.
28:4 Bendito el fruto de tu vientre, el fruto de tu tierra, el fruto de tus bestias, la cría de tus vacas y los rebaños de tus ovejas.
28:5 Benditas serán tu canasta y tu artesa de amasar.
28:6 Bendito serás en tu entrar, y bendito en tu salir.
28:12 Te abrirá Jehová su buen tesoro, el cielo, para enviar la lluvia a tu tierra en su tiempo, y para bendecir toda obra de tus manos. Y prestarás a muchas naciones, y tú no pedirás prestado.
28:13 Te pondrá Jehová por cabeza, y no por cola; y estarás encima solamente, y no estarás debajo, si obedecieres los mandamientos de Jehová tu Dios, que yo te ordeno hoy, para que los guardes y cumplas,
HISPANOAMERICANOS VILLA HUEHUETENANGO
1860-1861
173
ROSAURA RIOS VELASQUEZ DE DAVID RIOS Y ANDREA VELASQ MADRIN TEOD HERRER
MAN GUT
FRANCISCO DIAZ CIFUENT
LUIS LOPEZ MORALES
CHAVES MERIDA
174
RAFAELA DE JESUS AVILA SOSA MADRINA CARMEN SOSA 1885 MATRIM
ESTER CHAVES PALACIOS
SIMONA CHAVES PALACIOS
VICENTE MORALES ARGUETA DE ALBINO MORALES Y DE MANUELA ARGUETA MADRI MARGARITA MORALES
SIMONA HIJA DE BERNABELA DE LEON
RIVAS LOPEZ
BALENTINA MORALES RIOS
175
MARIA CARLOS CHAVEZ MADRINA SALOME MONT
MONZON SOSA
REMITIDA A CHIMALTENANGO EN NOV 1879 JOSE CASTILLO PALACIOS DE PIOQUINTO CASTILLO Y PETRONA PALACIOS MADRI FRANCISCA PALACIOS
176
NICOLASA DE LEON ARGUETA
JULIA MORALES CARDONA D ECIRIACO MORALES Y FAUSTINA CARDONAMADRINA FRANCISCA TARACENA
177
NICOLAS LOPEZ MORALES DE JOSE MARIA LOPEZ Y DE NOLBERTA CASTILLO MATRI ABRIL 1879 MADR RITA ALVARADO
178
LOPEZ ARGUETA
MARIA DE JESUS CASTELLANOS SAMAYOA DE FELIPE CASTELLANOS Y MARIA SAMAYOA PADRINO DON SANTOS CARRERA (Hermano de Rafael Carrera presidente de Guatemala)
JOSE MARIA CASTILLO LOPEZ DE PEDRO CASTILLO Y ALEJANDRA LOPEZ
AÑO DE 1861
179
EULALIA GUTIERREZ `PALACIOS MAD CIPRIANA MERIDA
MANUEL YSIDORO GALINDO RIVERA
DANIEL HERRERA RECINOS
HERMELINDA HERRERAN MARTIN
ALVARADO HERRERA MADRI SATERNINA PALACIOS
MARIA SANTIAGO D E CHIANTLA
180
LOPEZ CASTILLO MADRI MARIA VILLATORO
CAST CARD
EULALIO SOSA
RECINOS CARD MADRI EULOGIA GRANADOS
HIDALGO MAURICIO
PALACIOS HERNANDEZ
181
CORNELIO PALACIOS VILLATORO POR INF. SEGUIDA POR MEDIO DE DECLARANTES MARIA ANGELA ARGUETA Y NICOLASA ARGUETA EN 1835 FUE BAUTIZ CORNELIO HIJO D EMARIANO PALACIOS Y DE FELIPA VILLATORO FUE PADRI JOSE LEON ARGUETA
JULIANA RIVERA MADRI MARIA RIVERA
DE GREG LOP Y CIRI MORA
RECINOS GONZ
CASTILL MONZON PADRI CAYET PALACIOS
CAST RECIN
182
ALVAR MORAL
MARIA IZQUIERDO
GUILLERMA LOPEZ D E LEANDRA LOPEZ
JULIAN GRANADOS MORALES DE JUAN ESTEBAN GRANADOS Y DE VITORIA MORALES
TEODULA ARGUETA
GUTIERREZ PALACIOS MADRI MANUELA LOPEZ
FRANCISCO DE PAULA TADEO PALACIOS HERRERA DE CAYET PALACIOS Y DE PIA HERRERA MADRINA DOÑA SUSANA MONT
183
SIEMON LOPEZ
EMILIA LORENZA CLAUDIO PADRI DON MANUEL ZEA
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