miércoles, 4 de octubre de 2017

LAS TARDES CON LA ABUELA-14

 Óscar Mayorga
LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS
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—Bien. Ya te he dicho que era muy joven cuando conocí a José Andrés Grijalva, acababa de cumplir dieciséis años; él iba a cumplir los treinta. Había llegado a nuestro pueblo, Cuilco, pocos años antes, procedente de la capital, donde era estudiante de medicina. Había nacido en Managua, Nicaragua en una familia de hacendados venida a menos, entre otras cosas, por haber perdido casi todas sus propiedades durante las revueltas sociales y por las expropiaciones que hizo el gobierno. En Guatemala, José Andrés se había mezclado en asuntos de política que sobrepasaron los límites de la universidad y su vida se vio amenazada porque se decía que había participado en un complot para asesinar al dictador que gobernaba en Guatemala. No podía regresar a Nicaragua porque no quería que su familia lo considerara un fracasado por no haber terminado la carrera de medicina. Era muy orgulloso. Se había refugiado en Cuilco, cerca de los límites con México, ayudado por unos compañeros de la universidad, originarios de Cuilco, porque allí estaba bastante lejos de la capital para que siguieran ocupándose de él y cerca de la frontera mexicana en caso de que necesitara escapar.
En Cuilco se había dedicado a la enseñanza. Era maestro de primaria y después empezó a dar clases en la escuela normal. Gustaba mucho de la música y había fundado una estudiantina con muchachos y muchachas del pueblo que llamó “Orfeón Largaespada”, que era su apellido materno. Además, daba clases particulares de guitarra y de inglés. Yo tenía una muy buena amiga, Albertina Briones. Ella se había enredado en amores con el maestro Grijalva, como todos lo llamaban y tuvo un hijo de él, José Raúl. Yo sabía todo por Albertina, quien confiaba en mí. Éramos buenas amigas. Invitada por ella, fui una tarde a los ensayos de la estudiantina. Lo que sucedió nunca me lo expliqué con la razón. Desde el primer momento en que lo vi, sentí que el corazón se me salió del pecho y se anidó en el suyo. Es cursi decirlo, pero fue un amor a primera vista. De su parte también. Yo olvidé lo que Albertina me había contado. Prácticamente era su mujer, vivían juntos y tenía un hijo suyo. Olvidé que era mi amiga. Olvidé que él era un extranjero, un desconocido, un hombre que me doblaba casi la edad. Lo olvidé todo y me enamoré perdidamente de él. Con el pretexto de que me iba a enseñar a tocar la mandolina, regresé varias otras tardes. Nos amamos
mucho. Pasaron los meses. Cuando descubrí que estaba encinta se lo comuniqué inmediatamente. El antiguo estudiante de medicina tenía ciencia suficiente para suspender aquel embarazo. Pero sin decirme nada me dio a beber un “reconstituyente”, según él, para fortalecerme porque estaba un poco anémica, menjurje que me provocó unas hemorragias espantosas. Mi madre se dio entonces cuenta de que yo estaba embarazada. Enfermé de gravedad, aquellas hemorragias me llevaron a las puertas de la muerte. Pero, gracias a Dios, nos salvamos los dos: el bebé y yo. Mis hermanos mayores, furiosos, tomaron cartas en el asunto. Cuando, después de un par de semanas me recuperé lo suficiente para dejar la cama,
José Domingo y Everardo, mis hermanos, fueron a buscar a José Andrés con pistola en mano y lo amenazaron de muerte si no lavaba el honor de la familia. Yo no había vuelto a verlo desde que me dio a beber aquel abortivo. No podía creer que por su culpa hubiésemos estado a punto de morir el bebé y yo. Aunque asustada, yo me había puesto feliz al saber que iba a ser madre, que iba a tener un hijo de aquel hombre a quien amaba tanto. En mi ingenuidad creí que él iba a ponerse feliz también. Mi amor por José Andrés me había hecho olvidar que él tenía compromisos, que vivía con Albertina, mi mejor amiga, y que tenía un hijo con ella. Mis hermanos le exigieron que se casara conmigo para que el bebé que venía en camino no fuera un bastardo. Recuerdo que José Domingo dijo aquella palabra, bastardo, que a mí me sonó horrible. Entonces sucedió algo que jamás hubiera imaginado. José Andrés se negó a casarse conmigo.
—La Pina ya no era virgen –dijo–, estaba más abierta que un zaguán.
—Yo no lo podía creer. Me puse a llorar con toda la pena, la desilusión, la tristeza y el dolor de sentirme defraudada por aquel a quien tanto amaba. ¿Cómo podía decir eso él, precisamente él, a quien yo había dado todo mi amor? Mis hermanos no dieron crédito a sus palabras y nos condujeron ese mismo día a Coatepeque, un pueblo de la costa, cerca de la frontera mexicana. Nos casó un juez que estaba cayéndose de borracho. No recuerdo qué más pasó durante el trayecto, pero José Andrés y yo no volvimos a hablar. Yo me sentía muy herida y después ya no quise verlo. Eso fue en los primeros días de enero de 1918.
De cuando en cuando nos llegaban ecos de la Gran Guerra europea que duraba ya varios años y que parecía a punto de terminar. El mundo estaba cambiando. Y mi mundo cambió completamente. De aquella adolescente alegre, un tanto frívola y llena de vida que era, me transformé en una mujer
que había entrado a la vida adulta por la puerta equivocada y que estaba pagando el precio por ello. Sí, todo aquel mundo de ensueño en el que había estado viviendo desde hacía cosa de un año, se transformó en un infierno. No sólo perdí al hombre que tanto había llegado a amar y en el que
había forjado tantos sueños, sino que sentía que mi vida estaba deshecha. Llorando, de rodillas, le pedí perdón a mi madre y le rogué por el alma de mi padre muerto que me apoyara ante mis hermanos. Ella hizo lo que pudo, pero eran José Domingo y Everardo los que mandaban en todo.
Nunca más volví a ver a José Andrés. Supe después que se había ido del pueblo. Mis hermanos me ordenaron que me quitara los zapatos y, descalza, como las sirvientas indígenas que trabajaban en la casa, me pusieron a trabajar en la cocina. Yo ya no era la niña bonita de la familia, sino una sirvienta más, que comía en la cocina, con las demás sirvientas, cuando todos habían terminado de comer, y que tenía que lavar, barrer y trapear, cosas que nunca antes había hecho. Cuando me faltaban unos dos meses para dar a luz, me enviaron a la hacienda de Zosí, donde nació mi bebé, tu papá, el 20 de mayo de 1918. Mi mamá estuvo conmigo todo el tiempo, no así María, mi única hermana, quien no me perdonó, hasta muchos años después. Yo había pasado todo el tiempo del embarazo muy mal. Desde el conato de aborto y todo lo que entonces sucedió, me quedó una depresión profunda. Ni siquiera el haber dado a luz a un hijo
me quitó aquella enorme tristeza. Mi madre se encargó del bebé. Ella lo llevó a bautizar y le puso por nombre GustavoAdolfo, en recuerdo del poeta Bécquer, que tanto le gustaba.
—Después de todo –dijo–, es una esperanza que Dios nos da con esta vida nueva que pone en nuestras manos. Es hijo del amor y tiene derecho a vivir. Yo me ocuparé de que no le falte nada.
Era el mes de mayo y los campos estaban cubiertos de flores silvestres. El cielo era más azul que nunca, aunque ya había empezado la temporada de lluvias. La vida bullía en todas partes pero yo me sentía muerta por dentro. En el espacio de pocos meses había envejecido aunque apenas tenía dieciocho años. La situación en la casa, con mis hermanos, se volvió insoportable. Aquellos que antes tanto me querían me trataban ahora peor que a una sirvienta. Me sentía despreciada, humillada por mi propia familia, como si estuviera apestada. Y, sobre todo, me sentía completamente sola, no tenía a nadie con quien hablar, con quien desahogarme, con quien compartir el inmenso dolor que llevaba dentro. Las que yo creía mis amigas, me dieron la espalda. Mi propia hermana, María, me dejó de hablar. Mi madre, antes una mujer fuerte, desde la muerte de mi padre se había encerrado en su dolor y abstraído de todo el mundo exterior, se había anulado y dependía en todo de mis hermanos mayores. No podía contar con ella. En el pueblo todos me señalaban. Me di cuenta que si quería sobrevivir
tenía que salir del pueblo y tratar de rehacer mi vida en otra parte. En Cuilco ya no tenía nada qué hacer. Sin embargo, todavía esperé unos cuantos meses antes de tomar la decisión definitiva de irme lejos. Como había terminado mis estudios en la escuela normal, pude conseguir una plaza de
maestra rural en una aldea cerca de la costa. Sólo me despedí de mi madre quien, llorando, me dio su bendición cuando llegó el momento de mi partida. Me dijo que ella cuidaría del niño; nos abrazamos llorando y, sin volver la vista atrás, me fui de la casa paterna. Atrás quedaba todo: mi niñez, mi adolescencia, mi familia, mi hijo, mi amor destruido, mi pasado…
Supe después que José Andrés había terminado sus relaciones con Albertina Briones cuando el escándalo de lo de mis hermanos, que todo el pueblo se enteró. Albertina dio a luz unos tres meses después de mi bebé a una niña a quien le pusieron por nombre Esmeralda, por cierto muy bella cuando creció. Ahora pienso que debimos haber hablado José Andrés y yo. Ambos dejamos que otras personas decidieran sobre nuestras vidas. Yo estaba muy herida por el intento de aborto que me provocó y por todo lo que dijo de mí a mis hermanos. Ante mis ojos fue un cobarde que no defendió nuestro amor. Nos faltó hablar a solas de todo lo que había pasado. Nos dejamos llevar por los demás y por la fuerza de los acontecimientos.
Es cierto que hay silencios elocuentes, pero también el silencio puede ser muy ambiguo y hasta equívoco. Hoy estoy convencida de que siempre vale más hablar, decir, expresar lo que uno piensa, lo que uno siente. Después de
todo la palabra es un atributo que sólo los seres humanos tenemos. Ninguna otra criatura en el mundo entero puede expresarse a través de la palabra. Ante un conflicto podemos, como los animales irracionales, atacar o huir, pero sólo los humanos podemos enfrentar el problema por medio de la palabra, hablando. Es lo único humano y humanizante como solución ante un conflicto. Ni agresión ni evasión, sino diálogo. Y una forma de evadirse es guardar silencio y deprimirse, como hice yo. Tal vez si tu abuelo y yo hubiéramos hablado nos hubiéramos explicado y lo hubiese perdonado, pero no se dio. O, al menos, no hubiera guardado ese inmenso resentimiento que me envenenó la vida durante años y que, en parte, me hizo volver a cometer casi el mismo error. A pesar de todo, yo lo seguía amando y hubiéramos podido intentar ser felices juntos, pero no fue así. Yo era muy tonta, a pesar de mi carácter rebelde, me dejé dominar por mis hermanos. No te imaginas cuánto me arrepentí después de no haber sido más valiente. Creo que, a veces, duele más arrepentirse de lo que se dejó de hacer que de lo que se hizo. Muchas veces pensé en esto, pero ya era tarde y yo sentía que mi vida estaba acabada.
—No supe, hasta muchos años después, que José Andrés me buscó, que trató de verme, pero el cerco que mis hermanos habían puesto y las amenazas que le habían hecho, no le permitieron acercarse a mí. Yo creo que tampoco lo intentó mucho. O tal vez sí, no lo sé. No sabes cuántas veces me atormentó la mente y el corazón pensar en todo esto, “en lo que pudo haber sido y no fue”, como decía una canción que escuché años más tarde. Desilusionado, tal vez, cruzó la frontera y se internó en tierras mexicanas. Llegó a la entonces Villa de San Francisco de Motozintla, donde al poco tiempo tuvo un lugar prominente en la sociedad conservadora del pueblo
como maestro de educación primaria y de música. También gozó del apoyo de la Logia Masónica de Motozintla que funcionaba muy bien. José Andrés, durante sus años universitarios en Guatemala, se había hecho masón y en Motozintla obtuvo el grado de Orador.
Era los principios de la década de los veinte y el mundo, salido de los años de la Gran Guerra europea y con la secuela de la epidemia de gripa conocida como la Influenza española que mató a centenares de personas también en aquellos pueblos perdidos de la Sierra Madre del Sur, cambiaba modas y
costumbres. Las mujeres no sólo habían abandonado los largos vestidos casi siempre de austeros colores obscuros, por las faldas a la rodilla de los llamados chemisses, sino que se habían cortado las trenzas y los largos cabellos y lucían la moda à la garçon que el pueblo jocosamente llamaba “las pelonas”. Todo hablaba de cambios. Incluso en aquel pueblo llamado
Motozintla, donde José Andrés intentaba construirse una nueva vida. Nunca volvió a Nicaragua, su tierra nativa, a pesar de las múltiples súplicas de su padre y sus hermanos y de todo el clan de los Grijalva Largaespada.
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Llegado a aquel punto del relato, Andrés se sentía como un intruso en la intimidad de una pareja. Es cierto que la abuela había accedido voluntariamente a contarle toda la historia de su abuelo, pero él no había imaginado que todo lo que acababa de saber hubiera sucedido entre ellos. Su admiración por su abuela creció mucho más, no sólo por todo lo que le estaba compartiendo sino por el valor que demostraba, por la forma lúcida, serena y realista con la que Pina reconocía y expresaba su verdad. “A las cosas hay que llamarlas por su nombre”, solía ella decirle desde que él era un niño, “es la única forma de exorcizar a los demonios, llamándolos por su nombre; nombrar es demostrar que se tiene poder y dominio sobre lo que se nombra”. Andrés estaba ahora aprendiendo que decir su propia verdad era una forma de enseñorearse del pasado y, por tanto, de liberarse de todo sentimiento de culpa por los errores cometidos. Pero había aún muchas cosas que él no comprendía de aquel drama de sus abuelos, así que, mientras se servía otra taza de café, preguntó:
— ¿Quién era, cómo era mi abuelo José Andrés, abuela? Cuéntame la historia de su familia, para poder entenderlo. Su personalidad me desconcierta…
—Tu abuelo era un hombre extraordinario –dijo la abuela Pina, entornando los ojos, llena el alma de recuerdos–. Nos amamos mucho –repitió–. Es cierto que yo era muy jovencita e inexperta y tu abuelo me deslumbró, me cautivó, me fascinó, como te he contado, desde la primera vez que lo vi, aquella vez que Albertina Briones me pidió que la acompañara al ensayo de la estudiantina que él tenía. Recuerdo que ella no podía quedarse durante todo el ensayo y tenía celos de otra de las muchachas que se le insinuaba a
José Andrés, y él se dejaba querer. “Cuidámelo”, me había dicho guiñándome un ojo cuando se iba. Quién habría imaginado decir todo lo que sucedería después.
—¿Cómo era tu abuelo? Era un hombre muy atractivo: alto, delgado, muy elegante, siempre impecablemente vestido, con el bigote rubio perfectamente recortado sobre unos labios que parecían estar siempre a punto de dar un beso.
Despertaba todas las pasiones del mundo entre aquellas jovencitas que éramos todas. Como te dije ya, él tenía casi treinta años y era todo un hombre, de una gran personalidad. Ofreció enseñarme a tocar la mandolina, que él tocaba como un maestro. Recuerdo cómo la tomaba entre sus brazos, como si la acariciara, y cómo sus manos de dedos largos y elegantes
pulsaban las cuerdas produciendo una música que yo nunca antes había escuchado. Mientras me miraba directamente a los ojos, puso la mandolina en mis manos y pasó sus brazos por detrás de mi cuerpo enseñándome cómo poner los dedos sobre las cuerdas y cómo pulsarlas. Yo estaba totalmente en sus brazos, sentía su cuerpo cálido pegado al mío y su aliento en mi cuello, a la vez que me envolvía el aroma discreto de la loción que usaba; experimentaba calor y frío al mismo tiempo, casi estaba temblando, era una sensación que jamás imaginé que pudiera existir: me sentí intensamente atraída por él, deseé que aquellos momentos no terminaran nunca. Él se dio muy bien cuenta de todo lo que había despertado en mí, aquella jovencita inexperta que era yo entonces y supo manejar la situación. Creo que él también se sintió atraído por mí. Al menos, mi presencia lo excitaba, de eso me di bien cuenta, no era yo tan ingenua, a pesar de todo. Cuando, después de un rato me despedí, me invitó a que regresara al día
siguiente. Volví todas las tardes y me enamoré perdidamente de él. Todo lo que pasó después no te lo puedo contar, ni yo misma me lo puedo explicar. Nunca imaginé que el amor fuera así. Yo me sentía como fuera del mundo.
Todo me parecía bello y ligero. El poco trabajo que hacía en casa no me pesaba, mis cursos en la escuela normal donde estudiaba y donde él empezó también a dar clases, me parecían cosas de niños. Por las noches, cuando hacía mucho calor, íbamos a bañarnos al río San Pedro. Hay en Cuilco dos ríos, uno que baja de la montaña y se llama río Cuilco, y es muy
frío, y otro que recorre todo el valle rumbo a la costa, el río San Pedro, cuyas aguas son tibias. Debajo de la cascada donde se forma la laguna Encantada, nos bañábamos desnudos en las noches de luna llena. Después de nadar un poco nos acostábamos sobre las grandes piedras del río y contemplábamos la luna, enorme, en lo alto del cielo. Tu abuelo era un hombre muy bello, todo su cuerpo parecía estar en armonía completa. Sus manos me enloquecían cuando me acariciaba, eran unas manos elegantes, finas y expertas en el arte del amor. Un vello muy rubio cubría su pecho y a mí me gustaba alborotar con mis manos sus cabellos y enredarlos en mis dedos mientras nos secábamos en aquellas piedras que guardaban el calor del día y mantenían el calor de nuestros cuerpos. Pero no creas que todo era sexual. Nos amábamos con todo el ser, con el alma, con la mente, con el corazón. Él me contaba muchas cosas de su familia, de su patria, de sus paisajes; del lago Xolotlán llamado también Managua, en cuyas orillas se fundó en 1852 la nueva capital, Managua; del otro lago, el gran lago Nicaragua donde hay tiburones de agua dulce y que tiene más de cuatrocientas islas; del volcán Masaya que sigue estando activo, de los ríos y los lagos, de las montañas y los valles; de la Catedral de León donde está sepultado el más grande poeta de la lengua española, Rubén Darío; de la señorial ciudad de Granada, tierra de conservadores; del calor de Managua; de las Segovias; del Puerto de Corinto, de Augusto César Sandino, a quien él tanto admiraba; de Bluefields, en la costa del Atlántico, donde viven los indios misquitos…
Fue así como llegué a conocer la historia de toda su familia, los Grijalva Largaespada. El primero de quien me habló fue de su abuelo materno, Inocencio Largaespada, llamado el Colocho. Déjame que mañana empiece la historia con él.
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Andrés no dejó de visitar a la abuela una sola de todas las tardes de sus vacaciones. Aunque el resto de la familia lo invitaban frecuentemente a tomar café, según la costumbre chiapaneca del café con pan a las cinco de la tarde, aquellas tardes con la abuela eran para él sagradas. Seguía maravillándose de la lucidez de la anciana y de su extraordinaria memoria. Hablaba de nombres, fechas y lugares como si tuviera frente a ella un texto con todos los datos. Era Andrés el que, por las noches, tomaba notas y hacía resúmenes de todo cuanto la abuela le había contado. Aquel regalo de
cumpleaños seguía siendo efectivo y había sido el mejor presente que jamás hubiera imaginado recibir.
Al día siguiente, cuando Andrés llegó a la Casa de las Bugambilias la abuela Pina lo esperaba, como siempre, fumando en una de aquellas mecedoras de mimbre en el fresco corredor lleno de macetas con geranios y helechos que
colgaban del techo. Parecía haber recuperado completamente la salud y el ánimo de siempre. Él llevaba consigo una colección de fotos de los Grijalva que la familia conservaba en su casa. Ahora que la abuela iba a hablarle de la familia del abuelo José Andrés, quiso tenerlas a la mano para verlas conforme ella fuera mencionando a los Grijalva. Andrés notó que Pina se había puesto el collar de perlas y los aretes que hacían juego, lo que únicamente hacía el día de su cumpleaños y en ocasiones muy especiales como Pascua o Navidad.
—Para mí, que estés conmigo es siempre un día de fiesta –le dijo cuando él le mencionó las perlas–. No sabes cuánto disfruto con tu presencia, por todo lo que eres para mí, mi primer nieto, el consentido. Y, también, permite que
te haga esta confesión, por todo lo que para mí significas: eres la sangre de tu padre, mi amado hijo que el Señor nos arrebató cuando iba a cumplir veintiocho años, mi hijo primogénito, fruto del amor con el hombre que más amé en toda mi vida. Y, por tanto, eres sangre de él, de José Andrés. No sabes cuánto te pareces a él, mucho más que a tu propio padre. Es como si sesenta años después volviera a estar hablando con él. –Tomó del paquete que Andrés había llevado, una fotografía color sepia del abuelo José Andrés que lo había captado con su porte elegante, vestido de traje y corbata, con una flor en el ojal y un ligero bastón en las manos. Los cabellos rizados perfectamente peinados, con raya de lado. Los ojos entrecerrados como en una sonrisa reprimida y la boca de labios sensuales sobre los que lucía un bigote rubio. La abuela contempló un rato largo aquella imagen y los ojos se le llenaron de lágrimas pero se recuperó inmediatamente y, sin permitir que Andrés dijera algo, se aclaró la voz e inició el relato de aquella tarde.
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Inocencio Largaespada nació en León de Nicaragua en 1841 y a todas luces tenía en sus venas sangre negra. Su cuerpo y las facciones de su rostro eran de un mulato, si bien la piel no fuese tan obscura. Alto, fuerte, moreno, de
cabellos rizados, de donde le venía el apodo de el Colocho, Inocencio, se decía en secretos de familia, era producto de los amores de una bella criolla y un esclavo negro de la hacienda de los Largaespada. Tu abuelo me confió que en la familia de su madre se contaba que aquel esclavo había sido un negro muy bello e inteligente que había logrado obtener su libertad por haber salvado en una ocasión la vida de sus amos durante un asalto que habían sufrido cuando iban en una diligencia de León a Granada. Había seguido viviendo y trabajando en la hacienda aun siendo un hombre libre y
había sido entonces cuando la hija menor de los Largaespada se había enamorado de él y tuvieron amores. Cuando los patrones descubrieron que la joven estaba embarazada, decidieron que el negro debía morir y lo hicieron ahorcar, pero aceptaron al niño que nació poco después. Este pequeño mulato, que recibió el nombre de los Largaespada y fue educado como un hijo legítimo. A pesar del paso de las generaciones, el Colocho seguía mostrando en la familia los rasgos de aquel antepasado negro que pagó con su vida el atrevimiento de enamorarse de la hija de sus amos blancos. Pero la herencia genética no se manifestaba solamente en lo físico, sino sobre todo en lo espiritual. Aunque Inocencio a veces sonreía mostrando unos dientes blancos, perfectos, generalmente tenía un carácter melancólico, casi taciturno, como si fuera un extranjero lejos de su patria que estuviera añorando volver al pasado y vivir aquella vida que le bullía en la sangre y que parecía hablarle desde las profundidades de su espíritu. A menudo se le encontraba en las orillas del lago, oteando el horizonte, como adivinando más allá del agua y de la tierra, el vasto océano, del otro lado del
cual estaba África, la tierra de los suyos, y se pasaba tardes enteras con la mirada perdida en la lejanía como buscando Angola, el país de sus antepasados negros.
Quizá por su apariencia física de mulato o por ser hijo único –dos hermanos suyos habían muerto de pequeños durante una epidemia y otro más en un accidente a la edad de quince años–, Inocencio era un ser solitario que parecía rehuir el trato con los demás. No había querido seguir estudiando sino que había asumido desde muy joven todo el trabajo de las dos haciendas de la familia Largaespada. Era un muchacho muy inteligente y resultó muy hábil para los negocios y bajo su administración los asuntos de la familia prosperaron aún más. Pero había en torno a Inocencio una especie de aura invisible que lo hacía muy distinto de los demás muchachos. Algo en él lo separaba de todos, era una actitud como de lejanía, como de repliegue en sí mismo que excluía a cuantos lo rodeaban. A la vez que parecía estar esperando siempre algo o a alguien. Como si hubiera sido arrancado de su propia tierra y conducido al exilio, parecía estar añorando siempre ese mundo perdido, lejano y distante; él mismo se sentía diferente de los demás muchachos de su entorno y se comportaba como un extranjero entre ellos.
Y, a menudo, se apartaba de todos; sobre todo cuando estaba en alguna de las haciendas, se iba durante días al monte, “en excursión”, decía, pero era una especie de retiro o huida de todos los demás. A veces permanecía largas horas sentado en una roca en la orilla de un río, extasiado viendo correr el agua. Sin embargo, tal vez por eso mismo, era un hombre de una personalidad fascinante. Irradiaba un atractivo que no dejaba de deberse sin duda al carácter exótico de ser mulato. Sus ojos negros parecían mirar siempre más allá de la superficie de las cosas y, sobre todo, de las personas. Y esto, a la vez que era atractivo, a mucha gente la ponía incómoda y reducía al mínimo el trato con él.
—Inocencio leía mucho y gracias a eso fue, con el tiempo, adquiriendo una vasta cultura. Le atraía mucho todo lo referente al continente africano. Devoraba ávidamente todo lo que se refiriera a relatos de viajes, descubrimientos de parte de los exploradores, todo lo que hablara de aquellas culturas tan lejanas y, para él, a la vez tan cercanas. África le parecía en el mapa que tenía la forma de un corazón. “Tal vez por eso me atrae tanto”, pensaba. Y le dolía en el alma todo lo que llegaba a saber del tráfico de esclavos que, aun entonces, se seguía teniendo. Sabía, por ejemplo, que en Haití, Cuba, Colombia y México, ya no digamos en Brasil, se seguían comprando clandestinamente esclavos negros procedentes, sobre todo, de Angola y del Congo. Sin contar el tráfico que los árabes seguían teniendo, especialmente en la zona africana del mar Índico, donde los cargamentos de esclavos negros desolaban poblaciones enteras de los pueblos de la costa, sobre todo en Tanganica y Mozambique.
Cuando llegó el tiempo de fundar una familia y de tener descendencia, el Colocho empezó a frecuentar las fiestas de León, donde la familia tenía una enorme casa cerca del Templo de la Merced. Inocencio era muy elegante y vestía con buen gusto, como correspondía a su clase social. Cuando llegaba a una fiesta las muchachas casaderas de la ciudad se alebrestaban todas “como las gallinas en un gallinero ante la presencia del gallo”, decía la madre de Inocencio, porque él era, a todas vistas, un excelente partido.
En una de esas fiestas, Inocencio conoció a Gervasia Lumbí Tinoco, una jovencita que pertenecía a la pequeña comunidad sefardita de la ciudad, descendientes de aquellos judíos expulsados de España en el siglo XVI. Gervasia era muy blanca, de cabellos obscuros y grandes ojos de pestañas largas y rizadas, sombreados por unas ojeras muy marcadas que los hacían parecer aún más grandes. Lo único que desentonaba un poco en su rostro perfecto era la nariz, tal vez un poquito grande para aquellos rasgos delicados y finos de Gervasia. Desde que la vio el Colocho se sintió atraído por aquella joven de rara belleza, muy distinta de todas las demás muchachas de León. Bailó toda la noche con ella y durante todas las noches de la semana siguiente le llevó serenata. Gervasia lo había cautivado: le encantaba aquella muchacha delicada que despertaba sentimientos extraños en él, hasta entonces nunca experimentados. Le atraía mucho físicamente pero era algo más que eso, había en ella una especie de desamparo, una aparente fragilidad que hacía que Inocencio se sintiera llamado a protegerla. Llegó a enamorarse de Gervasia y su amor fue, a lo largo de los meses que siguieron, una curiosa mezcla de pasión y de ternura.
La joven se enamoró también de Inocencio, le gustaba mucho aquel joven moreno y elegante que parecía ser portador de un secreto, que vivía como envuelto en todo un misterio que a ella le gustaría poder descifrar, además de que era amabilísimo y atento con ella, con un trato refinado que no se encontraba en los demás muchachos de León. Definitivamente, Inocencio Largaespada era toda una personalidad y Gervasia no lo pensó mucho para aceptarlo como novio cuando él le declaró su amor. Pero para hablar de matrimonio había que abordar la cuestión del origen de la familia de Gervasia.
Aunque los Lumbí Tinoco frecuentaban la iglesia y bautizaban a sus hijos, era bien sabido que no se casaban fuera de la comunidad sefardita del país y algunos de ellos se habían casado en el extranjero, siempre con miembros de sangre judía. Se decía que, como muchos de los sefarditas conversos, seguían practicando sus ritos religiosos, por ejemplo el Sabbat, y no comían jamás carne de puerco. La familia Largaespada era de ideas liberales y no precisamente muy religiosa, pero en la Nicaragua del siglo XIX, incluso en la ciudad de León, era impensable que un heredero de la alta burguesía no se casara por la iglesia. Todo era por cuestiones sociales. La familia Lumbí Tinoco vio con buenos ojos aquel romance porque le permitiría emparentar con una de las familias más ricas del país, los Largaespada, y no puso demasiada oposición a que la boda se realizara por la iglesia. El obispo de León pidió que Gervasia hiciera una confesión pública de su fe en la Santa iglesia, católica, apostólica y romana antes de unirse en sagrado matrimonio con Inocencio Largaespada. Y así fue.
La boda fue espléndida. Muchos meses y años después se seguía hablando de ella. Los novios lucieron bellísimos durante la ceremonia y la fiesta que siguió después duró tres días y tres noches. Inocencio, alto, elegante, con una blanca sonrisa enmarcada por sus ojos negros, su piel morena, su cabello rizado y sus largas patillas, iba vestido con un traje de lino blanco y una corbata roja. Gervasia, pálida, blanca, delicada, con la larga cabellera negra sobre sus hombros delgados, delicados, vestida toda de blanco, con un velo cubriéndole el rostro, llegó a la Catedral en una calesa acompañada solamente por su padre. Inocencio la esperaba a la puerta y la recibió con un beso en ambas mejillas. Hacían una bonita pareja. Todo auspiciaba una felicidad eterna.
—Debe haber alguna foto de ellos entre todo el paquete que trajiste –le dijo a Andrés la abuela Pina. Buscó con sus manos delicadas entre las fotos hasta que encontró la que buscaba–. Aquí está, mira qué guapos se ven los dos.
Andrés contempló aquella vieja fotografía, color sepia como casi todas las demás. No era del día de la boda pero ambos lucían muy jóvenes. Él tenía facciones notablemente negroides, de labios gruesos y nariz ancha, la piel obscura, el cabello muy rizado y las patillas largas. La mirada un tanto melancólica y el porte distinguido. Ella, junto a él, parecía aún más blanca de lo que seguramente era. Llevaba un vestido largo de gasa de colores claros, con muchos volantes. Los cabellos obscuros recogidos en un chongo del que se desprendían algunos bucles que enmarcaban un rostro más bien serio. “Parecen muy jóvenes e inexpertos”, pensó Andrés.
Durante los meses que siguieron a la boda Inocencio creyó vivir en el cielo. Amaba con toda el alma a Gervasia y descubrió en sí mismo una gran capacidad de ternura, algo nuevo, que nunca creyó que pudiera tener. Sus labios y sus grandes manos morenas, de largos dedos, acariciaban y besaban a aquella joven de piel blanca y suave como si se tratara de un objeto religioso, con cuidado, con delicadeza, con ternura. La besaba y tocaba como si ella fuera de cristal y se pudiera romper. Aquel gigante mulato, todo pasión, se transformaba en un tierno amante que transportaba a su joven esposa al séptimo cielo cada vez que hacían el amor. Además se llevaban muy bien en la vida cotidiana, pasaban tardes enteras platicando, compartiendo sus secretos como si siguieran siendo novios. Por primera vez en su vida Inocencio se abrió ante una persona; le confió sus dudas y sus tristezas, sus esperanzas y sus alegrías: todo. Llegó a confiarse plenamente en aquella que había llegado a ser el centro de su existencia y ella no lo defraudó. Gervasia supo escuchar y recibir todo lo que él le contó de sí mismo, lo guardó todo en su corazón y todo hizo que el amor de ambos creciera todavía más. La vida les sonreía y eran muy felices. Las dos familias daban gracias a Dios porque, además, con aquella boda, el patrimonio de ambas partes no sólo había aumentado sino que estaba protegido y, sobre todo, porque Inocencio y Gervasia eran, a los ojos de todos, los esposos más felices del mundo.
—A los pocos meses de la boda Gervasia descubrió que estaba encinta. Inocencio la colmó de regalos y le impidió todo esfuerzo físico. Pero la palidez de Gervasia aumentó con los meses y el embarazo fue difícil. Consultaron a los mejores médicos que había y gracias a ello y al reposo completo al que la sometieron durante meses, el bebé pudo salvarse. Dio a luz prematuramente a una bellísima niña morena clara, de ojos grandes y la cabecita llena de rizos negros: La Colochita, la llamaron desde el primer día. Pero Gervasia no se repuso del parto, tenía el corazón débil, y pocos días después murió. Era un día sábado. Inocencio no se había despegado de su lecho casi para nada y tenía sus manos entre las suyas en un vano intento de transmitirle fuerza, vida. Se sentía completamente impotente ante el ataque de la muerte que, poco a poco, perceptiblemente, se estaba llevando la vida de su amada. En un momento de su agonía Gervasia había recuperado la lucidez y se había dirigido a él con un suspiro de voz:
—Inocencio, amor mío, gracias por todo lo feliz que me has hecho en estos breves meses de vida juntos. Que el Señor te bendiga. Voy a morir pero sabe que mi corazón se queda contigo y yo me llevo el tuyo. Has sido mi único amor. Cuida mucho a nuestra hijita. Gracias por todo, querido…
A continuación le había pedido que encendiera una Menorah, la lámpara de siete brazos de los hebreos, que ella guardaba en el ropero y cuando él así lo había hecho, ella se había puesto a orar en hebreo:
—Shema, Israel, Adonay Eloheinu, Adonay Ehad –había repetido, cada vez con voz más débil, hasta que expiró.
Inocencio creyó enloquecer. Lloró durante todo un mes y no dejaba de ir al cementerio todos los días. Volvió a ser el joven taciturno y melancólico de antes, volvió a encerrarse en sí mismo y no dejaba que nadie se acercara a su dolor. Hasta que una tarde, la nodriza de la niña, una mulata inteligente y sensible de senos frondosos y amplias caderas, le dijo abruptamente que, aunque mucho le doliera la muerte de su esposa, no se olvidara que tenía una hija y que la pequeña tenía necesidad de él. Se acordó entonces Inocencio de la recomendación que Gervasia le había hecho en su lecho de muerte. Las palabras de la mulata, una mujer del pueblo, con toda la sabiduría de su raza, le habían como abofeteado el rostro del alma. Fue como si volviera a la vida. Desde el fondo de su dolor fue emergiendo una esperanza gracias a aquella pequeña criatura, débil e indefensa, que lo llamaba de nuevo a la luz. La Colochita vino a ser su único motivo para seguir viviendo. Todo el amor que había nacido en él gracias a Gervasia y que le dolía en el corazón desde la muerte de su esposa, lo dedicaría ahora a su hija. De no haber sido por la pequeña Inocencio habría muerto, seguramente se habría matado. Decidió vivir completamente para ella y en el secreto de su corazón, una tarde ante la tumba de su esposa, hizo un voto de no volver a casarse nunca.
La pequeña, a la que bautizaron como Timotea, creció con todo el amor de su padre que nunca volvió a casarse y que fue fiel hasta su muerte al recuerdo de Gervasia. Timotea, la Colocha, fue una niña feliz que no pareció añorar el amor de una madre. Desde pequeña dio señales de gran sensibilidad y de una inteligencia fuera de lo común. Su padre, rico y poderoso, le buscó los mejores maestros y la niña aprendió desde muy chica a tocar el piano, la mandolina y la guitarra. Tenía también talento para las lenguas y aprendió francés, inglés y alemán, casi tan bien como el español. Su padre la enviaba a pasar vacaciones todos los años a Europa, con la rama Largaespada que vivía en España. La joven Timotea recorrió casi todos los países del viejo continente y viajó en una ocasión hasta San Petersburgo porque quería conocer el Palacio de los Zares. Aunque no era una belleza excepcional, su elegancia y sobre todo su inteligencia, suplían con creces lo que físicamente le hiciera falta. En todas partes donde se presentaba, llamaba la atención y causaba sensación aquella joven esbelta y elegante, inteligente y culta que miraba siempre de frente y estrechaba la mano con decisión cada vez que era presentada en los círculos sociales de la alta burguesía europea. Su físico atraía las miradas de todos porque no se sabía, de entrada, de dónde era. Su piel morena clara y sus cabellos ensortijados le daban ligeramente una apariencia andaluza, pero el acento con el que hablaba el castellano denotaba inmediatamente que no era española. El manejo perfecto de otras lenguas y, sobre todo, el contenido de su conversación hacían pensar en la heredera de una familia noble o en una hija de diplomáticos. La gente casi no daba crédito cuando, finalmente, se sabía que era de un pequeño país de América Central, llamado Nicaragua.
—Una profesora de italiano que tuve en Siena me dijo una vez que cuando se mezclan sangres de grupos étnicos distintos, los mejores genes de cada grupo son los que dan lugar a personas cada vez mejores desde el punto de vista genético. El hecho que la bisabuela Timotea haya sido hija de un mulato y de una judía, además de tener sangre española e indígena seguramente en sus venas, hizo de ella una persona fuera de lo común. Y si además, tuvo la oportunidad de una educación esmerada y de adquirir una cultura amplia, no cabe duda que debió ser una mujer extraordinaria –dijo Andrés.
—Sin duda, de ella le venía a tu abuelo José Andrés Grijalva, el primogénito de Timotea, la vocación musical y el espíritu un tanto aventurero. Pero de eso te hablaré después
–dijo la abuela Pina Maldonado mientras servía a su nieto un poco más de café humeante y oloroso, recién colado, que una de las sirvientas acababa de llevar.
18
Andrés estaba feliz. Conforme avanzaba el relato de la abuela, sentía que iba penetrando cada vez más en los secretos de la familia pero, sobre todo, iba descubriendo aspectos que no le eran desconocidos porque eran parte de él mismo. Era como ir identificándose en cada uno de los antepasados.
Ya desde que la abuela le había contado la historia de los Maldonado Fernández él había percibido esto, pero lo sentía mucho más fuerte ahora que se trataba de la línea de su padre. Si en las fotografías era posible descubrir parecidos físicos, facciones, gestos, expresiones, ahora que iba conociendo un poco de su historia, era capaz de comprender algunas de sus propias actitudes que, tal vez, eran hijas también de sus antepasados y todo lo que ellos vivieron.
—Y los Grijalva, abuela, ¿de dónde vienen? ¿De dónde venimos? –preguntó Andrés, mientras mojaba en la taza de café una de aquellas galletas de almendras que tanto le gustaban, aun sabiendo que a Pina no le agradaba que “sopeara” dentro del café. “Eso sólo, a veces, con el chocolate”, decía.
—El abuelo paterno de tu abuelo José Andrés, se llamaba
Desiderio Grijalva. Nació en 1829 en León de Nicaragua y procedía de una familia española, castellana, de Valladolid, de una comarca llamada Grijalva de Campos, que en el siglo XVII había emigrado a Cuba primero y después se había trasladado a Nicaragua. Con los años y el trabajo arduo y, sin duda, muchas injusticias que en aquellos años eran normales respecto a la explotación de los peones, verdaderos esclavos de los hacendados, los Grijalva llegaron a ser muy ricos y dueños de vidas y haciendas en la región de León. Cuando Desiderio nació, su familia llevaba más de doscientos años
viviendo en Nicaragua y eran ya “nicas” por los cuatro costados y, aunque muchos de ellos conservaban rasgos castellanos, a lo largo de los años, los Grijalva se habían mezclado con algunos indios nicaraos y ya ninguno de ellos reclamaba un pasado peninsular; al contrario, se sentían muy orgullosos de ser nicaragüenses y se preciaban siempre de ello.
Desiderio parece que se llamó así porque tardó años en llegar y sus padres lo esperaban con ansiedad. Era su deseo, su Desiderio. Tal vez por haber sido un hijo tan deseado, tan esperado, porque fue el primogénito y porque durante cinco años fue hijo único, hasta que nacieron sus hermanas, unas gemelas encantadoras que completaron la familia, Desiderio fue un niño consentido y sobreprotegido que desde muy chico se mostró bastante caprichoso, egoísta e inseguro. Desde que nació, sus padres le cumplieron siempre todos sus gustos y caprichos y el hijo fue creciendo como un pequeño tirano. El nacimiento de las gemelas equilibró un poco el mimo exagerado de los padres por el pequeño Desiderio, pero aquellos rasgos impresos desde muy temprano fueron parte integrante de su carácter y desu personalidad a lo largo de toda su vida.
Los padres de Desiderio pertenecían a una familia de ideas liberales, como en general lo era la gente de León, la cual rivalizaba políticamente con la elegante y señorial ciudad de Granada, donde los habitantes eran en su mayoría conservadores. A tanto llegaba la rivalidad entre León y Granada que el gobierno decidió que la capital de la República sería una tercera ciudad, nueva, que pudiera conjugar las diferencias y los intereses de todos los nicaragüenses. Se pensó así fundar la ciudad de Managua, que hasta entonces era apenas una pequeña aldea de pescadores en las orillas del Lago Managua. Las principales familias tanto de León como de Granada decidieron mudar su residencia a la nueva ciudad y firmaron el acta de fundación de Managua. Entre esos fundadores estuvieron los padres de Desiderio y él mismo que, aunque tenía sólo veintitrés años y aún era soltero, firmó también el Acta de la Fundación oficial de la nueva Capital. Eso fue en 1852.
Al año siguiente de la fundación de Managua, Desiderio Grijalva se casó con Francisca de Paula Cardoza Torray, una morena muy guapa de sólo veinte años de edad, hija también de una familia de hacendados, por lo que las propiedades de ambas partes, como solía ser en ese tipo de matrimonios, no sólo iban a estar salvaguardadas sino que aumentaron y crecieron mucho más. De los Cardoza Torray se tienen pocos datos, tu abuelo apenas me contó que eran muy cultivados y parecían proceder de una familia de abolengo. La biblioteca que tenían en la hacienda principal era una de las más grandes de la Nicaragua de entonces. Francisca de Paula era una mujer segura de sí misma que había sido educada por padres inteligentes y liberales que hicieron de ella una persona capaz de tomar por sí sola decisiones importantes cuando era necesario hacerlo, sin importarle mucho lo que los demás pensaran de ella. Durante el breve tiempo de noviazgo entre Francisca de Paula y Desiderio, los jóvenes no llegaron a conocerse realmente como eran y, una vez casados, el carácter de cada uno empezó a manifestarse y llegaron a tener algunos problemas de convivencia que pusieron en peligro su estabilidad conyugal.
La inseguridad fundamental de Desiderio hacía que muchas veces tratara de imponer su decisión en forma despótica, sin escuchar motivos ni mediar razones. Y esto a Francisca de Paula la ponía furiosa porque, le decía, era una gran injusticia para con los demás. Los jóvenes esposos discutían  mucho en privado aunque delante de la familia y de la sociedad fueran una pareja bien avenida. Ella se daba cuenta que su marido era, como diríamos hoy, bastante neurótico, por eso actuaba de esa manera un tanto violenta, más por inseguridad que por malicia, pero eso era algo de lo que no se podía hablar. Sin embargo, como ella era intuitiva e inteligente, poco a poco fue sabiendo controlar y manejar las situaciones difíciles de su matrimonio. Llegó a conocer muy bien a su marido y a darse cuenta de lo que a él le hacía falta, así que ideó una forma de manejar las situaciones para bien de todos. Es decir, que todo se hiciera según su propio criterio.
Llegó a ser para Desiderio la seguridad que él no tenía y, sin darse cuenta, él fue haciendo todo aquello que su mujer quería, aunque aparentemente fuera él quien tomara las decisiones. Esto hizo que las cosas entre ellos funcionaran bien y que Desiderio empezara a ganar la confianza de los demás gracias a la nueva conducta que fue adquiriendo. Esta extraña combinación de la pareja dio como resultado, con el tiempo, un matrimonio y después una familia, que la gente llegó a tener como modelo en muchos aspectos.
—Desgraciadamente, de Desiderio y Francisca de Paula no tenemos ninguna fotografía –dijo Andrés, que había tenido el cuidado de ordenar todo aquel paquete de fotos de la familia de su abuelo José Andrés y las había puesto todas en un álbum. La abuela Pina continuó después de una pausa en la que encendió un nuevo cigarrillo:
—Iban a cumplir dos años de casados cuando nació el primogénito, a quien bautizaron como José Andrés y que garantizaba la continuidad de la casta de los Grijalva. El pequeño José Andrés era un niño muy rubio de ojos azules y complexión delicada. No le gustaba la vida de las haciendas y prefería
encerrarse en su cuarto a leer libros, sacados muchas veces a escondidas de la biblioteca de su abuelo materno, a cuya casa le gustaba ir a menudo con su nana, una mulata vieja, que lo mimaba todo el tiempo. Había empezado leyendo libros de cuentos de diferentes partes del mundo. El abuelo Cardoza tenía colecciones enteras de cuentos árabes, chinos, hindúes, etcétera. Después leyó la serie de relatos de viajes, descubrimientos y aventuras y su imaginación se enriqueció con esas narraciones fantásticas que lo hacían viajar a ignoradas regiones: historias de navegantes, corsarios y piratas, islas desconocidas y aventuras en las selvas africanas o los desiertos de Arabia; hombres intrépidos que se aventuraban en las tundras del Yukón y luchaban contra los lobos en Alaska. Unos años después descubrió la sección de novelas policíacas y las devoró en pocos meses. Conforme se fue haciendo adolescente, su abuelo le empezó a dejar que leyera novelas y, curiosamente, el anciano era bastante liberal y no censuraba demasiado las lecturas de su nieto porque creía firmemente en la formación a través del arte y para él la literatura era el culmen de todas las artes, porque las abarcaba a todas. Así, siendo muy jovencito, José Andrés llegó a adquirir una gran cultura literaria que no era común en los adolescentes de aquella época en Managua que, aunque fuera la ciudad capital, no dejaba de seguir siendo, en buena parte, bastante pueblerina y provinciana.
Cuando José Andrés Grijalva cumplió dieciocho años, le pidió a su padre que le permitiera estudiar Letras en la Universidad de León, pero su padre se opuso. A pesar de todos los intentos de persuasión de Francisca de Paula, Desiderio no le concedió a su hijo seguir su vocación. Hubo una gran querella con la familia de la madre porque los Cardoza Torray eran personas cultas y habían alimentado siempre en el joven José Andrés esa vocación por los libros y por las letras. El joven le había pedido a su abuelo Cardoza que intercediera por él y el anciano así lo había hecho. Se presentó una tarde en la casa de su yerno y trató de convencerlo con buenos modos, primero, y luego con palabras fuertes, pero Desiderio Grijalva no cedió:
—No es oficio de hombres ese de dedicarse a escribir o leer historias. Yo quiero que mi hijo sea un hombre de veras, un hacendado como yo, así que no voy a aceptar nunca que desobedezca mis órdenes.
Fue la única batalla que Francisca de Paula no pudo ganar y lo sintió todo el resto de su vida, porque se daba cuenta que su hijo no iba a ser feliz. Desiderio le otorgó en vida a José Andrés la parte de la herencia que le tocaba y lo obligó a dedicarse al cuidado de dos de las haciendas que serían suyas, en cuanto alcanzara la mayoría de edad, por aquel entonces, los veintiún años. Él obedeció pero, como temía su madre, nunca fue feliz ni llegó a administrar debidamente sus propiedades, por lo que continuamente tenía dificultades con su padre. Y no dejó nunca de seguir leyendo porque la literatura, su gran pasión, seguía siendo para él una ventana abierta al conocimiento del mundo, de los seres humanos y de sí mismo.
19
—Desiderio Grijalva tenía buena amistad con Inocencio Largaespada por cuestiones de negocios que habían tenido en común y que les habían rendido a ambos muy buenos resultados. Admiraba a el Colocho porque era una persona cabal, un hombre íntegro, además de que con él se podía hablar de muchas cosas que con los otros hacendados estaban vedadas porque, aunque tenían mucho dinero, carecían de una cultura como la de Inocencio. Y en algo tan difícil de ponerse de acuerdo como era la política, ambos compartían las mismas opiniones. Así que con cierta frecuencia, le gustaba ir a visitarlo por las tardes y pasaban buenos momentos charlando en la sala de aquella enorme mansión que la familia Largaespada le había dado a Inocencio cuando su boda con Gervasia Lumbí Tinoco, a donde se había pasado a residir, dejando la ciudad de León por la recién fundada Managua, después de la muerte de su esposa, y donde vivía con su hija Timotea y toda una corte de sirvientes.
En una ocasión, estando de visita acompañado de su hijo José Andrés, salió a saludar a los visitantes la joven Timotea que acababa de regresar de uno de sus viajes a Europa. José Andrés quedó prendado de la personalidad de aquella morena apiñonada, con la cabeza llena de rizos, que se expresaba con toda desenvoltura y tuteaba a su padre delante de las visitas. Ella, por su parte, no fue insensible al encanto del joven, a la mirada tierna de sus ojos azules y a su larga melena rubia de bohemio de otra época que Desiderio, su padre, tanto detestaba. José Andrés no había viajado nunca fuera de Nicaragua, pero sus lecturas le habían proporcionado grandes conocimientos y una amplia cultura que la joven apreció inmediatamente.
Aquel joven rubio y sensible era muy inteligente y se distinguía con mucho por su conversación y su porte, de los jóvenes que ella frecuentaba en el medio de su padre, ambiente de agricultores y hacendados, muchos de ellos nouveaux riches, arribistas llenos de millones pero con escasa –por no decir nula– cultura literaria o artística, que ella había adquirido a lo largo de sus viajes por Europa.
Timotea amaba mucho a su padre Inocencio, que había sido para ella padre y madre, y no le habría gustado abandonarlo casándose en Europa y no regresando a Nicaragua. Amaba también a su tierra, le gustaba mucho su clima cálido y húmedo, la exuberancia de sus paisajes, sus lagos y sus volcanes, su cielo azul y sus noches estrelladas, sus dos océanos, sus costas y sus montañas. Sí, se casaría en Nicaragua y tendría su propia familia sin abandonar a su padre y a su patria. Estos pensamientos no estuvieron ausentes de su mente mientras escuchaba al joven Grijalva disertar sobre la poesía francesa o la música barroca italiana, sobre las recientes expediciones en el continente africano o el invento de la fotografía. La aparente timidez de José Andrés desaparecía ante el calor de la charla con aquella joven que lo miraba directamente a los ojos y le hablaba de tú.
Con el paso de las semanas, las visitas de los Grijalva a la casa de los Largaespada se hicieron más frecuentes. Ambos padres veían con buenos ojos aquella amistad de sus hijos. El compromiso matrimonial se anunció pronto. Timotea lució un ajuar traído directamente de París para la boda. Se
veía deslumbrante. Pero más que la ropa era la felicidad que la embargaba la que la hacía lucir bella. José Andrés no se cortó la melena rubia sino que la recogió atándola con un lazo a la manera de pony tail, como decía Timotea, y se había dejado un pequeño bigote rubio sobre los labios finos.
Fue otra boda que hizo época. Corría el mes de enero del año del Señor mil ochocientos ochenta y seis.
—Aquí está una foto de ellos dos –dijo Andrés y se la pasó a la abuela. Ella contempló un rato aquellos rostros radiantes en los que la felicidad parecía salírseles por los ojos y se expresaba en sus sonrisas.
—No sé por qué casi siempre el hombre tenía que retratarse sentado mientras la esposa lo hacía de pie –comentó devolviéndole la foto a su nieto. En aquella vieja fotografía se veía a los nuevos esposos Grijalva Largaespada en una pose característica de la época. José Andrés sentado, elegantemente vestido con una levita, con la pierna cruzada y los manos juntas en la rodilla, el porte erguido. Timotea de pie, con los cabellos colochos recogidos en un breve chongo, con su vestido amplio y largo, a un lado, con las dos manos en el respaldo de la silla. Un tapete en el piso, una cortina en el fondo y un macetón seguramente de utilería, completaban el decorado del estudio del fotógrafo que captó el momento, detuvo el tiempo e inmortalizó la juventud de aquellos bisabuelos.
Con el tiempo llegaron los hijos. El primogénito, José Andrés, como su padre, nació en diciembre de ese mismo año, 1886; después llegaron José María, Alfonso y Francisco, al que llamaban el Negro porque era muy moreno, por herencia genética de su abuelo Inocencio, tal vez; luego nacieron Adolfo, Ana Jacoba y Adela del Carmen. La casa de los Grijalva Largaespada se llenó de ruidos, de risas, de juegos y carreras. La fortuna de José Andrés le permitía tener todo un ejército de sirvientas y mozos para atender la casa y el pelotón de chiquillos. Timotea insistía en seguir viajando, aunque ahora sólo fuera a Cuba y Nueva Orleans. Viajaban juntos
cuando los niños podían quedarse ya a cargo de las nanas y José Andrés descubrió un poco de todo aquel mundo que sólo conocía por los libros. Hacían una pareja perfecta, jóvenes, guapos y cultos. Pero la tragedia los acechaba.
José Andrés, a pesar de todos sus esfuerzos, no lograba administrar adecuadamente sus haciendas y las demás propiedades que Timotea había aportado al matrimonio. Eran, además, años difíciles en los que empezaba a haber disturbios sociales de trabajadores y estudiantes que reclamaban mejor trato y mejor educación en un país en el que el analfabetismo asolaba a la mayoría de la población. José Andrés se sentía dividido entre su mente y su corazón. Por una parte, su corazón le decía que las peticiones de todos aquellos que luchaban por un nuevo orden social eran justas y que en buena parte tenían razón. Pero, por otra parte, su mente le ordenaba que debía mantener el estado de las cosas y que debía esforzarse por preservar el patrimonio de su familia, el producto del trabajo de sus antepasados, que sería también la herencia de sus hijos. Pero no lograba salvar de la ruina todo lo que había recibido, ni tampoco sabía cómo podía dejar de poseer lo que tenía, de manera que fuera realmente un bien para la gente de su pueblo. No bastaban las buenas intenciones ni la solución radicaba en un acto individual y solitario: si se daba un cambio, tenía que ser de todos de manera tal que cambiara todo el sistema social. Pero, ¿cómo? José Andrés se confesaba inútil para dar una solución justa y adecuada a todo aquello.
Poco a poco la fortuna de los Grijalva fue mermando. Para colmo, hubo una epidemia entre los animales y se perdieron miles de cabezas de ganado y casi todos los rebaños de ovejas. Para completar los malos tiempos, hubo un terremoto que desoló buena parte de las haciendas. José Andrés se sentía impotente ante aquella situación. Mal vendió una de las haciendas para poder restaurar al menos los males materiales causados por el terremoto. Las cuentas del banco disminuyeron notablemente y la crisis parecía prolongarse más allá de lo imaginado. Su suegro vino en su ayuda, pero no fue suficiente. Largos años de gastos desorbitados y de administraciones ineptas habían dañado gravemente el patrimonio de los Grijalva Largaespada.
En medio de todas las crisis y los problemas de sus haciendas, José Andrés se mantenía leyendo como si nada más le importara. A veces, Timotea pensaba que la lectura era en él una especie de escape ante los conflictos, no se explicaba de otro modo que su marido pudiera quedarse leyendo hasta altas horas de la madrugada cuando al día siguiente tenía que tomar algunas decisiones cruciales. Cuando él permanecía en la biblioteca leyendo una buena novela francesa o americana, el mundo exterior podía acabarse sin que él se inmutara. Cada vez, la situación económica de la familia era más aguda. Sin embargo, José Andrés y Timotea no cambiaron su estilo de vida. Seguían dando grandes fiestas y vistiendo a la última moda, si bien los viajes al extranjero se redujeron al mínimo. Apenas alguna que otra vez a La Habana. Los hijos iban creciendo, sanos y bellos.
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