ESPAÑA EN SU HISTORIA CRISTIANOS MOROS Y JUDIOS
AMERICO CASTRO
EDITORIAL LOSADA S.A. BUENOS AIRES 1948
CAPÍTULO X LOS JUDÍOS LA historia del resto de Europa puede entenderse sin necesidad de situar a los judíos en un primer término; la de España, no. La fun- ción primordial y decisiva de los hispano-hebreos es indisoluble, a su vez, de la circunstancia de haber vivido articulados prietamente con la historia hispano-musulmana. La lengua usada por los más gran- des entre ellos (Maimónides, por ejemplo) fué el árabe, aunque lo escribieran con caracteres hebreos; su evidente superioridad respecto de sus correligionarios europeos es correlativa al superior nivel del Islam respecto de la cristiandad entre los siglos x y xn. Sin su roce con el Islam, nunca se habrían interesado por la filosofía religiosa l . No menos significativo es que sólo en España poseyeran los judíos una arquitectura viva, con matices propios, si bien esencialmente fun- dada en el arte islámico. Tras las sinagogas de Toledo y Segovia habla bellamente el espíritu de los hispano-hebreos, con una firmeza e intensidad expresivas sin análogo en el resto de Europa, porque allá nunca se sintieron "en casa". Mas el tono de esas expresiones arquitectónicas — destruidas casi en su totalidad — es islámico; la poe- sía, el pensamiento y la técnica de los hispano-hebreos son también secuelas de la civilización árabe. Los judíos lanzados fuera de su patria en 1492 se sentían — y ya veremos con cuánta razón — tan españoles como los cristianos. Oiga- mos al azar a cualquiera de ellos, a un tal Francisco de Cáceres vuelto a su tierra hacia 1500, después de haber aceptado, como tantos otros, una apariencia de cristianismo. Los señores del Santo Oficio, en cu- yas garras hubo de caer, le preguntaron por qué se había marchado, 1 Ver H. Hirschfeld, pág. 2 de la introducción al Kitab al Khazari (Kiiab al-Jazari) de Yéhudá ha-Leví. Londres, 1906. 470 SUPREMACÍA DESDE ABAJO 471 y Cáceres respondió estas inteligentes y claras razones: "Si el rey, nuestro señor, mandase a los cristianos que se tornasen judíos, o se fuesen de sus reinos, algunos se tornarían judíos, e otros se irían; e los que se fuesen, des que se viesen perdidos, tornarseían judíos por volver a su naturaleza, e serían cristianos, e rezarían como cristianos, e engañarían al mundo; pensarían que eran judíos, e de dentro, en el coracón e voluntad, serían cristianos" *. La historia entre los siglos x y xv fué una contextura cristiano-is- lámico-judía. No es posible fragmentar esa historia en compartimen- tos estancos, ni escindirla en corrientes paralelas y sincrónicas, por- que cada uno de los tres grupos raciales estaba incluso existencialmente en las circunstancias proyectadas por los otros dos. Ni tampoco cap- taríamos dicha realidad sólo agrupando datos y sucesos, u objetiván- dola como un fenómeno cultural. Hay que intentar, aun a riesgo de no conseguirlo y de perderse, hacer sentir la proyección de las vidas de los unos en las de los otros, pues así y no de otro modo fué la historia. Hechos, ideas y todo lo demás que se quiera, fueron "by- products", sin sentido claro al ser desconectados de las vidas a que sirvieron de forma y expresión. SUPREMACÍA DESDE ABAJO Sobre la base común del pueblo hebreo disperso por el mundo medieval, la población judía de España destaca como un conjunto único y sorprendente. Desde la antigüedad egipcia aquel pueblo ve- nía sufriendo ataques dirigidos a aniquilarlo. Su creencia espirituali- zada ( ludaei mente sola unumque nurnen intellegunt, Tácito, Historias, V, 5), inseparable de su conciencia de pueblo, los hizo incompatibles con la concepción romana del Estado, y les atrajo antipatías y perse- cuciones desde muy antiguo. El judío se mantuvo altivamente segre- gado de otros pueblos, "comen y duermen separados de los demás . . . , 1 Fritz Baer, Die Juden im christlichen Spanien, I, 1929; II, 1936. Esta obra es un excelente "cartulario" de documentos relativos a los judíos españoles, en parte inéditos, y en gran parte tomados de fuentes dispersas. Sobre tan rico caudal de textos fidedignos podemos comenzar a discurrir sobre el problema judío en la vida española. En adelante citaré Baer, tomo y página. He modi- ficado a veces la puntuación y un poco la ortografía, pues ahora no interesa la fonética histórica, sino lo que dicen los textos. 472 LOS JUDÍOS no se unen con mujeres de otra raza" (Tácito, ibíd.). Su espiritualidad agresiva y exclusivista no estuvo acompañada de suficiente ímpetu guerrero; el mesianismo radical del hebreo le alejaba de los contactos con el presente, y le privaba de una visión circular y conclusa del mun- do de la experiencia. Roma los deshizo políticamente, y el nacimiento del cristianismo los colocó en una postura sin semejanza en la historia, pues resultaron ser simultáneamente un credo indispensable y una carga enojosísima para la creencia triunfante l . El cristianismo acep- taba como espina dorsal los libros del Antiguo Testamento, los más de ellos divinamente revelados, con lo cual se fortalecía la fe de los he- breos, que así veían aceptada y revalidada la totalidad de su fe. El pa- ganismo greco-romano, por el contrario, fué eliminado totalmente co- mo sistema religioso. En circunstancias tales, la suerte de los hebreos tenía por fuerza que ser trágica, pues quedaban al mismo tiempo se- pultos y vivos. Su deicidio resultaba ser tan "felix culpa" como la de Adán, en tanto que condición requerida para el nacimiento del cris- tianismo, que cumplía y no abrogaba la antigua ley. No es sorpren- dente que el cristianismo ibérico, apretado entre el Islam y Sion, se entendiese a veces afectivamente con el judío mucho más que con el moro 2 , con una simpatía que se alzaba sobre la disparidad de creen- cias. El mundo de Occidente lleva casi dos mil años sufriendo los cró- nicos efectos de tan anómala situación, y ha sido afectado por ella en múltiples modos. El intento nazista — brutal como suyo — de eli- minar a esa raza por la violencia ha tenido consecuencias hoy todavía incalculables. En la Edad Media, su estancia en España y su ulterior destierro trazaron una de las coordenadas de la historia ibérica. Du- rante largos siglos la vida hispano-cristiana descansó sobre aquel ex- 1 Para un detenido estudio de este punto véase James Parres, The Conflict of the Church and the Synagogue, Londres, 1934, págs. 370 y sigs. 2 He aquí cómo sentía en su testamento don Juan Manuel, el Infante, a quien tenemos que considerar como el más alto tipo de español en el siglo xiv: "Como quier que don Salamón, mío físico, es judío e non puede nin deve seer cabecalero ['albacea'], pero porque lo fallé siempre tan leal — que abés ['ape- nas'] se podría dezir nin creer — , por ende ruego a doña Blanca e a mis fijos quel quieran para su servicio, c lo crean en sus faziendas, e so cierto que se fallarán bien dello, ca si christiano fuesse, yo sé lo que yo en él dexaría" (texto publicado por Mercedes Gaibrois en BAH, 1931, XCIX, 25). SUPREMACÍA DESDE ABAJO 473 traño pueblo, yedra y a la vez tronco de su historia. Si la lógica de la razón interviniese en las peripecias humanas, España habría debido ser lugar dilecto para el entrelace armónico de dos pueblos tan des- afines. Mas pensar en ello sería una utópica ociosidad. Lo que ocu- rrió fué que el aristocratismo espiritual de los israelitas y su hábito de adaptarse miméticamente a las más difíciles circunstancias, permi- tieron a la raza perseguida transponer sus modos orientales de vida en genialidad de Occidente, aunque manteniéndose como una nación religiosa, acéfala y siempre "in partibus infidelium". La amargura de su exilio, casi metafísico a fuerza de ser necesario, desarrolló cua- lidades defensivas y una rara aptitud para deslizarse por todos los huecos y para escalar las cimas más abruptas. Supieron plegarse o triunfar en los medios más opuestos: como parias humildes en las montañas de Marruecos, y dando nuevo rumbo a la física en la Eu- ropa contemporánea. Los judíos españoles ofrecían un aspecto en la zona árabe y otro en la cristiana; dentro de ésta, los de Castilla se distinguían de los de Andalucía y Levante Una civilización peculiarmente hebrea no existe. Las persecuciones sufridas bajo los visigodos (pág. 211) impulsaron a los judíos a ayudar a los invasores sarracenos. Imaginamos que ellos serían los mejor informados acerca del sentido de la ocupación musulmana del Norte de África, mientras la corte de Toledo, sin fuerte conciencia de na- cionalidad, se entregaba al placer mortecino de las luchas civiles. Me- joró la condición de los hebreos con la llegada de los sarracenos, y en el siglo viii compartían con éstos la dominación de Toledo 2 . Pronto adoptaron nuevas costumbres, y se hicieron maestros en el uso literario de la lengua árabe. Cuando el Islam español alcanzó la cumbre de su vitalidad en el siglo x, comenzaron también a surgir 1 Según el libro del Alboraique (hacia 1488) los conversos de Castilla la Vieja, León y Zamora eran sinceros: "apenas se fallarán dellos ningunos he- rejes". En Toledo, Extremadura, Andalucía y Murcia, "apenas fallaredes dellos algunos cristianos fieles, lo cual es notorio en toda España" (texto de L Loeb, en REJ, 1889, XVIII, 241). Llamaban "alboraiques" a los falsos con- versos, con el nombre del caballo de Mahoma, que no era caballo ni muía. Tal diferencia geográfica aparece también en el lenguaje, en la política con- temporánea y en muchos otros fenómenos sociales. 2 S. Dubnov, Die Geschichte des jüdischen Volkes in Europa, IV, 1926, pág. 88. 474 las grandes personalidades judías. Hasday ibn Saprut (910-970) fué médico, ministro de hacienda y embajador de 'Abd al-Rahmán III; es célebre además por su traducción de Dioscórides. Sémuel ibn Na- grella — que vivió entre 982 y 1055 — , llegó a ser visir del rey de Gra- nada a causa del bello estilo de sus cartas, y fué sucedido en el cargo por su hijo Yosef. Igual puesto ocupó en< el reino de Zaragoza (en 1066) Abü-1-Fadl ibn Hasday l . Pero éstos y varios otros fueron luego eclipsados por Abraham ibn 'Ezra (1093-1167), natural de Tude- la; Sélomó ibn Gabirol (1021-1052), malagueño; Yéhudá ha-Leví (1080-1140), toledano; y sobre todo, por el cordobés Maimó- nides (1135-1204). Sus obras literarias, científicas y filosóficas ocu- pan lugar bien visible en la historia de la civilización de Europa, y sale de mi plan valorarlas de nuevo. Digamos simplemente que nin- guno de ellos hubiera sido lo que fué sin el Islam español. Cuando éste decae después del siglo xn, declina igualmente la genialidad crea- dora del hispano-hebreo, que en adelante se nutrirá de su pasado. Los Diálogos de amor de Abrabanel enlazan ya con el Renacimiento ita- liano del siglo xv, y el pensamiento de Benito Espinosa será un fruto de la Europa racionalista, pese a las hondas resonancias de su genia- lidad hebraica. Las invasiones de los almorávides y almohades en los siglos xi y xii fueron casi tan funestas para los hispano- judíos como para los mozárabes cristianos. Ya en 1066 hubo en Granada una matanza que costó la vida a millares de hebreos 2 . Muchos buscaron refugio en la zona cristiana; acrecentaron las comunidades existentes desde el comienzo de la Reconquista, y fueron vehículo para las maneras de vivir musulmanas en igual medida que los mozárabes. Téngase muy en cuenta que, en realidad, los árabes sirvieron también de maestros para los cristianos en el arte de utilizar a los hebreos como médicos, científicos, almojarifes (funcionarios de hacienda), funcionarios pú- blicos (bailíos en Aragón, por ejemplo), diplomáticos y, en general, como administradores del patrimonio del Estado y de los nobles. A través de ellos se reflejaba el prestigio de la vida islámica, con la ventaja de no ser musulmanes y de poseer una creencia y una moral 1 R. Dozy, Histoire des musulmans d'Espagne, 1932, III, .págs. 18 y 71. S. Dubnov, o. c, IV, págs. 220 y 223. 2 R. Dozy, Histoire des musulmans d'Espagne, III, 72. SUPREMACÍA DESDE ABAJO 475 mucho más próximas a las de los cristianos. Reyes y señores deposi- taron en ellos confianza ilimitada — a reserva de matarlos ferozmente si incurrían en deslealtad, según, después de todo, hacían también con los cristianos. Cuando Alfonso VI envió una embajada a Al- Mu*tamid de Sevilla para recaudar las parías o tributo debido, el encargado de recibir el dinero no fué ningún caballero cristiano, sino el judío Ibn Sálib (Dozy, o. c, III, 119). Sabemos ya que en la época visigoda los judíos sobornaban a los clérigos y gozaban de la protección de los nobles, no obstante las leyes severas dictadas contra ellos. Pero la situación bajo los reyes cristianos fué muy otra. Estaban legalmente tolerados, y los reyes reiteraron una y otra vez que sin los hijos de Israel sus finan- zas se vendrían abajo. Las aljamas o comunidades pagaban una ca- pitación o contribución por cabeza, y además daban diezmo a la Iglesia. Aparte de eso los judíos fueron durante toda la Reconquista recaudadores de los impuestos reales, y de los tributos debidos a las Órdenes militares y a los grandes señores. No fué raro que prestaran iguales servicios a prelados y dignidades eclesiásticas. Las aljamas tributaban aquella gran suma de maravedís, tan ape- tecida por los reyes, por ser los judíos grandes productores de riqueza y muy hábiles negociantes. No hubo oficio que no practicasen, ni asunto remunerador en que no tuviesen mano. Exportaban e impor- taban mercancías, y prestaban dinero con un 33 % de interés anual 1 . 1 Durante la Edad Media, el interés usual osciló entre 33 y 43 %; en el siglo xvi, después de la expulsión de los judíos de Ñapóles (vivamente propicia- da por los usureros genoveses y florentinos), los prestamistas cristianos llegaron al 240%. Véase S. W. Barón, A Social and Religious History of the Jeivs, Columbia University Press, 1937, t. II, págs. 16 y 35. La primera víctima de la economía medieval era el judío, esquilmado mucho más cuantiosa y arbitraria- mente que el cristiano (Barón, t. II, pág. 18). La cristiandad no prestó atención al judío pobre (y dentro de la judería la miseria de los oprimidos debió de ser grande) (véase Béla Szfkely, El antisemitismo, Buenos Aires, 1940, págs. 162- 163, 203); tan cierto es eso que sólo gracias a la importancia cultural de los conversos españoles, ha llegado la noticia individual de dos judíos indigentes: Juan Poeta, de Valladolid, y Antón de Montoro. Lo que el cristiano, deudor o contribuyente recordó, fué sólo el judío rico, el odiado almojarife cuya fortuna prosperaba mientras no se le encendiera la codicia al rey. ¿No fué ése el caso de don Pedro el Cruel con su "padre" don Simuel el Leví? Ya había esta- tuido Santo Tomás de Aquino que la Iglesia — y los soberanos se arrogaron el 476 LOS JUDÍOS El rencor de sus acreedores y el odio de los contribuyentes influye- ron grandemente en su perdición, cuando el pueblo llano adquirió en el siglo xiv un poder y una iniciativa de que hasta entonces había carecido l .
No hay comentarios:
Publicar un comentario