miércoles, 4 de octubre de 2017

LAS TARDES CON LA ABUELA-20



Óscar Mayorga
LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS
2 0 0 8

20
—Cuéntame más de mi abuelo –le pidió en otra de aquellas tardes Andrés Grijalva a la abuela Pina–. ¿Qué más te platicó de cuando era joven? Quiero llegar a conocerlo como si lo hubiera visto, quisiera entenderlo, comprenderlo. Anda, abuela, dímelo todo, por favor. –Ella sonrió en silencio
mientras servía el café y le ofrecía una taza a su nieto. “Eres tan ansioso, tan curioso como lo era él”, pensó. Una vez que se hubo sentado de nuevo en su mecedora y encendido el primer cigarrillo de la tarde, retomó el hilo de su relato.
—Tu abuelo José Andrés, cuando estaba próximo a cumplir los dieciocho años, era un muchacho alto, espigado y guapo que había heredado de su padre el porte elegante e iba siempre pulcramente vestido. Siempre de traje y corbata y no dejaba de lucir una flor en el ojal. Escrupulosamente bien peinados sus cabellos castaños y bien recortado el bigote que muy joven empezó a llevar. Le gustaba usar también un ligero bastón y un sombrero de paja, como era la moda de aquellos años. Cuidaba siempre de traer los zapatos perfectamente lustrados, decía que aunque estuvieras vestido como un príncipe, si tus zapatos no estaban relucientes de limpios, todo lo demás no servía para nada. Ya desde entonces lucía como en esa foto que tienes en el álbum. Estrenaba frecuentemente los trajes de lino que hacía venir de La Habana o de Nueva Orleans. Tanto José Andrés como Timotea, se habían esmerado en darle una educación refinada y el joven había adquirido una vasta cultura. Hablaba bien el inglés y su ideal era parecer todo un gentleman. Su padre había despertado en él desde niño el amor por la literatura y lo había guiado en la selección de sus lecturas.
—La gente dice que el invento del cinematógrafo desplazará al teatro e incluso a la literatura, porque a partir de ahora todo será filmado y ya nadie tendrá que pasar largas horas leyendo un libro cuando, en pocos minutos, podrá seguir esa misma historia contada a través de imágenes proyectadas en la pantalla de una sala cinematográfica –le decía a su hijo aquel que seguía siendo fiel a su amor por los libros–. Yo considero que pensar así es una necedad. El cine es otra cosa, no se podrá comparar nunca con la literatura. Mira, hijo, aunque un día los personajes de una película pudieran hablar como la gente normal y dejaran de hacer esas muecas y gestos exagerados y ridículos para hacerse entender y aunque la proyección de una película pudiera ser a colores, como es la vida real, el cine nunca alcanzaría en grandeza a la literatura, al placer de leer un buen libro. Aunque yo vaya al cine, porque hay que estar al tanto de todo lo que crea el cerebro humano, nunca dejaré de rendir homenaje a la literatura, la más grande de todas las artes, ni la cambiaré por el espectáculo cada vez más popular, por no decir plebeyo, de reunirse en multitudes anónimas en una sala obscura para dejarse “apantallar”, perdona el barbarismo, por la proyección de imágenes en una manta blanca. Aunque algunos estén diciendo ya que el cine es el “séptimo arte”, yo no estoy de acuerdo. Para mí el cine es un entretenimiento, una diversión y nada más. Tal vez algún día llegue a ser un arte, pero será siempre un arte menor, por no decir espúreo.
El joven José Andrés Grijalva tenía mucho éxito con las mujeres y, desgraciadamente, su fortuna y su presencia física le atraían no siempre buenas compañías. Se enredó en un lío de faldas con una mujer casada y cuando el marido lo supo amenazó de muerte al joven. El padre se alarmó y adelantó el viaje al extranjero, por cuestiones de estudios, para poner tierra de por medio entre el hijo enamorado y el marido cornudo. José Andrés había manifestado a su padre que quería estudiar medicina y, en esos años, la Universidad de San Carlos de Guatemala ofrecía la mejor oportunidad para los jóvenes centroamericanos. El padre hubiera querido enviar a su hijo a los Estados Unidos, pero el joven no quiso ni el padre insistió debido al estado de sus finanzas. Además, detrás del primogénito, venían otros tres adolescentes que pronto tendrían también que partir a estudiar.
José Andrés partió a la universidad guatemalteca con las maletas repletas de sus mejores trajes de lino, camisas de seda y demás ropa elegante. Se alojó en una residencia para estudiantes de la capital, no lejos de la universidad e inició una vida estudiantil en la que no faltaron las fiestas, los amigos y las patojas. Él mismo no sabía cómo podía seguir adelante con sus estudios de medicina llevando aquel tren de vida. Su talento musical le hacía el centro de las reuniones; tocaba la guitarra con un arte sin par y era
muy agradable, sobre todo cuando había tomado algunas copas. Por esos días, en la universidad se hablaba mucho del compromiso político, del combate contra la dictadura y de la revolución social. Entre los amigos del joven nicaragüense se encontraban tres que eran los más aguerridos en su crítica contra el régimen político y que vivían también en la residencia estudiantil. José Andrés participaba en algunas de aquellas reuniones más por solidaridad con sus amigos que por verdadero compromiso político.

Fueron pasando los años. Llevaba ya casi seis en Guatemala y prácticamente estaba al final de los estudios, le faltaba sólo un año de internado en hospitales y la redacción de la tesis, cuando estalló el polvorín. La policía invadió una noche la residencia de los estudiantes, buscando a aquellos que estaban comprometidos en un complot para asesinar al dictador, el doctor Manuel Estrada Cabrera, que había asumido el poder desde 1898 y que no sería derrocado hasta 1920. Afortunadamente para José Andrés, esa noche no había llegado a dormir a la residencia estudiantil porque se había quedado en la casa de una señora cuyo marido estaba de viaje. Seguía teniendo mucho éxito con las casadas y, al menos en esta ocasión, eso le salvó la vida. Sus compañeros desaparecieron y nunca se volvió a saber de ellos. Se escuchó el rumor de que fueron llevados a un campo militar donde habían sido torturados hasta la muerte. Sus cuerpos nunca aparecieron. Cuando, al día siguiente, José Andrés supo del asalto a la residencia de estudiantes, con la ayuda de su amiga pudo huir a Huehuetenango donde tenía otros compañeros de la universidad que estaban de vacaciones. Ellos lo alojaron y ayudaron en todo pues el joven había partido con lo que tenía puesto. Pasó en Huehuetenango casi todo un año, pero las cosas seguían siendo delicadas. Para colmo, en Nicaragua la situación social se agravó. Un nuevo régimen político expropió en nombre de la reforma agraria, las grandes haciendas ganaderas y la familia Grijalva prácticamente perdió todo lo que le quedaba. Esta noticia la supo José Andrés hasta tiempo después, porque por entonces no tenía comunicación con ellos.
Como en Huehuetenango seguía habiendo peligro para él, José Andrés discurrió, por consejo de sus amigos, dos de ellos originarios de una pequeña población llamada Cuilco, del mismo Departamento de Huehuetenango, trasladarse a ese pueblo, “donde no había policía, ni población indígena y todos los habitantes tenían estudios superiores”, como se preciaban de decir los cuilqueños. José Andrés llegó a Cuilco, muy cerca de la frontera mexicana, en el otoño de 1912. Gracias a las recomendaciones de sus amigos, consiguió alojamiento en casa de la familia Briones, una viuda con dos hijos adolescentes, que lo recibió amablemente, sobre todo porque sabía que se trataba de un “refugiado político” y el marido, un profesor normalista, había sido asesinado por militares del régimen del dictador por sus críticas al sistema. José Andrés empezó a trabajar como profesor de primaria y después de la escuela normal de Cuilco. Daba, además, clases de música y con eso se sostenía. Así pasaron tres años.
Los hijos de la viuda Briones eran un muchacho de dieciocho años llamado Galileo y una jovencita quinceañera, Albertina. José Andrés ya se había percatado que no era indiferente a los ojos de la joven, que era una chica muy rubia, de ojos azules y talle espigado. Una noche, en que hacía mucho calor y él se encontraba tumbado en la cama, casi desnudo, fumando en la obscuridad de su cuarto, Albertina entró a tientas y se metió en su cama. José Andrés no hubiera querido que aquello sucediese porque, aunque le gustaba la muchacha, no quería tener nuevamente dificultades por cuestiones de faldas. Pero no pudo rechazar aquella visita nocturna que se repitió varias veces. Cuando la viuda se dio cuenta que Albertina estaba embarazada, habló con José Andrés. Ella lo admiraba y apreciaba y le dijo que sólo le pedía que diera su nombre al bebé que venía en camino. No se opuso a que continuara las relaciones con su hija porque, en el fondo, abrigaba la esperanza de que un día se casaría con ella y no podía desear un partido mejor para su hija que aquel joven inteligente y guapo, de buena familia –eso se veía a leguas–, aunque venida a menos. Así estaban las cosascuando tu abuelo y yo nos conocimos y toda la vida cambió.
—Y la familia de Nicaragua, abuela, ¿qué pasó con los bisabuelos Grijalva Largaespada? ¿Nunca los volvió a ver mi abuelo José Andrés? –preguntó el nieto con ansiedad, deseoso de conocer toda la historia de su abuelo.
—Cuando era estudiante en Guatemala solía regresar a Managua durante las vacaciones, pero a partir de que dejó la universidad por aquellos problemas políticos, no volvió ni una sola vez, ni cuando murió su madre, Timotea, a finales de 1914, y él estaba viviendo en Cuilco y el padre de José
Andrés le rogó que regresara; ni cuando, a su vez, se enfermó el padre muchos años después y ya se había casado y vivía en Motozintla y sus hermanos le suplicaron primero y le exigieron después que volviera a casa, aunque fuera por un breve tiempo, por cuestiones de la herencia. A pesar de que habían perdido las haciendas, nunca dejaron de ser una familia “acomodada”. Al menos, daban siempre esa impresión. Yo leí una carta que le envió su padre meses después de la muerte de Timotea Largaespada; era una carta tristísima en la que le suplicaba que volviera a Nicaragua, que su corazón de padre tenía necesidad de volver a verlo, que lo seguía queriendo mucho, pues era su primogénito, que se sentía viejo, estaba enfermo y no quería morir él también sin volver a estrecharlo en sus brazos. Que no fuera ingrato, que volviera, aunque fuera por un breve tiempo. Se lo suplicaba por el recuerdo de su madre muerta. Tu abuelo había leído aquella carta con lágrimas en los ojos, según me contó, pero no había querido regresar.
Todos sus hermanos se casaron y se quedaron en Nicaragua. Las únicas que permanecieron solteras siempre fueron Ana Jacoba y Adela del Carmen, las hermanas. Con ellas la familia Grijalva de México, es decir tu tía María Eva y
los hijos que tuvo tu abuelo con Albertina Briones, tus tíos José Raúl y Esmeralda, mantuvieron correspondencia. Así se supo que dos hijos de José María, el segundo de los Grijalva, habían salido de Nicaragua: el mayor, llamado Alfonso, se fue a trabajar a la zona del Canal de Panamá y parece que allá se quedó a vivir. Y el otro, Adolfo, se fue a vivir a la Ciudad de México pero aunque tus tíos lo buscaron, parece que andaba metido en ambientes medio sórdidos, de contrabando o algo así, y nunca se dejó ver ni se comunicó con ellos. Esmeralda fue una vez a Nicaragua y estuvo viviendo una temporada con las tías solteronas, Ana y Adela, que, según recuerdo, tenían su casa “Detrás de los Muros del Centro Destilatorio”, en Managua.
—Eso es algo curioso que tu abuelo me contaba y que parece que existe hasta la fecha. Ahora que mi hija Irma se casó con un nica y vive en Estelí, lo hemos comprobado. Me refiero a que en Nicaragua no hay direcciones de calles y número en las casas. Es una geografía hablada que da como señas para las cartas cosas así como: “De Correos, trescientas yardas bajando hacia el Lago” o “Enfrente de donde estuvo la Pepsi Cola” o “Dos cuadras al norte del Antiguo Colegio de las Monjas” y otras por el estilo. Irma y Ramón, su marido, viven “Junto a la Texaco de Tito Molina”. No sé cómo hace la gente para orientarse.
Regresando a lo que platicábamos: tu abuelo José Andrés nunca quiso regresar a Nicaragua ni volvió a ver jamás a sus padres ni a sus hermanos. No entiendo por qué no lo hizo. Tal vez su orgullo herido de sentirse fracasado, sin haber terminado la carrera de medicina ni tener una vida holgada, como la que, después de todo, tenían sus hermanos que nunca salieron de Nicaragua. No lo sé. Tu abuelo era muy orgulloso. Le importaba ante todo “la bella figura”, como dicen los italianos.
—Cuando andas por la calle como maniquí, pareces un verdadero dandy, pero si te volteamos de cabeza no cae de tus bolsillos ni un centavo –le decía bromeando Teófilo Hernández, uno de aquellos amigos de Huehuetenango, que era como un hermano para José Andrés.
—El dinero no lo es todo –replicaba él–, eso es algo que tú, que eres un avaro prestamista de siete suelas, no puedes comprender.
Puede ser que no haya sido exactamente la falta de dinero lo que le impidió regresar a su patria y volver a ver a sus padres, sino algo más profundo: el hecho de sentirse fracasado. Después de todo era el primogénito y creía que se esperaba todo de él. Así, en parte por orgullo y en parte por vergüenza, ocultó la verdad a su familia. Cuando lo de los problemas de la universidad y su huida a Huehuetenango, él empezó a mentir. Una vez que pudo comunicarse por carta con sus padres, les hizo saber que estaba haciendo un tiempo de internado en uno de los hospitales de aquel lugar, como parte del programa de estudios. Después, cuando se trasladó a Cuilco, les dijo que era para hacer su servicio social. Al principio su familia creyó todo lo que les decía pero, cuando los años fueron pasando y aquella estancia en Cuilco se prolongaba, empezaron a sospechar. Con el único con el que José Andrés había sido sincero era con su hermano José María. Él sabía toda la verdad y guardaba el secreto. Cuando nació su primogénito, José Raúl, el hijo que tuvo con Albertina Briones, José María lo supo inmediatamente, como supo más tarde lo que sucedió conmigo. Pero a sus padres y al resto de la familia seguía diciéndoles que ya había terminado la carrera y que trabajaba como médico. Y esta mentira sostenida a lo largo de los años le hacía mucho daño. Tú sabes, cuando se vive una doble vida, a los que primero se engaña es a los que más se ama y esto es algo que no queda impune. El que engaña es el que más sufre a causa de su mentira.
No sé si su hermano José María contó la verdad a su padre o si éste interceptó o descubrió alguna de las cartas, lo cierto es que su padre le escribió una carta durísima donde le echaba en cara su mentira y el engaño en que había estado manteniendo a la familia durante todos esos años. Sin embargo, con el tiempo, el padre lo perdonó y no le guardó ningún resentimiento, pero tu abuelo no pudo perdonarse a sí mismo y nunca superó su vergüenza, por eso, quizás, no pudo nunca volver a ver a su familia. Tal vez le faltó humildad para reconocer todo lo que le había pasado y para aceptar su propia realidad. Te repito que tu abuelo era muy orgulloso. No había sido educado para el fracaso. Y esa fue su tragedia.
21
—Mira, abuela –dijo Andrés–, entre los papeles que encontré en casa, estaba esta carta dirigida a mi abuelo José Andrés por su hermano José María, en 1931, donde le cuenta del terremoto que asoló a Managua. Al final casi le exige que regrese a casa porque se requiere su presencia por asuntos urgentes de la familia. Mira con qué letra tan bonita fue escrita y escucha qué estilo tan barroco de expresarse. Te la voy a leer toda porque es un verdadero documento histórico de aquella época.

Managua, 10 de agosto de 1931

Señor Bachiller Don
José Andrés Grijalva Largaespada
San Francisco de Motozintla, Chiapas
México

 Mi muy querido e inolvidable hermano:
Con el corazón fraccionado de dolor por la inmensa desgracia ocurrida en nuestra bella y desgraciada capital Managua, el 31 de marzo último pasado, tomo hoy la pluma en la mano para significarte o narrarte ligeramente las tremendas e irreparables pérdidas ocasionadas por dicha hecatombe, manifestándote con certeza que aún me siento vacilante pues mis pequeñas facultades mentales se hayan incapacitadas para coordinar debidamente estas humildes e insignificantes letras las cuales son nacidas del fondo de mi destrozada alma.
¡Figúrate, hermano mío, cuán indescriptible era el tristísimo espectáculo que presentaba la ciudad capital en esos precisos y aciagos días del terremoto! Ver un campo cubierto de escombros y sembrado de negros cadáveres abrasados por el voraz incendio que los consumía con rápida ligereza, y qué horripilante era escuchar los angustiados lamentos de las innumerables víctimas que aún yacían con un resto de vida, pidiendo misericordia a la Divina Providencia y en particular a las cuadrillas de hombres organizados por el Gobierno con el noble propósito de rescatarlas del voraz elemento que arrollaba con presteza a tanto desgraciado. El incendio se prolongó por término de seis días durante los cuales desoló alrededor de cincuenta manzanas y la tardanza en sofocarlo se debió a la poca agua de que disponíamos pues la bárbara conmoción terráquea del sismo ausentó el agua de casi todo el radio de Managua, consiguiéndose escasamente en algunos pozos de los barrios más apartados y en cantidades muy reducidas.
Tú, que conoces perfectamente bien nuestra ciudad capital, que se halla rodeada del hermoso lago Xolotlán o Managua por el norte, por el sudoeste tenemos la laguna de Nejapa, por el sureste la laguna de Tizcapa y por occidente las lagunas de Asososca, Jilná y Cagualinca. Advirtiéndote que esta última desapareció antes del sismo. En tales circunstancias, te harías el cargo o cálculo en decir, por qué estando adyacente principalmente dicho lago no se proveían de él. Pero es el caso que las calles se hallaban intransitables a consecuencia de la enormidad de escombros amontonados por doquiera de las casas caídas, por cuya razón el tráfico de coches, automóviles, autocamiones, güichas, camionetas, carretones y carretas, se hacía imposible por dicha obstrucción. Naturalmente como fácil te será comprender, el hambre no se hizo esperar pues incontinenti se ensanchó con su duro y correspondiente cortejo de calamidades. Encontrándonos lógicamente a un mismo nivel, sumidos en la más espantosa miseria, ricos y pobres mendigando de la caridad pública porque de todo carecíamos. Pero, gracias a nuestro Señor Jesucristo, que por fin se apiadó de todos los que estábamos amargamente saboreando este doloroso Calvario, nos envió grandes cantidades de provisiones de toda clase para socorrernos por medio de Cruces Rojas, organizadas piadosamente por los gobiernos centroamericanos, que fueron los primeros en asociarse para mitigar nuestras infinitas penalidades. Por supuesto que ya debes considerar lo difícil que era poder apercibir dichos alimentos en una población que excede los 100,000 habitantes sin incluir las enormes cantidades de gente que ingresaban diariamente de todas las poblaciones de la República, las cuales llegaban ansiosas por saber la suerte que les había tocado a sus deudos en trance tan apurado y doloroso.
Así pues, hermano mío, en este estado de cosas la vida se hacía insoportable y enojosa. Por fin, haciendo una lucha gigantesca, diariamente se apercibía una reducida cantidad de alimentos que apenas rendía para hacer malamente una comida al día, cuando llegaba uno a su pequeña casa de campaña o enramada, con el cuerpo magullado de tanto forcejeo con la gente. Al extremo que hubo un sujeto que, habiendo sido acomodado y pudiente antes del sismo, al verse impelido en aquel viacrucis doloroso que cruzaba, faltóle la paciencia, inconforme con el designio obrado por la Providencia Divina y precipitándose por la resbaladiza pendiente infernal, optó por el cobarde suicidio, asestándose al efecto un balazo con su revólver y al día siguiente falleció penosamente, lo que deploramos sensiblemente. Hermano: por ninguna adversidad sufrida en esta mísera y pasajera vida nos asiste razón para ello. Pues nosotros, a pesar de haber sufrido pérdidas de consideración, damos en cambio infinitas gracias a Dios que milagrosamente salvó la vida a toda nuestra querida familia, aun viniéndose a tierra la casa en que habitábamos, saliendo ilesos nuestros cuerpos. Todo el bonito y valioso mobiliario se nos hizo añicos. La casa era propiedad de doña Bruna Laballos viuda de Albores, pues éramos inquilinos desde hacía diecisiete años, es decir, a raíz de la muerte de nuestra querida y recordada mamá.
Por fin haciendo cruentos sacrificios y esforzada lucha, se logró sofocar el fuego después de seis días. Tan pronto como llegaron las Cruces Rojas americana y panameña tomaron el control organizando al efecto grandes cuadrillas de hombres, pagados por su propia cuenta, para limpieza general de toda la población. Al efecto, a medida que iban rápidamente ampliando las calles, empezaron a transportar en camiones cantidades de cadáveres que sacaban bajo las ruinas diariamente, unos enteros y otros en fracciones. Por supuesto, todos ellos se hallaban en estado repugnante de putrefacción,
tarea que, por cierto, se hacía bastante peliaguda, como vulgarmente se dice, tanto para los peones descombradores como para los choferes encargados de dicho transporte. Era muy sensible y doloroso ver convertido el antes bellísimo radio de Managua, cambiado violentamente en un aborrecible y repugnante muladar en donde se cernían los zopilotes, principalmente en los predios donde hubo fuertes establecimientos, por ejemplo, los mercados, los hoteles, la Penitenciaría Nacional, el Hospital General, la Casa Correctora de Mujeres, establecimientos comerciales, etcétera. El número calculado de muertos no bajó de 10,000 almas, sin contar las víctimas que perecieron en las lagunas de Asososca y Tizcapa. Cómo será que, aparte de esa alta cantidad de muertos, ahora siguen falleciendo innumerables víctimas que fueron cruelmente golpeadas por la misma causa.
Dime, ¿no sería un cuadro dolorosísimo y conmovedor contemplar un espectáculo tan desgraciado como éste? Las pérdidas calculadas se estiman en alrededor de cien millones de dólares, según opinión de hombres sensatos y capacitados financieros. Para colmo de la desgracia que nos aflige, las famosas Compañías de Seguros se niegan rotundamente a pagar las pólizas de los comerciantes seriamente afectados por el voraz incendio. Por lo que respecta a nuestras casas, debo decirte que no se cayeron, pero sí fueron seriamente dañadas. Al extremo de que hemos contraído fuertes compromisos para sus debidas reparaciones. En una de ellas vivimos actualmente, la que se halla situada media cuadra hacia el oriente del Templo del Cristo del Rosario, Barrio de la Cruz, número 825.
Dice mi papá que le escribas al Doctor Francisco Baltodano, rindiéndole los agradecimientos por los generosos, gratuitos y oportunos servicios médicos que se ha dignado suministrarle en reciente enfermedad que acaba de pasar. Dice o refiere el Doctor Baltodano que allá por el año de 1905 fueron condiscípulos en el Instituto de la Casa del Águila, cuando estaba a cargo de la dirección de dicho Colegio al ya finado Doctor José Domingo Grijalva. Actualmente el Doctor Baltodano es Diputado al Congreso.
Ahora, más que nunca, deseamos tu pronto regreso a ésta, pues asuntos íntimos e importantes requieren tu presencia, aunque sea por breve término y después te regreses. Recibe mil recuerdos de mi papá y demás familia en unión de tu estimable y digna esposa y niños. Te ruego contestarnos al respecto tan pronto puedas. Yo, mientras me doy la infinita dicha de verte te envío mi corazón. Tu hermano que te quiere,
JOSÉ MARÍA GRIJALVA LARGAESPADA
22
—Y tú, abuela, ¿qué hiciste, qué fue de ti después de todo aquello que pasó, después de que nació tu hijo, mi papá? –preguntó Andrés en otra de aquellas tardes con la abuela Pina. Sabía que la narración se estaba acercando a una de las etapas más dolorosas de la abuela, pero el relato ya no podía detenerse ni para él ni para ella. Era preciso saberlo todo, decirlo todo, nombrarlo todo, exorcizarlo todo. Era como si ambos hubieran hecho un acuerdo tácito de una “operación verdad”.
—A pesar de que mi madre me dio toda su comprensión y su apoyo, María, mi hermana, mi única hermana, fue muy severa conmigo. Y mis hermanos mayores, José Domingo y Everardo, nunca me perdonaron. Ellos me querían mucho, tal vez por ser la más pequeña, me habían colmado de mimos, me habían consentido mucho y cuando pasó lo que pasó, imagino que se sintieron defraudados y todo su amor por mí se transformó en resentimiento, en rencor y en rechazo. Después de que nació el niño, tu papá, mi madre prácticamente me lo arrebató. Yo era muy jovencita pero la
maternidad, si la hubiera asumido, me hubiera hecho responsabilizarme, me hubiera hecho madurar. Pero no fue así. Como ya te he dicho, sufrí mucho, sentí el rechazo no sólo de mis hermanos sino de mis amigas, de todo el pueblo. Albertina tampoco me perdonó nunca que le hubiera robado el amor de José Andrés, me lo reprochó la única vez en que hablamos. Ella se quedó con sus dos hijitos cuando tu abuelo se fue de Cuilco y, para colmo, el hermano Galileo se volvió alcohólico.
Bueno, eso es algo que no te he contado. Antes de conocer a tu abuelo, Galileo Briones me enamoraba, era un muchacho muy tierno y cariñoso, muy respetuoso, casi era yo la que tomaba la iniciativa cuando salíamos juntos para tomarlo de la mano, acariciarlo o darle un beso. Él era muy serio, desde la muerte de su padre se había vuelto muy reservado, sólo conmigo sonreía un poco. No éramos novios formales, pero yo me dejaba querer, además Albertina era mi amiga y nos ayudaba, éramos como cómplices. Incluso yo sabía todo lo que pasaba entre José Andrés y ella, me lo confiaba todo. Por eso se sintió traicionada. Y, para colmo, cuando Galileo supo que yo estaba embarazada no pudo sobreponerse al dolor. Lloró, me fue a ver una noche, a escondidas, cuando yo estaba ya en Zosí, pero casi no pudimos hablar porque estuvo llorando todo el tiempo. Me dio mucha pena, pero yo qué podía hacer por él. Se sintió engañado, burlado, abandonado. Entonces empezó a beber. Bebía hasta “engasarse”, hasta perder la conciencia. Y durante una de esas borracheras, se ahogó una noche en el Río San Pedro, precisamente en la laguna Encantada, donde yo
iba a bañarme con tu abuelo. Albertina adoraba a su hermano y me echó a mí toda la culpa de su muerte. Yo me sentía muy mal por todo eso, que aumentaba el dolor de haber perdido el amor de José Andrés y, pensaba yo entonces, de haber arruinado mi vida para siempre. No tenía fe ni ninguna
esperanza, me sentía como en la obscuridad de la noche en un callejón sin salida.
Durante meses tuve una depresión profunda, así que en cuando pude, me fui del pueblo. Había terminado prácticamente mis estudios en la escuela normal y solicité y obtuve una plaza como maestra rural en una comunidad en San Marcos, por el rumbo de la costa, en un lugar muy alejado de Cuilco.
Allí llevaba dos años como maestra cuando conocí a Óscar Julio Mérida, un joven médico que estaba haciendo su servicio social en aquel pueblo. Yo no tenía ningún interés en volver a querer a nadie pero, por una parte, Óscar Julio (Julio le llamaba yo), era muy amable, muy atento conmigo, además que tenía un extraordinario sentido del humor que hacía reír hasta al más serio y, también, era muy guapo. Por otra parte, yo en San Marcos estaba muy sola, no tenía amistades, vivía en una pensión y toda mi vida era la escuela, los niños y preparar las clases; a veces, convocar a juntas de padres de familia, y nada más. No tenía amigas ni amigos, ni quería relacionarme con nadie. Por eso, cuando Julio llegó a San Marcos y se alojó en la misma pensión donde yo vivía, y me empezó a rondar, aunque me resistí al principio, terminé por sucumbir a su encanto. Fue el encuentro entre su enorme simpatía y mi profunda soledad. Ante todo fuimos buenos amigos. Llegué a contarle toda mi historia, le hablé de José Andrés, del nacimiento de mi hijo, de la actitud de mis hermanos y de la muerte de Galileo. Todo. Desde que salí de Cuilco, dos años antes, no había vuelto a llorar. Con Julio lloré en sus brazos y pasamos así de la intimidad de las confidencias a la intimidad de las caricias y al amor completo. Con él volví a sentirme amada y querida, protegida, acompañada. Él pertenecía a una familia muy rica de Quezaltenango que le había dado la mejor educación posible en aquella época y que quería para él lo mejor. Julio estaba más enamorado de mí que yo de él. Yo no le pedí nada, fue él quien habló de matrimonio. Le faltaba medio año para terminar su servicio social en San Marcos cuando me di cuenta que estaba encinta.
Julio se puso feliz y me dijo que debería dejar de trabajar porque estaba muy delgada, un poco anémica y él quería que estuviera en las mejores condiciones de salud durante el embarazo. Discurrió que iríamos a casa de su familia en Quezaltenango y que nos casaríamos por todas las leyes en cuanto él terminara el servicio social, con tiempo de sobra antes del nacimiento del bebé. Yo tenía mucho miedo. No conocía a su familia y sabía por él que eran muy severos en sus costumbres. Temía que me fueran a rechazar. Sin embargo acepté y en las breves vacaciones de Navidad y fin de año fuimos a Quezaltenango. Mis temores se vieron confirmados. Desde el primer momento sentí el rechazo de sus padres. Yo no era lo que ellos querían para su hijo. Aunque no era fea, por aquellos días estaba muy desmejorada, pálida y ojerosa. El embarazo desde que se manifestó me afectó mucho, perdí el apetito y devolvía el estómago ante todo lo que comía. Padecía insomnio y estaba todo el tiempo cansada. Puedes imaginar qué esqueleto era aquel que Julio había llevado a presentar a sus padres como su futura esposa. Él se encerró toda una tarde a discutir con ellos y finalmente aceptaron que me quedara a vivir en su casa hasta que Julio terminase el servicio social y pudiera regresar a Quezaltenango. Pero no dijo
nada de matrimonio. Estaba muy serio y ya nunca volvió a ser el Julio de antes.
—No te preocupes, cuando yo regrese haremos todo como lo habíamos planeado. Cuídate y cuida a nuestro bebé –me dijo esforzándose por sonreír antes de partir.
—Cuando me quedé sola, en casa de los Mérida, empezó mi calvario. Me llegué a sentir como apestada. No comía a la mesa con ellos sino en la cocina, después de todos. Apenas si me dirigían la palabra y el poco dinero que yo tenía se me fue acabando. Necesitaba comprar algunas cosas personales así como algunas vitaminas. La madre, doña Martha, era terrible. Empezó a decirme cosas horribles, que yo había engatusado a su hijo, que lo había atrapado, que era una “cuzca”, una cualquiera, y otras cosas peores. Don Julio, el papá, era un poco menos severo, pero tenía poco carácter ante su mujer. Me decía, cuando ella no estaba, que tuviera paciencia, que una vez que el bebé naciera su mujer iba a cambiar por el hecho de ser abuela. Julio era hijo único y doña Martha era una madre posesiva, celosa y severa. Yo empecé a tener unas hemorragias espantosas y tuvo que ser llamado un médico. Recomendó que guardara reposo absoluto, de lo contrario el bebé podría perderse.
A Julio le faltaban aún unas semanas para regresar cuando, una noche, me puse gravísima y, con menos de siete meses, di a luz al bebé. Fue una niña. Me sentía muy sola, hubiera querido que Julio estuviera a mi lado y nadie me acompañó. Fue un parto muy difícil. Yo creí morir. Después supe que poco faltó para ello. Cuando Julio llegó ya estaba fuera de peligro pero se temía por la niña. Aunque se veía contento por la bebé, a mí me trató con bastante frialdad. Ya no era el Julio que había conocido en San Marcos. Me sentía muy triste y no era posible hablar con él. Para colmo, tampoco podía tener conmigo a la bebé porque necesitó estar en una incubadora. Era pequeñísima, preciosa, como una muñequita. Gracias a Dios, vivió. Julio quiso que se llamara Martha, como su madre y yo le pedí que le añadiéramos el nombre de Margot. Doña Martha no cambió para conmigo si bien se enterneció con su nieta. Cuando la niña estuvo a salvo, casi todo el tiempo la tenía consigo, en su recámara y me la mandaba sólo para que yo la amamantara. Yo aún estaba en cama, necesité más tiempo de los cuarenta días que, por entonces, una parturienta tenía que estar en reposo después de dar a luz a su bebé.
Julio tuvo que volver a la Universidad a la capital para un seminario de tesis y los demás trámites para su graduación. Yo seguía estando muy sola en aquella enorme casa de los Mérida. Ni siquiera podía tener conmigo a mi hija. Una tarde, doña Martha vino a verme a mi cuarto. Me dijo que había decidido que la niña llevara los apellidos de ellos, como una hija, no como una nieta. Que Óscar Julio nunca se casaría conmigo, que yo no tenía el nivel social ni la clase que ellos tenían y que lo mejor era que me fuera de su casa antes que pasara más tiempo. Yo le contesté que eso era asunto de Julio y mío, que no le tocaba a ella decidir sobre nosotros. Entonces me dijo que lo desheredarían y le bloquearían todas las posibilidades de trabajo, que yo sería culpable de la ruina de Julio. Después, cambió de táctica y me hizo ver que la niña con ellos tendría todo lo que yo no podría darle nunca y que si yo aceptaba dejar a Julio y a la niña, ella me daría una buena suma de dinero para que yo empezara una nueva vida en otra parte.
—Convencete –me dijo–. Óscar Julio nunca se casará con vos. –Y me enseñó unas fotos recién tomadas–. Mirá, esta es su novia, con la que se va a casar. Cuando se fue a San Marcos se había enojado con ella, por eso se enredó con vos, pero ahora se han reconciliado y todo va a ser como nosotros lo deseamos. Haceme caso, mujer. Mirá, hacelo por la niña, sacrificate por ella, con nosotros estará muy bien, te prometo que será una verdadera hija para nosotros. Mirá, en cuanto estés mejor, te vamos a mandar a la capital, allá podés encontrar trabajo, de todas maneras, te daremos dinero suficiente para que nada te falte durante algunos meses.
No sé qué tantas cosas pasaron por mi mente. Me sentía inmensamente sola y triste y no acertaba a pensar nada. Una vez más los demás decidían por mí. Una vez más perdía a un hijo. Una vez más me sentía engañada y abandonada por alguien que decía haberme amado y en quien había confiado. Me sentía profundamente deprimida. Me daba lo mismo cualquier cosa. No tenía fuerzas para defenderme ni para esperar a que Julio regresara y discutir el asunto con él. Como estaba tan confundida, no podía ver ni pensar con claridad. Cuando uno está mal todo lo hace mal. Acepté la oferta de doña Martha y una semana después me fui de su casa.
Un autobús me llevó a la capital. Allá tenía una prima de Cuilco que era maestra de secundaria y con ella me alojé.
Al llegar a la ciudad de Guatemala sentí como si llegara a un desierto. Estaba sola y me sentía lastimada, traicionada, sin fe y sin esperanza. Ese estado de ánimo se agudizaba, sin duda, con el aspecto de la ciudad que, unos años antes, en 1917, había sido destruida en buena parte por un temblor que echó por tierra muchas casas y edificios. Aunque se seguían llevando adelante los trabajos de reconstrucción, el paisaje urbano era el de un inmenso campo después de una batalla, desolado y triste. Así sentía yo mi corazón. Pero la fuerza de la vida es muy grande y yo seguí adelante. En el fondo de todo había como una lucecita que me impulsaba a seguir luchando y a ella me aferré. A pesar de todo el sufrimiento, seguía teniendo amor por la vida.
Después de un tiempo conseguí trabajo de maestra en un pueblo de la frontera con México, cerca de la costa. Tenía sólo veintidós años y me sentía vieja y acabada. Me olvidé de todo y de todos. Muchos años después supe que Julio me había buscado desesperadamente. Su madre le contó una historia distinta que él creyó, como había creído yo todo lo que ella me dijo; y, al no encontrarme, después de unos años, se casó. No volví a ver a mi hija, Martita, hasta muchos años después, pero de eso te hablaré más adelante.
23
Toda aquella parte de la historia de la abuela Pina era algo que Andrés no conocía. Él no había imaginado siquiera que ella hubiera podido pasar a través de tanto dolor y tanto sufrimiento moral. Ahora entendía un poco por qué su abuela tenía ese carácter fuerte y ese temple ante las situaciones difíciles que a veces se daban en la familia. La figura de la abuela Pina crecía más y más ante los ojos del nieto a medida que la narración de su historia iba transcurriendo. Era curioso el grado de intimidad que había llegado a darse entre los dos. El tono y el contenido del relato habían borrado las diferencias no sólo de edad sino casi de parentesco. Eran dos personas adultas, dos seres humanos que alcanzaban un alto grado de comunión podría decirse, espiritual. A Andrés aquel término no le gustaba mucho pero no encontraba otro para definir ese vínculo profundo y fuerte que se había llegado a establecer entre su abuela y él.
Siempre había admirado la personalidad de la abuela Pina, pero de jovencito y aun de adulto joven, esa admiración era un poco idealista, basada más en lo que en la familia se decía de Pina Maldonado que en lo que realmente era. Ahora que él la conocía mejor, no sólo la admiraba más sino que su amor por ella había alcanzado un grado al que nunca imaginó que pudiera llegar. Se daba cuenta que amaba a su abuela mucho más de lo que jamás pensó que pudiera llegar a querer a una persona de la familia. Y con su amor, crecía también la admiración, el respeto, el cariño y la ternura
por ella.
“¿Cuánto puede soportar de dolor el corazón humano? –se preguntaba Andrés. “¿Y cuánto amor puede caber en él?”. Eran dos interrogantes que habían surgido en su mente en las últimas tardes pasadas con la abuela en las que ella le había abierto su corazón y le había compartido esa parte tan dolorosa de su vida. Y, a través de todo lo que ella le había contado, Andrés admiraba el ejemplo de fortaleza y de esperanza que su abuela le daba, sin proponérselo tal vez. Sin embargo, su amor por ella no era ciego ni idolátrico. Se daba cuenta que su abuela no era perfecta, que como ella misma lo reconocía, había cometido muchos errores. Y que, tal vez, los seguía cometiendo. Él sabía, por ejemplo, que Pina había sido injusta con Julia, su madre, después de la muerte de Gustavo Adolfo. Pero eso mismo le daba de ella una dimensión humana, más real y auténtica. Además que, con el tiempo, Pina había reconocido que se había equivocado y había corregido su actitud de tal forma, que llegó a querer a su nuera tanto o más que a sus propias hijas. Ahora se daba cuenta Andrés que el amor no impide ver los errores ni los defectos pero que, aceptándolos, los supera y los transforma,
dándoles una medida justa, sin minimizar ni amplificar la realidad. “El amor cubre la multitud de los pecados”, recordó Andrés haber leído en alguna parte de la Biblia. Sí, era cierto. “En definitiva, el amor es lo único que puede salvarnos”, se dijo aquella tarde después de despedirse de la abuela, mientras recorría a pie las cuadras que separaban la Casa de las Bugambilias de la suya.
24
—Estuve trabajando como maestra rural en el pueblo de Ayutla durante casi cuatro años, y me entregué a mi labor con ánimo de misionera –continuó la abuela Pina la siguiente vez que Andrés llegó a verla, después de iniciar el ritual del café con pan de todas las tardes a las cinco en el amplio corredor de la Casa de las Bugambilias. Ahora menos que nunca dejaría pasar una sola tarde sin platicar con la abuela y escuchar de sus labios lo que aún quedaba de la historia de la familia. Sentía que estaban acercándose al final y era importante no perder un solo detalle de todo lo que ella pudiera contarle. Además que el tiempo de sus vacaciones estaba por terminar y debía partir en unos días a la ciudad de Roma y no sabía cuándo volvería a Tapachula. Por todo ello era imprescindible aprovechar cada minuto de aquellas tardes con la abuela. Mientras aspiraba el humo del primer cigarrillo que acaba de encender, Pina Maldonado continuó:
Durante esos años en Ayutla no había querido relacionarme afectivamente con nadie. Conocía a varios muchachos y muchachas que me invitaban a salir y a fiestas, pero siempre rechacé toda invitación. Hasta que una vez, casi por compromiso porque se casaba una compañera de la escuela, asistí a su boda en un pueblo mexicano llamado Cacahoatán. Allí conocí a Alfredo López Couto, un joven músico que dirigía una marimba–orquesta, muy simpático y agradable. Aunque me sentía como vacunada contra todo sentimiento amoroso, no pude permanecer insensible ante el encanto de Alfredo quien me cortejó durante toda la fiesta y, por primera vez en mucho tiempo, volví a sonreír desde dentro de mi corazón. Así se inició un romance que un año y medio después nos llevó al matrimonio. Alfredo era de un pequeño pueblo mexicano situado en las faldas del volcán Tacaná, casi en la misma frontera, llamado Unión Juárez. En su familia casi todos se dedicaban al cultivo del café, menos Alfredo y otro de sus hermanos, Rubén, que eran músicos. Toda la familia me aceptó muy bien. Yo le conté a Alfredo todo mi pasado y él me pidió que no pensara más en eso.
—Algún día yo te llevaré a Cuilco, iremos juntos a ver a tu familia, pero por ahora, tu familia es esta, mi familia, que te ha recibido. Ya no serás sólo Pina Maldonado, sino Pina Maldonado de López Couto, recuérdalo. Serás mi mujer. Y yo tu marido. Y nada más.
Nos casamos en septiembre de 1928. Alfredo fue desde el primer día un marido cariñoso y tierno que me quiso y me respetó durante todos los años en que vivimos juntos. Casi cincuenta años teníamos de casados cuando él murió. Quiso mucho a tu papá. Gracias a él, Gustavo Adolfo conoció a su
propio padre, José Andrés Grijalva, cuando iba a cumplir diecisiete años. Te quiso mucho también a ti, desde que naciste. Tu papá le pidió que fuera testigo cuando te llevó a apuntar al registro civil. Se llevaron siempre muy bien, podría decirse que eran amigos. Él siempre te consideró su nieto y se sentía orgulloso de ti. Cuando le mandabas alguna tarjeta de Canadá se la enseñaba con mucho gusto a sus amigos músicos. Fue un hombre bueno, su única debilidad era que a veces bebía de más. En parte por el ambiente artístico en el que se desenvolvía. Fue la única nube que empañó nuestro matrimonio. Bueno, eso y una vez que anduvo con una muchacha de la costa. Era muy simpático y no le faltaban admiradoras. Pero la cosa no pasó a más, porque yo le hablé claramente. Por entonces ya teníamos tres niños, de los siete que tuvimos. Pero también de eso te contaré después.
Fue por entonces que fuimos a Cuilco. Yo había empezado
a comunicarme con mi madre por cartas. Ella me rogaba que fuera a verla. Gustavo Adolfo, mi hijo, a quien yo no conocía, tenía ya casi trece años. Tenía curiosidad por verlo. Además, yo me sentía bien, como mujer, como esposa, como madre. Me faltaba recuperar mi relación como hija con mi madre y recuperar también, eso deseaba, como madre, a aquel hijo que era ya un jovencito. Las heridas y el sufrimiento del pasado habían sido cubiertos por la estabilidad emocional del matrimonio, en especial por el respeto y el amor de Alfredo, mi marido. Era tiempo de reconciliarme con el pasado, de ir a ver a la familia Maldonado, a enfrentar la realidad actual con mis hermanos y con mi madre. Casi todos estaban ya casados, algunos vivían en Cuilco y otros se habían ido del pueblo. Sólo quedaba en casa, con mi mamá, María, mi hermana, que nunca se casó, y Rutilo, el menor de todos los hermanos, que era dos años más chico que yo, que vivía en la casa paterna con su esposa y dos hijas pequeñas. El encuentro, después de trece años, fue fuerte. Mi madre y yo nos abrazamos y lloramos juntas. También con María se dio la reconciliación. De los hermanos mayores sólo estaba José Domingo que vivía en Cuilco y tenía cinco hijos: Graciela, Ludivina, Elvira, Arsenio y Clemencia. Tu tía Elvira se casaría después con José Rául Grijalva, el hijo de Albertina y tu abuelo José Andrés. Por eso la familia está tan enredada, como si no hubiera habido más gente en el pueblo. Y, por si fuera poco el enredo familiar, muchos años después, Rolando, uno de los hijos de Graciela Maldonado, la hija mayor de José Domingo, se casó con Adela Grijalva, la hija más chica de tu abuelo José Andrés y tu tía María Eva.
Pues, en aquella ocasión, se dio la reconciliación de tal manera con mi mamá y mis hermanos que nos quedamos a vivir en Cuilco durante unos cinco o seis años. Allá nacieron tres de nuestros hijos. En Unión Juárez habían nacido Clara, Irma y Concha y en Cuilco nacieron Abelardo, Alfredo y Esther. Solamente Hernán, el último, nació en Motozintla, cuando tú ya habías nacido.
En Cuilco fuimos felices. Gustavo Adolfo, que cumplió trece años por esos días, al principio se había mostrado muy reservado con nosotros, sobre todo conmigo. Cuando estábamos todos juntos, no se separaba de mi madre, a quien llamaba “mamaíta”, estaba siempre a su lado, como buscando seguridad ante la voz de la sangre que sentía con mi presencia como amenaza de un amor desconocido al que, tal vez, temía entregarse. A mí me decía “señora” y me trataba con cierta distancia y no poca frialdad, hasta que hablamos seriamente y yo le expliqué algunas cosas. Entonces él me empezó a llamar mamá y poco después me llegó a querer mucho y demostrarme todo aquel amor que llevaba en su corazón de niño. Su relación con mi mamá, aun siendo muy buena, no había alcanzado a llenar su necesidad de una madre. Tal vez por eso mismo muy pronto se dio entre nosotros dos un cariño muy grande y muy bello. Fue siempre un hijo noble y
cariñoso, pero desde chico demostró tener una personalidad fuerte. Lo que no le gustaba de mí me lo decía claramente. Aunque era todavía un patojo, era muy inteligente y perspicaz, se expresaba con seguridad y como casi siempre tenía razón en lo que me decía, no me quedaba más que aceptar
sus correcciones. Y a sus hermanos, aunque los quería mucho, los trataba con rigor y severidad, tanto que ellos lo vieron siempre con mucho respeto y, con el tiempo, casi como a un segundo padre.
Cuando llegamos a Cuilco, Gustavo Adolfo era todavía un niño, delgado, espigado y alto para su edad. Cuando se desarrolló creció bastante. Era a la vez serio y muy simpático. Desde muy jovencito todos los demás niños lo respetaban, su presencia se imponía sin necesidad de que levantara la voz o amenazara. Como te decía antes, incluso yo me sentía a veces cohibida ante él. Pero era también muy chistoso, hacía imitaciones de toda la familia y nos hacía morir de risa. A veces, por las noches, le gustaba asustar a sus primos chicos, se alborotaba el pelo que lo tenía muy colocho, se volteaba los párpados y se envolvía en una sábana y aparecía en la obscuridad de un corredor o en el patio, cuando los patojos salían a orinar. Les daba un susto tremendo. Por más que lo regañáramos, siempre andaba disfrazándose y asustando a los demás. Le encantaba también contar historias de espantos
y aparecidos, como “El sombrerón”, “La llorona” o “El decapitado” y otras que él inventaba y sus primos más chicos se morían de miedo. Había inventado el juego de “Las caras verdes”, que consistía en sentarse todos en el suelo alrededor de un plato en el que había puesto mucha sal y alcohol. Apagaba las luces y encendía con un cerillo la mezcla del plato. La luz verdosa del alcohol y la sal hacía ver verdes, con muecas y gestos grotescos, las caras de los patojos, quienes se reían con ganas y esos nuevos gestos provocaban aún más risas.
También le gustaba mucho la música y eso fue lo que lo vinculó muy pronto con Alfredo, mi marido. A los catorce años tocaba ya en la marimba–orquesta que Alfredo fundó en Cuilco. Le enseñó también a montar a caballo y juntos salían a dar largos paseos por las mañanas, muy temprano, antes que los demás nos levantáramos. Yo no diría que Alfredo vino a llenar el vacío de la figura paterna que a Gustavo Adolfo le había hecho falta, sino más bien la del hermano mayor. Eran buenos camaradas, amigos, cómplices. Gustavo Adolfo tenía mucha confianza en él y lo respetaba pero no a la manera de un hijo sino de un hermano menor. Además, muchas veces no estaba de acuerdo con Alfredo y discutían fuerte. La familia seguía teniendo la hacienda de Zosí, donde él había nacido, y allá iban a cabalgar también por las tardes cuando había que reunir el ganado. Y también iban a nadar al río.
—¿Sabés, mamaíta? –me dijo un día–. Me gusta mucho ir a nadar a la Laguna Encantada. Es un lugar donde me siento a gusto. Después de nadar me gusta descansar sobre aquellas piedras grandes que hay y sentir en mi piel su calor, porque hasta muy tarde siguen estando calientes por el sol de todo el día.
Yo sentí un vuelco en el pecho. Mi corazón no había olvidado la laguna ni las piedras (¿cómo podría olvidar jamás?) en aquellas noches de luna con tu abuelo. En cierto modo, regresar a Cuilco fue como recuperar un poco de mi pasado y poner el bálsamo de los bellos recuerdos a todo el dolor que entonces y después me había tocado vivir. Aunque lejana, la imagen de tu abuelo José Andrés se hacía presente y me parecía escuchar la música de su guitarra y el eco de su voz cuando cantaba. A pesar de tantos años y de tantas experiencias vividas, no lo he olvidado y, a ti te lo puedo decir, hasta
el final de mi vida seguirá siendo mi más grande amor. Hace años, estuvo de moda una canción que me llegaba al alma cada vez que la escuchaba, porque la hubiera podido haber escrito yo, cuya letra decía así: “Yo conocí el amor y es muy hermoso/pero en mí fue fugaz y traicionero/volvió canalla lo
que fue glorioso/pero fue un gran amor y fue el primero”. Nunca he vuelto a querer a nadie como quise a tu abuelo. Alfredo me amó y me respetó siempre y me volvió a dar seguridad en mí misma, me dio un hogar y una familia y por todo ello le estuve siempre muy agradecida, yo también lo respeté siempre y nunca le fallé. Pero en mi corazón, ahí donde la voluntad no manda ni las razones convencen, José Andrés, tu abuelo, seguirá siendo hasta mi muerte, el gran amor de mi vida. Nunca nos volvimos a ver.
Años después de llegar a Motozintla, él se casó en 1930 con tu tía María Eva, la hermana mayor de tu mamá. Cuando nosotros fuimos a Motozintla por la boda de tus padres, a finales de 1939, él había muerto ya, dos años antes y había dejado a su joven viuda y a sus tres pequeños hijos Ana, Juan Alfonso y Adela. Los otros dos hijos, los que tuvo con Albertina Briones, José Raúl y Esmeralda, eran maestros y vivían en Tuxtla Gutiérrez. José Raúl se casaría después con Elvira, la hija de mi hermano José Domingo, como antes te dije. Pero esa también es otra historia de la que nosotros no hablaremos, al menos por ahora. ¿Quieres un poco más de café?

III
Interludio
HABÍAN PASADO VARIOS AÑOS desde la primera vez que Andrés Grijalva llegó a Bujumbura. Ahora regresaba, con menos juventud pero con más experiencia, después de haber pasado cuatro años al frente de la embajada mexicana en Lisboa. No le desagradó recibir la noticia de su regreso a Burundi. Nuevamente pensó que aquel cambio, no solicitado por él, de alguna manera se le ofrecía, una vez más, como un espacio propicio para continuar aquella experiencia iniciada precisamente aquí, en Bujumbura, cuando acababa de cumplir cuarenta años. Se estaba acercando ahora a los cincuenta y el duende íntimo de la introspección seguía trabajando activamente en su mente y en su corazón y, a menudo, le regalaba largas noches de insomnio.
Al llegar, le pareció que Bujumbura había crecido y ahora presentaba el estilo de una verdadera ciudad capital con grandes edificios de arquitectura moderna, amplias avenidas y muchos otros elementos urbanísticos; era notable, también, el tráfico que ahora había, a ratos caótico, sobre todo en la zona del centro; Bujumbura ya no era aquel pueblo grandote que le había parecido a Andrés la primera vez, años atrás. La situación social de Burundi y, en general, de toda la región de los Grandes Lagos africanos, seguía siendo delicada. El gobierno mexicano había decidido continuar apoyando la postura de los llamados “países no alineados”, para colaborar en el establecimiento de los acuerdos de paz que todos deseaban para un mejor desarrollo económico y social de los países de aquella región africana. La experiencia de Andrés le había permitido llevar a cabo una labor diplomática que había merecido el reconocimiento, a través del Secretario de Relaciones Exteriores, del mismo Presidente de México, por lo que se le había pedido que regresara a Burundi nuevamente y se contaba con que seguiría al frente de la embajada por un tiempo más, que podría ser de algunos años.
Curiosamente, aunque tenía mucho trabajo, el ritmo de vida africano le volvía a permitir tener tiempo para él mismo. Había logrado establecer un horario que le dejaba casi todos los días, generalmente por las tardes, un par de horas para la lectura personal o para su correspondencia privada. Y para la reflexión. “No dejes de meditar todos los días –le seguía diciendo Sophie cuando se comunicaban por teléfono o por internet–, es necesario para conservar la salud mental y espiritual”. Andrés había aceptado este tiempo de su vida en Bujumbura como un verdadero “retiro” que le permitiría, nuevamente, volver a escribir acerca de su familia. Había puesto en orden sus notas sobre “Las tardes con la abuela  Pina” y, aunque no estaba satisfecho del resultado final, porque le parecía que la redacción no estaba todavía completa, en fechas recientes había estado pensando en su otra abuela, la materna, la fuerte y cariñosa abuela Rosenda Díaz. “Me gustaría lograr una crónica completa de toda la familia: paterna y materna”, se dijo. Empezó por recoger todas las notas que tenía en sus papeles personales sobre la familia de su madre, los Monzón Díaz. Era cierto que con la abuela Rosenda no se había dado una relación tan cercana como con Pina Maldonado, pero muchas veces había charlado con Rosenda y también tenía apuntes y notas de todo lo que recordaba de ella y de todo lo que en la familia se contaba de los bisabuelos y tatarabuelos.
Necesitaba escribir sobre todo aquello que significara el origen de su familia, de toda su familia, porque eso era excavar, descubrir, expresar sus propios orígenes, en definitiva, su propia historia. Y, tal vez, eso le ayudaría a descubrir su propia identidad. El eterno extranjero, el sempiterno vagabundo, seguía necesitando conocer el rostro de su alma, la verdadera
identidad, pensaba. Los años que seguían pasando, aunque le iban pintando las sienes de gris y le dejaban en el rostro los rasgos del tiempo vivido, gozado y sufrido, no bastaban por sí solos para llenar ese vacío interior, para satisfacer esa eterna sed de saber, de entender, de comprender su propia historia, el porqué de tantas cosas, el sentido de la vida.
Andrés pensaba en eso por las mañanas, mientras se afeitaba, en aquel encuentro fiel de todos los días consigo mismo. A ratos, aquel rostro que reflejaba el espejo le parecía totalmente desconocido, sobre todo después de una noche de insomnio. La piel ya no era fresca ni firme como antes y los rasgos de cansancio parecía que se habían instalado definitivamente en la expresión de sus ojos y en las comisuras de los labios. Hacía mucho que había desechado la tentación de volver a dejarse el bigote y la barba, desde
que se dio cuenta que le brotaban casi completamente blancos. No alcanzaba a comprender aquella extraña paradoja de que, siendo el mismo, hubiese cambiado tanto. Pero no sólo físicamente había cambiado. Conforme pasaba el tiempo, se daba cuenta que cada vez necesitaba menos cosas materiales y, si bien seguía disfrutando de la buena mesa, de la lectura y el cine, de la música y del placer fiel de adquirir, de cuando en cuando, una obra de arte o, al menos, una pieza de artesanía, era consciente de que con gran facilidad podía también desprenderse de todo ello. Sí, lo material contaba ahora menos. También las pasiones que tantas inquietudes y no pocas dificultades le habían hecho vivir cuando joven, parecían haber encontrado cauces más serenos; ya no eran el potro desbocado que antaño había galopado con frenesí y que, en ocasiones, casi sin querer, tan lejos lo había llevado, sino el caballo fuerte y noble que él montaba con elegancia y señorío y que ahora, con experiencia y sabiduría, lo llevaba a donde él quería. En cierto modo, era más dueño de sí mismo y esto lo hacía sentirse más libre. Pero lo de adentro, la mente o el corazón, parecía haber crecido en sus demandas y reclamaba, a ratos, a grandes voces inaudibles, una satisfacción que él no acababa de encontrar, a pesar de tanto tiempo.
“¿Por qué no te decides a seguir escribiendo?” –le había dicho Sophie la última vez que habían hablado por teléfono–. Me parece que puede ser tu forma personal de dar respuesta a tus propias interrogantes. Después de todo, somos nuestro pasado y, conociendo nuestra historia, podemos entendernos mejor. Aunque no hay que olvidar que somos, también, nuestro futuro, que estamos llenos de esperanza, de todo lo que nos espera”.
Martha, su hermana, le había llamado también desde Tapachula, después de haber leído el texto de “Las tardes con la abuela Pina” y le había rogado que siguiera escribiendo sobre la familia. “Me parece justo que también se conozca la historia de la abuela Rosenda –le había dicho–. Creo que ella también merece que sepamos por qué vivió lo que vivió y la forma en que lo hizo. Además, como las historias de las abuelas están necesariamente entrelazadas con las de los abuelos, así como describiste la historia del abuelo José Andrés Grijalva, así conoceremos mejor la historia del abuelo Juan de Dios Monzón y todo lo que fue y vivió. Es importante también para mí y para mis hijos, y para que las nuevas generaciones de la familia conozcan de dónde vienen y por qué somos ahora lo que somos. Ya que has empezado, te pido que sigas escribiendo, hermano”.
El trabajo en la embajada se había normalizado y, aunque la situación de Burundi seguía siendo delicada, la gente casi había llegado a acostumbrarse a vivir en medio del peligro y, prácticamente, no había grandes novedades, por lo que Andrés Grijalva podía continuar dedicando una buena parte de su tiempo a sus asuntos personales. A veces, por las tardes, le gustaba caminar por las orillas del lago Tanganica que, de alguna manera, con sus palmeras, le recordaban las playas de San Benito, en Tapachula. Casi siempre llevaba consigo un libro y, pasaba un buen rato sentado en la arena de la playa hasta la puesta del sol. O se iba a tomar una cerveza al “Círculo Náutico” donde, desde la terraza que daba sobre el lago, podía muchas veces contemplar los enormes hipopótamos que salían a la superficie cerca de la orilla. Burundi seguía teniendo mucho de primitivo y de violento, lo que Andrés asociaba con la imagen de un volcán en plena erupción: fuego, fuerza, violencia, muerte. Después entraba a casa, porque con la noche aumentaba el peligro de los ataques rebeldes que seguían manteniendo una guerra de guerrillas contra el ejército burundés, últimamente en la misma capital. Era una verdadera lástima, pensaba Andrés, porque Burundi, aunque no tenía petróleo ni grandes reservas minerales, era un país con un enorme caudal de recursos naturales, con una fauna y una flora exuberantes y una variedad de paisajes con lagos, montañas, bosques, ríos y valles que, en otras circunstancias, harían de él un verdadero emporio turístico tan importante o aun más que el de Kenia, lo que, sin duda, ayudaría mucho a su desarrollo económico y social. Pero por ahora la realidad de la guerra no atraía para nada a ningún visitante, como no fuera a los miembros de algunas organizaciones no gubernamentales y de ayuda humanitaria, a los diplomáticos y a los misioneros, con ciertas reservas y limitaciones.
Aun con todos los años vividos antes en Bujumbura y el tiempo que llevaba ahora, aunque conocía a muchos burundeses e incluso tenía buena amistad con algunos de ellos, Andrés no había llegado a comprender la profundidad del alma de Burundi. Los barundi, como se llaman a sí mismos, seguían siendo para Andrés un enigma. Generalmente eran personas amabilísimas, elegantes, finas, serenas, tranquilas; mantenían una sonrisa constante en su rostro y eran muy respetuosos no sólo con los extranjeros, sino con sus ancianos y con sus autoridades. Pero, en un momento dado, podían transformarse completamente. De la sonrisa se pasaba a la risa abrupta, salvaje, casi de grito y aquel profundo respeto por los demás y aquella amabilidad podían dar paso a la violencia más sanguinaria de la que Andrés hubiera tenido noticia.
Es cierto que estaba el asunto étnico entre bahutu y batutsi que explicaba, en parte, la situación de conflicto que se estaba viviendo actualmente. Había también elementos económicos, políticos, sociales, históricos y, como casi siempre, intereses extranjeros en juego. Pero eso no era todo. “¿Cómo
puede habitar en el mismo corazón que ama la belleza y las buenas costumbres tanto resentimiento y tanto odio que llevan a una violencia asesina, fratricida?”, se preguntaba a menudo Andrés ante los ataques de uno y otro grupo, verdaderas masacres que seguían teniendo lugar en Burundi. “¿Cómo puede la misma mano del que ha acariciado a los niños de sus vecinos, del que los ha visto crecer y jugar con sus propios hijos, empuñar luego el machete para asesinarlos junto con sus madres, porque pertenecen a otro grupo?”. “¿Y dónde queda, en todo esto, el aspecto de la religión?”. Tanto Ruanda como Burundi, estos dos pequeños países del África central, junto a los Grandes Lagos, habían sido evangelizados por los misioneros europeos hacía apenas cien años y se declaraban cristianos en su gran mayoría, noventa por cierto. “¿Es tan fuerte la violencia que pasa antes que el mandamiento cristiano del amor al prójimo?”, se preguntaba Andrés ante el espectáculo contradictorio de la catedral de Bujumbura repleta de fieles en una misa de domingo por la mañana. Se decía que, durante el gran genocidio de 1994 en Ruanda, en el que cerca de un millón de personas fueron asesinadas en el espacio de unos cuantos meses, habían participado
en forma activa algunos sacerdotes católicos. Se hablaba, incluso, de la complicidad de un obispo. Dios santo, ¿cómo era posible todo esto? Andrés no lo entendía. “Hemos caminado sobre la luna hace casi treinta años, conocemos la atmósfera de Marte y hemos escrutado los secretos del fondo
del mar; conocemos los misterios del átomo y hemos creado la más sofisticada electrónica para comunicarnos por internet, al alcance hasta de un niño de kinder. Pero no hemos sido capaces de llegar al fondo del corazón humano y descubrir el antídoto contra tanto odio y tanta violencia. El amor. ¿Dónde quedó el amor en todo este mundo? El amor sigue siendo una quimera, una utopía; una esperanza, tal vez; pero está lejos de ser una realidad. Los dueños del mundo no son el amor ni la paz, sino la economía y el poder del dinero en los que el hombre pone su corazón y que son, en definitiva, la causa profunda de las guerras. ¿Qué nos espera en el nuevo siglo y en el nuevo milenio que están a las puertas?” Estos eran algunos pensamientos que ocupaban también su mente en sus largas noches de insomnio.
Algunos de sus amigos de las otras embajadas le reprochaban su poca participación en la vida social que, a pesar del estado de guerra y el toque de queda a las nueve de la noche, se llevaban a cabo en las residencias de unos y otros. Andrés comprendía que para aquella pequeña comunidad internacional era necesario reunirse con frecuencia para discutir la situación del país y de toda la región, para intercambiar datos o, simplemente, para disfrutar de una buena cena y unos buenos tragos y de la charla y el chisme oficial que les mantenían en su ambiente acostumbrado, inmersos como vivían en toda aquella cultura africana tan distinta de la occidental, por más que se hablara francés o inglés y se viviera a la europea. “Mucha gente cree que la vida de un diplomático es siempre un paraíso; no se imaginan siquiera todo lo que tiene de exilio vivir en el extranjero, en medio de los africanos, por ejemplo, sobre todo en un ambiente social como el de Burundi” –decía la esposa del embajador italiano–. “Y para mí no es cuestión sólo de comer spaguetti o beber Chianti, no; es mucho más que eso. Yo necesito respirar el aire de nuestra cultura europea y occidental, de lo contrario, me asfixio”. Andrés era muy amable con todos ellos, pero casi siempre prefería quedarse en casa, en su residencia de la colina de Kiriri, trabajando hasta muy tarde frente a la computadora o leyendo una buena novela en el estudio frente a la terraza, desde donde se veía el paisaje nocturno de Bujumbura, con los mil ojos de la noche parpadeando en la obscuridad del valle.
Después de la llamada de su hermana, Andrés Grijalva estuvo varios días pensando en su abuela Rosenda Díaz, tratando de poner un orden en sus recuerdos y en sus notas. En cierto modo, la historia de la abuela materna era más fácil de describir porque, desde pequeño Andrés había convivido más de cerca con la familia Díaz Recinos, así como la rama paterna de Julia Monzón, su madre, rama de la que tanto se hablaba en la familia, no siempre en buenos términos, por una serie de dificultades debidas a la herencia del abuelo que nunca se aclaró del todo; dificultades que, como un maleficio, parecía que se intentaban repetir en la nueva generación.
Andrés no estaba tan motivado para iniciar la narración de los orígenes de esta parte de sus antepasados, como lo estuvo para escribir “Las tardes con la abuela Pina”, pero gracias a los estímulos que había recibido, sobre todo de Martha, su hermana, en buena parte movido por la curiosidad de ver qué salía de todo eso, y teniendo en cuenta que podía ser una forma de la ascesis que se había impuesto desde la primera vez que llegó a Burundi como una búsqueda incesante de identidad, Andrés tomó la decisión de seguir escribiendo. Así, una tarde, sin pensarlo más, se puso delante de la computadora y empezó a redactar la parte correspondiente a la rama materna, a partir de la figura de la abuela Rosenda Díaz. “Veamos qué sale”, se dijo poniendo manos a la obra.

LAS TARDES CON LA ABUELA-14

 Óscar Mayorga
LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS
2 0 0 8
14
—Bien. Ya te he dicho que era muy joven cuando conocí a José Andrés Grijalva, acababa de cumplir dieciséis años; él iba a cumplir los treinta. Había llegado a nuestro pueblo, Cuilco, pocos años antes, procedente de la capital, donde era estudiante de medicina. Había nacido en Managua, Nicaragua en una familia de hacendados venida a menos, entre otras cosas, por haber perdido casi todas sus propiedades durante las revueltas sociales y por las expropiaciones que hizo el gobierno. En Guatemala, José Andrés se había mezclado en asuntos de política que sobrepasaron los límites de la universidad y su vida se vio amenazada porque se decía que había participado en un complot para asesinar al dictador que gobernaba en Guatemala. No podía regresar a Nicaragua porque no quería que su familia lo considerara un fracasado por no haber terminado la carrera de medicina. Era muy orgulloso. Se había refugiado en Cuilco, cerca de los límites con México, ayudado por unos compañeros de la universidad, originarios de Cuilco, porque allí estaba bastante lejos de la capital para que siguieran ocupándose de él y cerca de la frontera mexicana en caso de que necesitara escapar.
En Cuilco se había dedicado a la enseñanza. Era maestro de primaria y después empezó a dar clases en la escuela normal. Gustaba mucho de la música y había fundado una estudiantina con muchachos y muchachas del pueblo que llamó “Orfeón Largaespada”, que era su apellido materno. Además, daba clases particulares de guitarra y de inglés. Yo tenía una muy buena amiga, Albertina Briones. Ella se había enredado en amores con el maestro Grijalva, como todos lo llamaban y tuvo un hijo de él, José Raúl. Yo sabía todo por Albertina, quien confiaba en mí. Éramos buenas amigas. Invitada por ella, fui una tarde a los ensayos de la estudiantina. Lo que sucedió nunca me lo expliqué con la razón. Desde el primer momento en que lo vi, sentí que el corazón se me salió del pecho y se anidó en el suyo. Es cursi decirlo, pero fue un amor a primera vista. De su parte también. Yo olvidé lo que Albertina me había contado. Prácticamente era su mujer, vivían juntos y tenía un hijo suyo. Olvidé que era mi amiga. Olvidé que él era un extranjero, un desconocido, un hombre que me doblaba casi la edad. Lo olvidé todo y me enamoré perdidamente de él. Con el pretexto de que me iba a enseñar a tocar la mandolina, regresé varias otras tardes. Nos amamos
mucho. Pasaron los meses. Cuando descubrí que estaba encinta se lo comuniqué inmediatamente. El antiguo estudiante de medicina tenía ciencia suficiente para suspender aquel embarazo. Pero sin decirme nada me dio a beber un “reconstituyente”, según él, para fortalecerme porque estaba un poco anémica, menjurje que me provocó unas hemorragias espantosas. Mi madre se dio entonces cuenta de que yo estaba embarazada. Enfermé de gravedad, aquellas hemorragias me llevaron a las puertas de la muerte. Pero, gracias a Dios, nos salvamos los dos: el bebé y yo. Mis hermanos mayores, furiosos, tomaron cartas en el asunto. Cuando, después de un par de semanas me recuperé lo suficiente para dejar la cama,
José Domingo y Everardo, mis hermanos, fueron a buscar a José Andrés con pistola en mano y lo amenazaron de muerte si no lavaba el honor de la familia. Yo no había vuelto a verlo desde que me dio a beber aquel abortivo. No podía creer que por su culpa hubiésemos estado a punto de morir el bebé y yo. Aunque asustada, yo me había puesto feliz al saber que iba a ser madre, que iba a tener un hijo de aquel hombre a quien amaba tanto. En mi ingenuidad creí que él iba a ponerse feliz también. Mi amor por José Andrés me había hecho olvidar que él tenía compromisos, que vivía con Albertina, mi mejor amiga, y que tenía un hijo con ella. Mis hermanos le exigieron que se casara conmigo para que el bebé que venía en camino no fuera un bastardo. Recuerdo que José Domingo dijo aquella palabra, bastardo, que a mí me sonó horrible. Entonces sucedió algo que jamás hubiera imaginado. José Andrés se negó a casarse conmigo.
—La Pina ya no era virgen –dijo–, estaba más abierta que un zaguán.
—Yo no lo podía creer. Me puse a llorar con toda la pena, la desilusión, la tristeza y el dolor de sentirme defraudada por aquel a quien tanto amaba. ¿Cómo podía decir eso él, precisamente él, a quien yo había dado todo mi amor? Mis hermanos no dieron crédito a sus palabras y nos condujeron ese mismo día a Coatepeque, un pueblo de la costa, cerca de la frontera mexicana. Nos casó un juez que estaba cayéndose de borracho. No recuerdo qué más pasó durante el trayecto, pero José Andrés y yo no volvimos a hablar. Yo me sentía muy herida y después ya no quise verlo. Eso fue en los primeros días de enero de 1918.
De cuando en cuando nos llegaban ecos de la Gran Guerra europea que duraba ya varios años y que parecía a punto de terminar. El mundo estaba cambiando. Y mi mundo cambió completamente. De aquella adolescente alegre, un tanto frívola y llena de vida que era, me transformé en una mujer
que había entrado a la vida adulta por la puerta equivocada y que estaba pagando el precio por ello. Sí, todo aquel mundo de ensueño en el que había estado viviendo desde hacía cosa de un año, se transformó en un infierno. No sólo perdí al hombre que tanto había llegado a amar y en el que
había forjado tantos sueños, sino que sentía que mi vida estaba deshecha. Llorando, de rodillas, le pedí perdón a mi madre y le rogué por el alma de mi padre muerto que me apoyara ante mis hermanos. Ella hizo lo que pudo, pero eran José Domingo y Everardo los que mandaban en todo.
Nunca más volví a ver a José Andrés. Supe después que se había ido del pueblo. Mis hermanos me ordenaron que me quitara los zapatos y, descalza, como las sirvientas indígenas que trabajaban en la casa, me pusieron a trabajar en la cocina. Yo ya no era la niña bonita de la familia, sino una sirvienta más, que comía en la cocina, con las demás sirvientas, cuando todos habían terminado de comer, y que tenía que lavar, barrer y trapear, cosas que nunca antes había hecho. Cuando me faltaban unos dos meses para dar a luz, me enviaron a la hacienda de Zosí, donde nació mi bebé, tu papá, el 20 de mayo de 1918. Mi mamá estuvo conmigo todo el tiempo, no así María, mi única hermana, quien no me perdonó, hasta muchos años después. Yo había pasado todo el tiempo del embarazo muy mal. Desde el conato de aborto y todo lo que entonces sucedió, me quedó una depresión profunda. Ni siquiera el haber dado a luz a un hijo
me quitó aquella enorme tristeza. Mi madre se encargó del bebé. Ella lo llevó a bautizar y le puso por nombre GustavoAdolfo, en recuerdo del poeta Bécquer, que tanto le gustaba.
—Después de todo –dijo–, es una esperanza que Dios nos da con esta vida nueva que pone en nuestras manos. Es hijo del amor y tiene derecho a vivir. Yo me ocuparé de que no le falte nada.
Era el mes de mayo y los campos estaban cubiertos de flores silvestres. El cielo era más azul que nunca, aunque ya había empezado la temporada de lluvias. La vida bullía en todas partes pero yo me sentía muerta por dentro. En el espacio de pocos meses había envejecido aunque apenas tenía dieciocho años. La situación en la casa, con mis hermanos, se volvió insoportable. Aquellos que antes tanto me querían me trataban ahora peor que a una sirvienta. Me sentía despreciada, humillada por mi propia familia, como si estuviera apestada. Y, sobre todo, me sentía completamente sola, no tenía a nadie con quien hablar, con quien desahogarme, con quien compartir el inmenso dolor que llevaba dentro. Las que yo creía mis amigas, me dieron la espalda. Mi propia hermana, María, me dejó de hablar. Mi madre, antes una mujer fuerte, desde la muerte de mi padre se había encerrado en su dolor y abstraído de todo el mundo exterior, se había anulado y dependía en todo de mis hermanos mayores. No podía contar con ella. En el pueblo todos me señalaban. Me di cuenta que si quería sobrevivir
tenía que salir del pueblo y tratar de rehacer mi vida en otra parte. En Cuilco ya no tenía nada qué hacer. Sin embargo, todavía esperé unos cuantos meses antes de tomar la decisión definitiva de irme lejos. Como había terminado mis estudios en la escuela normal, pude conseguir una plaza de
maestra rural en una aldea cerca de la costa. Sólo me despedí de mi madre quien, llorando, me dio su bendición cuando llegó el momento de mi partida. Me dijo que ella cuidaría del niño; nos abrazamos llorando y, sin volver la vista atrás, me fui de la casa paterna. Atrás quedaba todo: mi niñez, mi adolescencia, mi familia, mi hijo, mi amor destruido, mi pasado…
Supe después que José Andrés había terminado sus relaciones con Albertina Briones cuando el escándalo de lo de mis hermanos, que todo el pueblo se enteró. Albertina dio a luz unos tres meses después de mi bebé a una niña a quien le pusieron por nombre Esmeralda, por cierto muy bella cuando creció. Ahora pienso que debimos haber hablado José Andrés y yo. Ambos dejamos que otras personas decidieran sobre nuestras vidas. Yo estaba muy herida por el intento de aborto que me provocó y por todo lo que dijo de mí a mis hermanos. Ante mis ojos fue un cobarde que no defendió nuestro amor. Nos faltó hablar a solas de todo lo que había pasado. Nos dejamos llevar por los demás y por la fuerza de los acontecimientos.
Es cierto que hay silencios elocuentes, pero también el silencio puede ser muy ambiguo y hasta equívoco. Hoy estoy convencida de que siempre vale más hablar, decir, expresar lo que uno piensa, lo que uno siente. Después de
todo la palabra es un atributo que sólo los seres humanos tenemos. Ninguna otra criatura en el mundo entero puede expresarse a través de la palabra. Ante un conflicto podemos, como los animales irracionales, atacar o huir, pero sólo los humanos podemos enfrentar el problema por medio de la palabra, hablando. Es lo único humano y humanizante como solución ante un conflicto. Ni agresión ni evasión, sino diálogo. Y una forma de evadirse es guardar silencio y deprimirse, como hice yo. Tal vez si tu abuelo y yo hubiéramos hablado nos hubiéramos explicado y lo hubiese perdonado, pero no se dio. O, al menos, no hubiera guardado ese inmenso resentimiento que me envenenó la vida durante años y que, en parte, me hizo volver a cometer casi el mismo error. A pesar de todo, yo lo seguía amando y hubiéramos podido intentar ser felices juntos, pero no fue así. Yo era muy tonta, a pesar de mi carácter rebelde, me dejé dominar por mis hermanos. No te imaginas cuánto me arrepentí después de no haber sido más valiente. Creo que, a veces, duele más arrepentirse de lo que se dejó de hacer que de lo que se hizo. Muchas veces pensé en esto, pero ya era tarde y yo sentía que mi vida estaba acabada.
—No supe, hasta muchos años después, que José Andrés me buscó, que trató de verme, pero el cerco que mis hermanos habían puesto y las amenazas que le habían hecho, no le permitieron acercarse a mí. Yo creo que tampoco lo intentó mucho. O tal vez sí, no lo sé. No sabes cuántas veces me atormentó la mente y el corazón pensar en todo esto, “en lo que pudo haber sido y no fue”, como decía una canción que escuché años más tarde. Desilusionado, tal vez, cruzó la frontera y se internó en tierras mexicanas. Llegó a la entonces Villa de San Francisco de Motozintla, donde al poco tiempo tuvo un lugar prominente en la sociedad conservadora del pueblo
como maestro de educación primaria y de música. También gozó del apoyo de la Logia Masónica de Motozintla que funcionaba muy bien. José Andrés, durante sus años universitarios en Guatemala, se había hecho masón y en Motozintla obtuvo el grado de Orador.
Era los principios de la década de los veinte y el mundo, salido de los años de la Gran Guerra europea y con la secuela de la epidemia de gripa conocida como la Influenza española que mató a centenares de personas también en aquellos pueblos perdidos de la Sierra Madre del Sur, cambiaba modas y
costumbres. Las mujeres no sólo habían abandonado los largos vestidos casi siempre de austeros colores obscuros, por las faldas a la rodilla de los llamados chemisses, sino que se habían cortado las trenzas y los largos cabellos y lucían la moda à la garçon que el pueblo jocosamente llamaba “las pelonas”. Todo hablaba de cambios. Incluso en aquel pueblo llamado
Motozintla, donde José Andrés intentaba construirse una nueva vida. Nunca volvió a Nicaragua, su tierra nativa, a pesar de las múltiples súplicas de su padre y sus hermanos y de todo el clan de los Grijalva Largaespada.
15
Llegado a aquel punto del relato, Andrés se sentía como un intruso en la intimidad de una pareja. Es cierto que la abuela había accedido voluntariamente a contarle toda la historia de su abuelo, pero él no había imaginado que todo lo que acababa de saber hubiera sucedido entre ellos. Su admiración por su abuela creció mucho más, no sólo por todo lo que le estaba compartiendo sino por el valor que demostraba, por la forma lúcida, serena y realista con la que Pina reconocía y expresaba su verdad. “A las cosas hay que llamarlas por su nombre”, solía ella decirle desde que él era un niño, “es la única forma de exorcizar a los demonios, llamándolos por su nombre; nombrar es demostrar que se tiene poder y dominio sobre lo que se nombra”. Andrés estaba ahora aprendiendo que decir su propia verdad era una forma de enseñorearse del pasado y, por tanto, de liberarse de todo sentimiento de culpa por los errores cometidos. Pero había aún muchas cosas que él no comprendía de aquel drama de sus abuelos, así que, mientras se servía otra taza de café, preguntó:
— ¿Quién era, cómo era mi abuelo José Andrés, abuela? Cuéntame la historia de su familia, para poder entenderlo. Su personalidad me desconcierta…
—Tu abuelo era un hombre extraordinario –dijo la abuela Pina, entornando los ojos, llena el alma de recuerdos–. Nos amamos mucho –repitió–. Es cierto que yo era muy jovencita e inexperta y tu abuelo me deslumbró, me cautivó, me fascinó, como te he contado, desde la primera vez que lo vi, aquella vez que Albertina Briones me pidió que la acompañara al ensayo de la estudiantina que él tenía. Recuerdo que ella no podía quedarse durante todo el ensayo y tenía celos de otra de las muchachas que se le insinuaba a
José Andrés, y él se dejaba querer. “Cuidámelo”, me había dicho guiñándome un ojo cuando se iba. Quién habría imaginado decir todo lo que sucedería después.
—¿Cómo era tu abuelo? Era un hombre muy atractivo: alto, delgado, muy elegante, siempre impecablemente vestido, con el bigote rubio perfectamente recortado sobre unos labios que parecían estar siempre a punto de dar un beso.
Despertaba todas las pasiones del mundo entre aquellas jovencitas que éramos todas. Como te dije ya, él tenía casi treinta años y era todo un hombre, de una gran personalidad. Ofreció enseñarme a tocar la mandolina, que él tocaba como un maestro. Recuerdo cómo la tomaba entre sus brazos, como si la acariciara, y cómo sus manos de dedos largos y elegantes
pulsaban las cuerdas produciendo una música que yo nunca antes había escuchado. Mientras me miraba directamente a los ojos, puso la mandolina en mis manos y pasó sus brazos por detrás de mi cuerpo enseñándome cómo poner los dedos sobre las cuerdas y cómo pulsarlas. Yo estaba totalmente en sus brazos, sentía su cuerpo cálido pegado al mío y su aliento en mi cuello, a la vez que me envolvía el aroma discreto de la loción que usaba; experimentaba calor y frío al mismo tiempo, casi estaba temblando, era una sensación que jamás imaginé que pudiera existir: me sentí intensamente atraída por él, deseé que aquellos momentos no terminaran nunca. Él se dio muy bien cuenta de todo lo que había despertado en mí, aquella jovencita inexperta que era yo entonces y supo manejar la situación. Creo que él también se sintió atraído por mí. Al menos, mi presencia lo excitaba, de eso me di bien cuenta, no era yo tan ingenua, a pesar de todo. Cuando, después de un rato me despedí, me invitó a que regresara al día
siguiente. Volví todas las tardes y me enamoré perdidamente de él. Todo lo que pasó después no te lo puedo contar, ni yo misma me lo puedo explicar. Nunca imaginé que el amor fuera así. Yo me sentía como fuera del mundo.
Todo me parecía bello y ligero. El poco trabajo que hacía en casa no me pesaba, mis cursos en la escuela normal donde estudiaba y donde él empezó también a dar clases, me parecían cosas de niños. Por las noches, cuando hacía mucho calor, íbamos a bañarnos al río San Pedro. Hay en Cuilco dos ríos, uno que baja de la montaña y se llama río Cuilco, y es muy
frío, y otro que recorre todo el valle rumbo a la costa, el río San Pedro, cuyas aguas son tibias. Debajo de la cascada donde se forma la laguna Encantada, nos bañábamos desnudos en las noches de luna llena. Después de nadar un poco nos acostábamos sobre las grandes piedras del río y contemplábamos la luna, enorme, en lo alto del cielo. Tu abuelo era un hombre muy bello, todo su cuerpo parecía estar en armonía completa. Sus manos me enloquecían cuando me acariciaba, eran unas manos elegantes, finas y expertas en el arte del amor. Un vello muy rubio cubría su pecho y a mí me gustaba alborotar con mis manos sus cabellos y enredarlos en mis dedos mientras nos secábamos en aquellas piedras que guardaban el calor del día y mantenían el calor de nuestros cuerpos. Pero no creas que todo era sexual. Nos amábamos con todo el ser, con el alma, con la mente, con el corazón. Él me contaba muchas cosas de su familia, de su patria, de sus paisajes; del lago Xolotlán llamado también Managua, en cuyas orillas se fundó en 1852 la nueva capital, Managua; del otro lago, el gran lago Nicaragua donde hay tiburones de agua dulce y que tiene más de cuatrocientas islas; del volcán Masaya que sigue estando activo, de los ríos y los lagos, de las montañas y los valles; de la Catedral de León donde está sepultado el más grande poeta de la lengua española, Rubén Darío; de la señorial ciudad de Granada, tierra de conservadores; del calor de Managua; de las Segovias; del Puerto de Corinto, de Augusto César Sandino, a quien él tanto admiraba; de Bluefields, en la costa del Atlántico, donde viven los indios misquitos…
Fue así como llegué a conocer la historia de toda su familia, los Grijalva Largaespada. El primero de quien me habló fue de su abuelo materno, Inocencio Largaespada, llamado el Colocho. Déjame que mañana empiece la historia con él.
16
Andrés no dejó de visitar a la abuela una sola de todas las tardes de sus vacaciones. Aunque el resto de la familia lo invitaban frecuentemente a tomar café, según la costumbre chiapaneca del café con pan a las cinco de la tarde, aquellas tardes con la abuela eran para él sagradas. Seguía maravillándose de la lucidez de la anciana y de su extraordinaria memoria. Hablaba de nombres, fechas y lugares como si tuviera frente a ella un texto con todos los datos. Era Andrés el que, por las noches, tomaba notas y hacía resúmenes de todo cuanto la abuela le había contado. Aquel regalo de
cumpleaños seguía siendo efectivo y había sido el mejor presente que jamás hubiera imaginado recibir.
Al día siguiente, cuando Andrés llegó a la Casa de las Bugambilias la abuela Pina lo esperaba, como siempre, fumando en una de aquellas mecedoras de mimbre en el fresco corredor lleno de macetas con geranios y helechos que
colgaban del techo. Parecía haber recuperado completamente la salud y el ánimo de siempre. Él llevaba consigo una colección de fotos de los Grijalva que la familia conservaba en su casa. Ahora que la abuela iba a hablarle de la familia del abuelo José Andrés, quiso tenerlas a la mano para verlas conforme ella fuera mencionando a los Grijalva. Andrés notó que Pina se había puesto el collar de perlas y los aretes que hacían juego, lo que únicamente hacía el día de su cumpleaños y en ocasiones muy especiales como Pascua o Navidad.
—Para mí, que estés conmigo es siempre un día de fiesta –le dijo cuando él le mencionó las perlas–. No sabes cuánto disfruto con tu presencia, por todo lo que eres para mí, mi primer nieto, el consentido. Y, también, permite que
te haga esta confesión, por todo lo que para mí significas: eres la sangre de tu padre, mi amado hijo que el Señor nos arrebató cuando iba a cumplir veintiocho años, mi hijo primogénito, fruto del amor con el hombre que más amé en toda mi vida. Y, por tanto, eres sangre de él, de José Andrés. No sabes cuánto te pareces a él, mucho más que a tu propio padre. Es como si sesenta años después volviera a estar hablando con él. –Tomó del paquete que Andrés había llevado, una fotografía color sepia del abuelo José Andrés que lo había captado con su porte elegante, vestido de traje y corbata, con una flor en el ojal y un ligero bastón en las manos. Los cabellos rizados perfectamente peinados, con raya de lado. Los ojos entrecerrados como en una sonrisa reprimida y la boca de labios sensuales sobre los que lucía un bigote rubio. La abuela contempló un rato largo aquella imagen y los ojos se le llenaron de lágrimas pero se recuperó inmediatamente y, sin permitir que Andrés dijera algo, se aclaró la voz e inició el relato de aquella tarde.
17
Inocencio Largaespada nació en León de Nicaragua en 1841 y a todas luces tenía en sus venas sangre negra. Su cuerpo y las facciones de su rostro eran de un mulato, si bien la piel no fuese tan obscura. Alto, fuerte, moreno, de
cabellos rizados, de donde le venía el apodo de el Colocho, Inocencio, se decía en secretos de familia, era producto de los amores de una bella criolla y un esclavo negro de la hacienda de los Largaespada. Tu abuelo me confió que en la familia de su madre se contaba que aquel esclavo había sido un negro muy bello e inteligente que había logrado obtener su libertad por haber salvado en una ocasión la vida de sus amos durante un asalto que habían sufrido cuando iban en una diligencia de León a Granada. Había seguido viviendo y trabajando en la hacienda aun siendo un hombre libre y
había sido entonces cuando la hija menor de los Largaespada se había enamorado de él y tuvieron amores. Cuando los patrones descubrieron que la joven estaba embarazada, decidieron que el negro debía morir y lo hicieron ahorcar, pero aceptaron al niño que nació poco después. Este pequeño mulato, que recibió el nombre de los Largaespada y fue educado como un hijo legítimo. A pesar del paso de las generaciones, el Colocho seguía mostrando en la familia los rasgos de aquel antepasado negro que pagó con su vida el atrevimiento de enamorarse de la hija de sus amos blancos. Pero la herencia genética no se manifestaba solamente en lo físico, sino sobre todo en lo espiritual. Aunque Inocencio a veces sonreía mostrando unos dientes blancos, perfectos, generalmente tenía un carácter melancólico, casi taciturno, como si fuera un extranjero lejos de su patria que estuviera añorando volver al pasado y vivir aquella vida que le bullía en la sangre y que parecía hablarle desde las profundidades de su espíritu. A menudo se le encontraba en las orillas del lago, oteando el horizonte, como adivinando más allá del agua y de la tierra, el vasto océano, del otro lado del
cual estaba África, la tierra de los suyos, y se pasaba tardes enteras con la mirada perdida en la lejanía como buscando Angola, el país de sus antepasados negros.
Quizá por su apariencia física de mulato o por ser hijo único –dos hermanos suyos habían muerto de pequeños durante una epidemia y otro más en un accidente a la edad de quince años–, Inocencio era un ser solitario que parecía rehuir el trato con los demás. No había querido seguir estudiando sino que había asumido desde muy joven todo el trabajo de las dos haciendas de la familia Largaespada. Era un muchacho muy inteligente y resultó muy hábil para los negocios y bajo su administración los asuntos de la familia prosperaron aún más. Pero había en torno a Inocencio una especie de aura invisible que lo hacía muy distinto de los demás muchachos. Algo en él lo separaba de todos, era una actitud como de lejanía, como de repliegue en sí mismo que excluía a cuantos lo rodeaban. A la vez que parecía estar esperando siempre algo o a alguien. Como si hubiera sido arrancado de su propia tierra y conducido al exilio, parecía estar añorando siempre ese mundo perdido, lejano y distante; él mismo se sentía diferente de los demás muchachos de su entorno y se comportaba como un extranjero entre ellos.
Y, a menudo, se apartaba de todos; sobre todo cuando estaba en alguna de las haciendas, se iba durante días al monte, “en excursión”, decía, pero era una especie de retiro o huida de todos los demás. A veces permanecía largas horas sentado en una roca en la orilla de un río, extasiado viendo correr el agua. Sin embargo, tal vez por eso mismo, era un hombre de una personalidad fascinante. Irradiaba un atractivo que no dejaba de deberse sin duda al carácter exótico de ser mulato. Sus ojos negros parecían mirar siempre más allá de la superficie de las cosas y, sobre todo, de las personas. Y esto, a la vez que era atractivo, a mucha gente la ponía incómoda y reducía al mínimo el trato con él.
—Inocencio leía mucho y gracias a eso fue, con el tiempo, adquiriendo una vasta cultura. Le atraía mucho todo lo referente al continente africano. Devoraba ávidamente todo lo que se refiriera a relatos de viajes, descubrimientos de parte de los exploradores, todo lo que hablara de aquellas culturas tan lejanas y, para él, a la vez tan cercanas. África le parecía en el mapa que tenía la forma de un corazón. “Tal vez por eso me atrae tanto”, pensaba. Y le dolía en el alma todo lo que llegaba a saber del tráfico de esclavos que, aun entonces, se seguía teniendo. Sabía, por ejemplo, que en Haití, Cuba, Colombia y México, ya no digamos en Brasil, se seguían comprando clandestinamente esclavos negros procedentes, sobre todo, de Angola y del Congo. Sin contar el tráfico que los árabes seguían teniendo, especialmente en la zona africana del mar Índico, donde los cargamentos de esclavos negros desolaban poblaciones enteras de los pueblos de la costa, sobre todo en Tanganica y Mozambique.
Cuando llegó el tiempo de fundar una familia y de tener descendencia, el Colocho empezó a frecuentar las fiestas de León, donde la familia tenía una enorme casa cerca del Templo de la Merced. Inocencio era muy elegante y vestía con buen gusto, como correspondía a su clase social. Cuando llegaba a una fiesta las muchachas casaderas de la ciudad se alebrestaban todas “como las gallinas en un gallinero ante la presencia del gallo”, decía la madre de Inocencio, porque él era, a todas vistas, un excelente partido.
En una de esas fiestas, Inocencio conoció a Gervasia Lumbí Tinoco, una jovencita que pertenecía a la pequeña comunidad sefardita de la ciudad, descendientes de aquellos judíos expulsados de España en el siglo XVI. Gervasia era muy blanca, de cabellos obscuros y grandes ojos de pestañas largas y rizadas, sombreados por unas ojeras muy marcadas que los hacían parecer aún más grandes. Lo único que desentonaba un poco en su rostro perfecto era la nariz, tal vez un poquito grande para aquellos rasgos delicados y finos de Gervasia. Desde que la vio el Colocho se sintió atraído por aquella joven de rara belleza, muy distinta de todas las demás muchachas de León. Bailó toda la noche con ella y durante todas las noches de la semana siguiente le llevó serenata. Gervasia lo había cautivado: le encantaba aquella muchacha delicada que despertaba sentimientos extraños en él, hasta entonces nunca experimentados. Le atraía mucho físicamente pero era algo más que eso, había en ella una especie de desamparo, una aparente fragilidad que hacía que Inocencio se sintiera llamado a protegerla. Llegó a enamorarse de Gervasia y su amor fue, a lo largo de los meses que siguieron, una curiosa mezcla de pasión y de ternura.
La joven se enamoró también de Inocencio, le gustaba mucho aquel joven moreno y elegante que parecía ser portador de un secreto, que vivía como envuelto en todo un misterio que a ella le gustaría poder descifrar, además de que era amabilísimo y atento con ella, con un trato refinado que no se encontraba en los demás muchachos de León. Definitivamente, Inocencio Largaespada era toda una personalidad y Gervasia no lo pensó mucho para aceptarlo como novio cuando él le declaró su amor. Pero para hablar de matrimonio había que abordar la cuestión del origen de la familia de Gervasia.
Aunque los Lumbí Tinoco frecuentaban la iglesia y bautizaban a sus hijos, era bien sabido que no se casaban fuera de la comunidad sefardita del país y algunos de ellos se habían casado en el extranjero, siempre con miembros de sangre judía. Se decía que, como muchos de los sefarditas conversos, seguían practicando sus ritos religiosos, por ejemplo el Sabbat, y no comían jamás carne de puerco. La familia Largaespada era de ideas liberales y no precisamente muy religiosa, pero en la Nicaragua del siglo XIX, incluso en la ciudad de León, era impensable que un heredero de la alta burguesía no se casara por la iglesia. Todo era por cuestiones sociales. La familia Lumbí Tinoco vio con buenos ojos aquel romance porque le permitiría emparentar con una de las familias más ricas del país, los Largaespada, y no puso demasiada oposición a que la boda se realizara por la iglesia. El obispo de León pidió que Gervasia hiciera una confesión pública de su fe en la Santa iglesia, católica, apostólica y romana antes de unirse en sagrado matrimonio con Inocencio Largaespada. Y así fue.
La boda fue espléndida. Muchos meses y años después se seguía hablando de ella. Los novios lucieron bellísimos durante la ceremonia y la fiesta que siguió después duró tres días y tres noches. Inocencio, alto, elegante, con una blanca sonrisa enmarcada por sus ojos negros, su piel morena, su cabello rizado y sus largas patillas, iba vestido con un traje de lino blanco y una corbata roja. Gervasia, pálida, blanca, delicada, con la larga cabellera negra sobre sus hombros delgados, delicados, vestida toda de blanco, con un velo cubriéndole el rostro, llegó a la Catedral en una calesa acompañada solamente por su padre. Inocencio la esperaba a la puerta y la recibió con un beso en ambas mejillas. Hacían una bonita pareja. Todo auspiciaba una felicidad eterna.
—Debe haber alguna foto de ellos entre todo el paquete que trajiste –le dijo a Andrés la abuela Pina. Buscó con sus manos delicadas entre las fotos hasta que encontró la que buscaba–. Aquí está, mira qué guapos se ven los dos.
Andrés contempló aquella vieja fotografía, color sepia como casi todas las demás. No era del día de la boda pero ambos lucían muy jóvenes. Él tenía facciones notablemente negroides, de labios gruesos y nariz ancha, la piel obscura, el cabello muy rizado y las patillas largas. La mirada un tanto melancólica y el porte distinguido. Ella, junto a él, parecía aún más blanca de lo que seguramente era. Llevaba un vestido largo de gasa de colores claros, con muchos volantes. Los cabellos obscuros recogidos en un chongo del que se desprendían algunos bucles que enmarcaban un rostro más bien serio. “Parecen muy jóvenes e inexpertos”, pensó Andrés.
Durante los meses que siguieron a la boda Inocencio creyó vivir en el cielo. Amaba con toda el alma a Gervasia y descubrió en sí mismo una gran capacidad de ternura, algo nuevo, que nunca creyó que pudiera tener. Sus labios y sus grandes manos morenas, de largos dedos, acariciaban y besaban a aquella joven de piel blanca y suave como si se tratara de un objeto religioso, con cuidado, con delicadeza, con ternura. La besaba y tocaba como si ella fuera de cristal y se pudiera romper. Aquel gigante mulato, todo pasión, se transformaba en un tierno amante que transportaba a su joven esposa al séptimo cielo cada vez que hacían el amor. Además se llevaban muy bien en la vida cotidiana, pasaban tardes enteras platicando, compartiendo sus secretos como si siguieran siendo novios. Por primera vez en su vida Inocencio se abrió ante una persona; le confió sus dudas y sus tristezas, sus esperanzas y sus alegrías: todo. Llegó a confiarse plenamente en aquella que había llegado a ser el centro de su existencia y ella no lo defraudó. Gervasia supo escuchar y recibir todo lo que él le contó de sí mismo, lo guardó todo en su corazón y todo hizo que el amor de ambos creciera todavía más. La vida les sonreía y eran muy felices. Las dos familias daban gracias a Dios porque, además, con aquella boda, el patrimonio de ambas partes no sólo había aumentado sino que estaba protegido y, sobre todo, porque Inocencio y Gervasia eran, a los ojos de todos, los esposos más felices del mundo.
—A los pocos meses de la boda Gervasia descubrió que estaba encinta. Inocencio la colmó de regalos y le impidió todo esfuerzo físico. Pero la palidez de Gervasia aumentó con los meses y el embarazo fue difícil. Consultaron a los mejores médicos que había y gracias a ello y al reposo completo al que la sometieron durante meses, el bebé pudo salvarse. Dio a luz prematuramente a una bellísima niña morena clara, de ojos grandes y la cabecita llena de rizos negros: La Colochita, la llamaron desde el primer día. Pero Gervasia no se repuso del parto, tenía el corazón débil, y pocos días después murió. Era un día sábado. Inocencio no se había despegado de su lecho casi para nada y tenía sus manos entre las suyas en un vano intento de transmitirle fuerza, vida. Se sentía completamente impotente ante el ataque de la muerte que, poco a poco, perceptiblemente, se estaba llevando la vida de su amada. En un momento de su agonía Gervasia había recuperado la lucidez y se había dirigido a él con un suspiro de voz:
—Inocencio, amor mío, gracias por todo lo feliz que me has hecho en estos breves meses de vida juntos. Que el Señor te bendiga. Voy a morir pero sabe que mi corazón se queda contigo y yo me llevo el tuyo. Has sido mi único amor. Cuida mucho a nuestra hijita. Gracias por todo, querido…
A continuación le había pedido que encendiera una Menorah, la lámpara de siete brazos de los hebreos, que ella guardaba en el ropero y cuando él así lo había hecho, ella se había puesto a orar en hebreo:
—Shema, Israel, Adonay Eloheinu, Adonay Ehad –había repetido, cada vez con voz más débil, hasta que expiró.
Inocencio creyó enloquecer. Lloró durante todo un mes y no dejaba de ir al cementerio todos los días. Volvió a ser el joven taciturno y melancólico de antes, volvió a encerrarse en sí mismo y no dejaba que nadie se acercara a su dolor. Hasta que una tarde, la nodriza de la niña, una mulata inteligente y sensible de senos frondosos y amplias caderas, le dijo abruptamente que, aunque mucho le doliera la muerte de su esposa, no se olvidara que tenía una hija y que la pequeña tenía necesidad de él. Se acordó entonces Inocencio de la recomendación que Gervasia le había hecho en su lecho de muerte. Las palabras de la mulata, una mujer del pueblo, con toda la sabiduría de su raza, le habían como abofeteado el rostro del alma. Fue como si volviera a la vida. Desde el fondo de su dolor fue emergiendo una esperanza gracias a aquella pequeña criatura, débil e indefensa, que lo llamaba de nuevo a la luz. La Colochita vino a ser su único motivo para seguir viviendo. Todo el amor que había nacido en él gracias a Gervasia y que le dolía en el corazón desde la muerte de su esposa, lo dedicaría ahora a su hija. De no haber sido por la pequeña Inocencio habría muerto, seguramente se habría matado. Decidió vivir completamente para ella y en el secreto de su corazón, una tarde ante la tumba de su esposa, hizo un voto de no volver a casarse nunca.
La pequeña, a la que bautizaron como Timotea, creció con todo el amor de su padre que nunca volvió a casarse y que fue fiel hasta su muerte al recuerdo de Gervasia. Timotea, la Colocha, fue una niña feliz que no pareció añorar el amor de una madre. Desde pequeña dio señales de gran sensibilidad y de una inteligencia fuera de lo común. Su padre, rico y poderoso, le buscó los mejores maestros y la niña aprendió desde muy chica a tocar el piano, la mandolina y la guitarra. Tenía también talento para las lenguas y aprendió francés, inglés y alemán, casi tan bien como el español. Su padre la enviaba a pasar vacaciones todos los años a Europa, con la rama Largaespada que vivía en España. La joven Timotea recorrió casi todos los países del viejo continente y viajó en una ocasión hasta San Petersburgo porque quería conocer el Palacio de los Zares. Aunque no era una belleza excepcional, su elegancia y sobre todo su inteligencia, suplían con creces lo que físicamente le hiciera falta. En todas partes donde se presentaba, llamaba la atención y causaba sensación aquella joven esbelta y elegante, inteligente y culta que miraba siempre de frente y estrechaba la mano con decisión cada vez que era presentada en los círculos sociales de la alta burguesía europea. Su físico atraía las miradas de todos porque no se sabía, de entrada, de dónde era. Su piel morena clara y sus cabellos ensortijados le daban ligeramente una apariencia andaluza, pero el acento con el que hablaba el castellano denotaba inmediatamente que no era española. El manejo perfecto de otras lenguas y, sobre todo, el contenido de su conversación hacían pensar en la heredera de una familia noble o en una hija de diplomáticos. La gente casi no daba crédito cuando, finalmente, se sabía que era de un pequeño país de América Central, llamado Nicaragua.
—Una profesora de italiano que tuve en Siena me dijo una vez que cuando se mezclan sangres de grupos étnicos distintos, los mejores genes de cada grupo son los que dan lugar a personas cada vez mejores desde el punto de vista genético. El hecho que la bisabuela Timotea haya sido hija de un mulato y de una judía, además de tener sangre española e indígena seguramente en sus venas, hizo de ella una persona fuera de lo común. Y si además, tuvo la oportunidad de una educación esmerada y de adquirir una cultura amplia, no cabe duda que debió ser una mujer extraordinaria –dijo Andrés.
—Sin duda, de ella le venía a tu abuelo José Andrés Grijalva, el primogénito de Timotea, la vocación musical y el espíritu un tanto aventurero. Pero de eso te hablaré después
–dijo la abuela Pina Maldonado mientras servía a su nieto un poco más de café humeante y oloroso, recién colado, que una de las sirvientas acababa de llevar.
18
Andrés estaba feliz. Conforme avanzaba el relato de la abuela, sentía que iba penetrando cada vez más en los secretos de la familia pero, sobre todo, iba descubriendo aspectos que no le eran desconocidos porque eran parte de él mismo. Era como ir identificándose en cada uno de los antepasados.
Ya desde que la abuela le había contado la historia de los Maldonado Fernández él había percibido esto, pero lo sentía mucho más fuerte ahora que se trataba de la línea de su padre. Si en las fotografías era posible descubrir parecidos físicos, facciones, gestos, expresiones, ahora que iba conociendo un poco de su historia, era capaz de comprender algunas de sus propias actitudes que, tal vez, eran hijas también de sus antepasados y todo lo que ellos vivieron.
—Y los Grijalva, abuela, ¿de dónde vienen? ¿De dónde venimos? –preguntó Andrés, mientras mojaba en la taza de café una de aquellas galletas de almendras que tanto le gustaban, aun sabiendo que a Pina no le agradaba que “sopeara” dentro del café. “Eso sólo, a veces, con el chocolate”, decía.
—El abuelo paterno de tu abuelo José Andrés, se llamaba
Desiderio Grijalva. Nació en 1829 en León de Nicaragua y procedía de una familia española, castellana, de Valladolid, de una comarca llamada Grijalva de Campos, que en el siglo XVII había emigrado a Cuba primero y después se había trasladado a Nicaragua. Con los años y el trabajo arduo y, sin duda, muchas injusticias que en aquellos años eran normales respecto a la explotación de los peones, verdaderos esclavos de los hacendados, los Grijalva llegaron a ser muy ricos y dueños de vidas y haciendas en la región de León. Cuando Desiderio nació, su familia llevaba más de doscientos años
viviendo en Nicaragua y eran ya “nicas” por los cuatro costados y, aunque muchos de ellos conservaban rasgos castellanos, a lo largo de los años, los Grijalva se habían mezclado con algunos indios nicaraos y ya ninguno de ellos reclamaba un pasado peninsular; al contrario, se sentían muy orgullosos de ser nicaragüenses y se preciaban siempre de ello.
Desiderio parece que se llamó así porque tardó años en llegar y sus padres lo esperaban con ansiedad. Era su deseo, su Desiderio. Tal vez por haber sido un hijo tan deseado, tan esperado, porque fue el primogénito y porque durante cinco años fue hijo único, hasta que nacieron sus hermanas, unas gemelas encantadoras que completaron la familia, Desiderio fue un niño consentido y sobreprotegido que desde muy chico se mostró bastante caprichoso, egoísta e inseguro. Desde que nació, sus padres le cumplieron siempre todos sus gustos y caprichos y el hijo fue creciendo como un pequeño tirano. El nacimiento de las gemelas equilibró un poco el mimo exagerado de los padres por el pequeño Desiderio, pero aquellos rasgos impresos desde muy temprano fueron parte integrante de su carácter y desu personalidad a lo largo de toda su vida.
Los padres de Desiderio pertenecían a una familia de ideas liberales, como en general lo era la gente de León, la cual rivalizaba políticamente con la elegante y señorial ciudad de Granada, donde los habitantes eran en su mayoría conservadores. A tanto llegaba la rivalidad entre León y Granada que el gobierno decidió que la capital de la República sería una tercera ciudad, nueva, que pudiera conjugar las diferencias y los intereses de todos los nicaragüenses. Se pensó así fundar la ciudad de Managua, que hasta entonces era apenas una pequeña aldea de pescadores en las orillas del Lago Managua. Las principales familias tanto de León como de Granada decidieron mudar su residencia a la nueva ciudad y firmaron el acta de fundación de Managua. Entre esos fundadores estuvieron los padres de Desiderio y él mismo que, aunque tenía sólo veintitrés años y aún era soltero, firmó también el Acta de la Fundación oficial de la nueva Capital. Eso fue en 1852.
Al año siguiente de la fundación de Managua, Desiderio Grijalva se casó con Francisca de Paula Cardoza Torray, una morena muy guapa de sólo veinte años de edad, hija también de una familia de hacendados, por lo que las propiedades de ambas partes, como solía ser en ese tipo de matrimonios, no sólo iban a estar salvaguardadas sino que aumentaron y crecieron mucho más. De los Cardoza Torray se tienen pocos datos, tu abuelo apenas me contó que eran muy cultivados y parecían proceder de una familia de abolengo. La biblioteca que tenían en la hacienda principal era una de las más grandes de la Nicaragua de entonces. Francisca de Paula era una mujer segura de sí misma que había sido educada por padres inteligentes y liberales que hicieron de ella una persona capaz de tomar por sí sola decisiones importantes cuando era necesario hacerlo, sin importarle mucho lo que los demás pensaran de ella. Durante el breve tiempo de noviazgo entre Francisca de Paula y Desiderio, los jóvenes no llegaron a conocerse realmente como eran y, una vez casados, el carácter de cada uno empezó a manifestarse y llegaron a tener algunos problemas de convivencia que pusieron en peligro su estabilidad conyugal.
La inseguridad fundamental de Desiderio hacía que muchas veces tratara de imponer su decisión en forma despótica, sin escuchar motivos ni mediar razones. Y esto a Francisca de Paula la ponía furiosa porque, le decía, era una gran injusticia para con los demás. Los jóvenes esposos discutían  mucho en privado aunque delante de la familia y de la sociedad fueran una pareja bien avenida. Ella se daba cuenta que su marido era, como diríamos hoy, bastante neurótico, por eso actuaba de esa manera un tanto violenta, más por inseguridad que por malicia, pero eso era algo de lo que no se podía hablar. Sin embargo, como ella era intuitiva e inteligente, poco a poco fue sabiendo controlar y manejar las situaciones difíciles de su matrimonio. Llegó a conocer muy bien a su marido y a darse cuenta de lo que a él le hacía falta, así que ideó una forma de manejar las situaciones para bien de todos. Es decir, que todo se hiciera según su propio criterio.
Llegó a ser para Desiderio la seguridad que él no tenía y, sin darse cuenta, él fue haciendo todo aquello que su mujer quería, aunque aparentemente fuera él quien tomara las decisiones. Esto hizo que las cosas entre ellos funcionaran bien y que Desiderio empezara a ganar la confianza de los demás gracias a la nueva conducta que fue adquiriendo. Esta extraña combinación de la pareja dio como resultado, con el tiempo, un matrimonio y después una familia, que la gente llegó a tener como modelo en muchos aspectos.
—Desgraciadamente, de Desiderio y Francisca de Paula no tenemos ninguna fotografía –dijo Andrés, que había tenido el cuidado de ordenar todo aquel paquete de fotos de la familia de su abuelo José Andrés y las había puesto todas en un álbum. La abuela Pina continuó después de una pausa en la que encendió un nuevo cigarrillo:
—Iban a cumplir dos años de casados cuando nació el primogénito, a quien bautizaron como José Andrés y que garantizaba la continuidad de la casta de los Grijalva. El pequeño José Andrés era un niño muy rubio de ojos azules y complexión delicada. No le gustaba la vida de las haciendas y prefería
encerrarse en su cuarto a leer libros, sacados muchas veces a escondidas de la biblioteca de su abuelo materno, a cuya casa le gustaba ir a menudo con su nana, una mulata vieja, que lo mimaba todo el tiempo. Había empezado leyendo libros de cuentos de diferentes partes del mundo. El abuelo Cardoza tenía colecciones enteras de cuentos árabes, chinos, hindúes, etcétera. Después leyó la serie de relatos de viajes, descubrimientos y aventuras y su imaginación se enriqueció con esas narraciones fantásticas que lo hacían viajar a ignoradas regiones: historias de navegantes, corsarios y piratas, islas desconocidas y aventuras en las selvas africanas o los desiertos de Arabia; hombres intrépidos que se aventuraban en las tundras del Yukón y luchaban contra los lobos en Alaska. Unos años después descubrió la sección de novelas policíacas y las devoró en pocos meses. Conforme se fue haciendo adolescente, su abuelo le empezó a dejar que leyera novelas y, curiosamente, el anciano era bastante liberal y no censuraba demasiado las lecturas de su nieto porque creía firmemente en la formación a través del arte y para él la literatura era el culmen de todas las artes, porque las abarcaba a todas. Así, siendo muy jovencito, José Andrés llegó a adquirir una gran cultura literaria que no era común en los adolescentes de aquella época en Managua que, aunque fuera la ciudad capital, no dejaba de seguir siendo, en buena parte, bastante pueblerina y provinciana.
Cuando José Andrés Grijalva cumplió dieciocho años, le pidió a su padre que le permitiera estudiar Letras en la Universidad de León, pero su padre se opuso. A pesar de todos los intentos de persuasión de Francisca de Paula, Desiderio no le concedió a su hijo seguir su vocación. Hubo una gran querella con la familia de la madre porque los Cardoza Torray eran personas cultas y habían alimentado siempre en el joven José Andrés esa vocación por los libros y por las letras. El joven le había pedido a su abuelo Cardoza que intercediera por él y el anciano así lo había hecho. Se presentó una tarde en la casa de su yerno y trató de convencerlo con buenos modos, primero, y luego con palabras fuertes, pero Desiderio Grijalva no cedió:
—No es oficio de hombres ese de dedicarse a escribir o leer historias. Yo quiero que mi hijo sea un hombre de veras, un hacendado como yo, así que no voy a aceptar nunca que desobedezca mis órdenes.
Fue la única batalla que Francisca de Paula no pudo ganar y lo sintió todo el resto de su vida, porque se daba cuenta que su hijo no iba a ser feliz. Desiderio le otorgó en vida a José Andrés la parte de la herencia que le tocaba y lo obligó a dedicarse al cuidado de dos de las haciendas que serían suyas, en cuanto alcanzara la mayoría de edad, por aquel entonces, los veintiún años. Él obedeció pero, como temía su madre, nunca fue feliz ni llegó a administrar debidamente sus propiedades, por lo que continuamente tenía dificultades con su padre. Y no dejó nunca de seguir leyendo porque la literatura, su gran pasión, seguía siendo para él una ventana abierta al conocimiento del mundo, de los seres humanos y de sí mismo.
19
—Desiderio Grijalva tenía buena amistad con Inocencio Largaespada por cuestiones de negocios que habían tenido en común y que les habían rendido a ambos muy buenos resultados. Admiraba a el Colocho porque era una persona cabal, un hombre íntegro, además de que con él se podía hablar de muchas cosas que con los otros hacendados estaban vedadas porque, aunque tenían mucho dinero, carecían de una cultura como la de Inocencio. Y en algo tan difícil de ponerse de acuerdo como era la política, ambos compartían las mismas opiniones. Así que con cierta frecuencia, le gustaba ir a visitarlo por las tardes y pasaban buenos momentos charlando en la sala de aquella enorme mansión que la familia Largaespada le había dado a Inocencio cuando su boda con Gervasia Lumbí Tinoco, a donde se había pasado a residir, dejando la ciudad de León por la recién fundada Managua, después de la muerte de su esposa, y donde vivía con su hija Timotea y toda una corte de sirvientes.
En una ocasión, estando de visita acompañado de su hijo José Andrés, salió a saludar a los visitantes la joven Timotea que acababa de regresar de uno de sus viajes a Europa. José Andrés quedó prendado de la personalidad de aquella morena apiñonada, con la cabeza llena de rizos, que se expresaba con toda desenvoltura y tuteaba a su padre delante de las visitas. Ella, por su parte, no fue insensible al encanto del joven, a la mirada tierna de sus ojos azules y a su larga melena rubia de bohemio de otra época que Desiderio, su padre, tanto detestaba. José Andrés no había viajado nunca fuera de Nicaragua, pero sus lecturas le habían proporcionado grandes conocimientos y una amplia cultura que la joven apreció inmediatamente.
Aquel joven rubio y sensible era muy inteligente y se distinguía con mucho por su conversación y su porte, de los jóvenes que ella frecuentaba en el medio de su padre, ambiente de agricultores y hacendados, muchos de ellos nouveaux riches, arribistas llenos de millones pero con escasa –por no decir nula– cultura literaria o artística, que ella había adquirido a lo largo de sus viajes por Europa.
Timotea amaba mucho a su padre Inocencio, que había sido para ella padre y madre, y no le habría gustado abandonarlo casándose en Europa y no regresando a Nicaragua. Amaba también a su tierra, le gustaba mucho su clima cálido y húmedo, la exuberancia de sus paisajes, sus lagos y sus volcanes, su cielo azul y sus noches estrelladas, sus dos océanos, sus costas y sus montañas. Sí, se casaría en Nicaragua y tendría su propia familia sin abandonar a su padre y a su patria. Estos pensamientos no estuvieron ausentes de su mente mientras escuchaba al joven Grijalva disertar sobre la poesía francesa o la música barroca italiana, sobre las recientes expediciones en el continente africano o el invento de la fotografía. La aparente timidez de José Andrés desaparecía ante el calor de la charla con aquella joven que lo miraba directamente a los ojos y le hablaba de tú.
Con el paso de las semanas, las visitas de los Grijalva a la casa de los Largaespada se hicieron más frecuentes. Ambos padres veían con buenos ojos aquella amistad de sus hijos. El compromiso matrimonial se anunció pronto. Timotea lució un ajuar traído directamente de París para la boda. Se
veía deslumbrante. Pero más que la ropa era la felicidad que la embargaba la que la hacía lucir bella. José Andrés no se cortó la melena rubia sino que la recogió atándola con un lazo a la manera de pony tail, como decía Timotea, y se había dejado un pequeño bigote rubio sobre los labios finos.
Fue otra boda que hizo época. Corría el mes de enero del año del Señor mil ochocientos ochenta y seis.
—Aquí está una foto de ellos dos –dijo Andrés y se la pasó a la abuela. Ella contempló un rato aquellos rostros radiantes en los que la felicidad parecía salírseles por los ojos y se expresaba en sus sonrisas.
—No sé por qué casi siempre el hombre tenía que retratarse sentado mientras la esposa lo hacía de pie –comentó devolviéndole la foto a su nieto. En aquella vieja fotografía se veía a los nuevos esposos Grijalva Largaespada en una pose característica de la época. José Andrés sentado, elegantemente vestido con una levita, con la pierna cruzada y los manos juntas en la rodilla, el porte erguido. Timotea de pie, con los cabellos colochos recogidos en un breve chongo, con su vestido amplio y largo, a un lado, con las dos manos en el respaldo de la silla. Un tapete en el piso, una cortina en el fondo y un macetón seguramente de utilería, completaban el decorado del estudio del fotógrafo que captó el momento, detuvo el tiempo e inmortalizó la juventud de aquellos bisabuelos.
Con el tiempo llegaron los hijos. El primogénito, José Andrés, como su padre, nació en diciembre de ese mismo año, 1886; después llegaron José María, Alfonso y Francisco, al que llamaban el Negro porque era muy moreno, por herencia genética de su abuelo Inocencio, tal vez; luego nacieron Adolfo, Ana Jacoba y Adela del Carmen. La casa de los Grijalva Largaespada se llenó de ruidos, de risas, de juegos y carreras. La fortuna de José Andrés le permitía tener todo un ejército de sirvientas y mozos para atender la casa y el pelotón de chiquillos. Timotea insistía en seguir viajando, aunque ahora sólo fuera a Cuba y Nueva Orleans. Viajaban juntos
cuando los niños podían quedarse ya a cargo de las nanas y José Andrés descubrió un poco de todo aquel mundo que sólo conocía por los libros. Hacían una pareja perfecta, jóvenes, guapos y cultos. Pero la tragedia los acechaba.
José Andrés, a pesar de todos sus esfuerzos, no lograba administrar adecuadamente sus haciendas y las demás propiedades que Timotea había aportado al matrimonio. Eran, además, años difíciles en los que empezaba a haber disturbios sociales de trabajadores y estudiantes que reclamaban mejor trato y mejor educación en un país en el que el analfabetismo asolaba a la mayoría de la población. José Andrés se sentía dividido entre su mente y su corazón. Por una parte, su corazón le decía que las peticiones de todos aquellos que luchaban por un nuevo orden social eran justas y que en buena parte tenían razón. Pero, por otra parte, su mente le ordenaba que debía mantener el estado de las cosas y que debía esforzarse por preservar el patrimonio de su familia, el producto del trabajo de sus antepasados, que sería también la herencia de sus hijos. Pero no lograba salvar de la ruina todo lo que había recibido, ni tampoco sabía cómo podía dejar de poseer lo que tenía, de manera que fuera realmente un bien para la gente de su pueblo. No bastaban las buenas intenciones ni la solución radicaba en un acto individual y solitario: si se daba un cambio, tenía que ser de todos de manera tal que cambiara todo el sistema social. Pero, ¿cómo? José Andrés se confesaba inútil para dar una solución justa y adecuada a todo aquello.
Poco a poco la fortuna de los Grijalva fue mermando. Para colmo, hubo una epidemia entre los animales y se perdieron miles de cabezas de ganado y casi todos los rebaños de ovejas. Para completar los malos tiempos, hubo un terremoto que desoló buena parte de las haciendas. José Andrés se sentía impotente ante aquella situación. Mal vendió una de las haciendas para poder restaurar al menos los males materiales causados por el terremoto. Las cuentas del banco disminuyeron notablemente y la crisis parecía prolongarse más allá de lo imaginado. Su suegro vino en su ayuda, pero no fue suficiente. Largos años de gastos desorbitados y de administraciones ineptas habían dañado gravemente el patrimonio de los Grijalva Largaespada.
En medio de todas las crisis y los problemas de sus haciendas, José Andrés se mantenía leyendo como si nada más le importara. A veces, Timotea pensaba que la lectura era en él una especie de escape ante los conflictos, no se explicaba de otro modo que su marido pudiera quedarse leyendo hasta altas horas de la madrugada cuando al día siguiente tenía que tomar algunas decisiones cruciales. Cuando él permanecía en la biblioteca leyendo una buena novela francesa o americana, el mundo exterior podía acabarse sin que él se inmutara. Cada vez, la situación económica de la familia era más aguda. Sin embargo, José Andrés y Timotea no cambiaron su estilo de vida. Seguían dando grandes fiestas y vistiendo a la última moda, si bien los viajes al extranjero se redujeron al mínimo. Apenas alguna que otra vez a La Habana. Los hijos iban creciendo, sanos y bellos.
20

ESTRELLA GUÍA LA BIBLIA * LOUISA PAYSON 1-8

  ESTRELLA GUÍA   LA BIBLIA: EL MENSAJE DE DIO S POR LOUISA PAYSON HOPKINS, AUTORA DE "LA HIJA DEL PASTOR", "HENRY LANGDO...