Óscar
Mayorga
LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y
LAS ARTES DE CHIAPAS
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—Cuéntame más de mi abuelo –le pidió en otra de aquellas
tardes Andrés Grijalva a la abuela Pina–. ¿Qué más te platicó de cuando era
joven? Quiero llegar a conocerlo como si lo hubiera visto, quisiera entenderlo,
comprenderlo. Anda, abuela, dímelo todo, por favor. –Ella sonrió en silencio
mientras servía el café y le ofrecía una taza a su nieto.
“Eres tan ansioso, tan curioso como lo era él”, pensó. Una vez que se hubo
sentado de nuevo en su mecedora y encendido el primer cigarrillo de la tarde,
retomó el hilo de su relato.
—Tu abuelo José Andrés, cuando estaba próximo a cumplir los
dieciocho años, era un muchacho alto, espigado y guapo que había heredado de su
padre el porte elegante e iba siempre pulcramente vestido. Siempre de traje y
corbata y no dejaba de lucir una flor en el ojal. Escrupulosamente bien
peinados sus cabellos castaños y bien recortado el bigote que muy joven empezó
a llevar. Le gustaba usar también un ligero bastón y un sombrero de paja, como
era la moda de aquellos años. Cuidaba siempre de traer los zapatos
perfectamente lustrados, decía que aunque estuvieras vestido como un príncipe,
si tus zapatos no estaban relucientes de limpios, todo lo demás no servía para
nada. Ya desde entonces lucía como en esa foto que tienes en el álbum.
Estrenaba frecuentemente los trajes de lino que hacía venir de La Habana o de
Nueva Orleans. Tanto José Andrés como Timotea, se habían esmerado en darle una
educación refinada y el joven había adquirido una vasta cultura. Hablaba bien
el inglés y su ideal era parecer todo un gentleman. Su padre había despertado
en él desde niño el amor por la literatura y lo había guiado en la selección de
sus lecturas.
—La gente dice que el invento del cinematógrafo desplazará
al teatro e incluso a la literatura, porque a partir de ahora todo será filmado
y ya nadie tendrá que pasar largas horas leyendo un libro cuando, en pocos
minutos, podrá seguir esa misma historia contada a través de imágenes
proyectadas en la pantalla de una sala cinematográfica –le decía a su hijo
aquel que seguía siendo fiel a su amor por los libros–. Yo considero que pensar
así es una necedad. El cine es otra cosa, no se podrá comparar nunca con la
literatura. Mira, hijo, aunque un día los personajes de una película pudieran
hablar como la gente normal y dejaran de hacer esas muecas y gestos exagerados
y ridículos para hacerse entender y aunque la proyección de una película
pudiera ser a colores, como es la vida real, el cine nunca alcanzaría en
grandeza a la literatura, al placer de leer un buen libro. Aunque yo vaya al
cine, porque hay que estar al tanto de todo lo que crea el cerebro humano,
nunca dejaré de rendir homenaje a la literatura, la más grande de todas las
artes, ni la cambiaré por el espectáculo cada vez más popular, por no decir
plebeyo, de reunirse en multitudes anónimas en una sala obscura para dejarse
“apantallar”, perdona el barbarismo, por la proyección de imágenes en una manta
blanca. Aunque algunos estén diciendo ya que el cine es el “séptimo arte”, yo
no estoy de acuerdo. Para mí el cine es un entretenimiento, una diversión y nada
más. Tal vez algún día llegue a ser un arte, pero será siempre un arte menor,
por no decir espúreo.
El joven José Andrés Grijalva tenía mucho éxito con las
mujeres y, desgraciadamente, su fortuna y su presencia física le atraían no
siempre buenas compañías. Se enredó en un lío de faldas con una mujer casada y
cuando el marido lo supo amenazó de muerte al joven. El padre se alarmó y
adelantó el viaje al extranjero, por cuestiones de estudios, para poner tierra
de por medio entre el hijo enamorado y el marido cornudo. José Andrés había
manifestado a su padre que quería estudiar medicina y, en esos años, la
Universidad de San Carlos de Guatemala ofrecía la mejor oportunidad para los
jóvenes centroamericanos. El padre hubiera querido enviar a su hijo a los Estados
Unidos, pero el joven no quiso ni el padre insistió debido al estado de sus
finanzas. Además, detrás del primogénito, venían otros tres adolescentes que
pronto tendrían también que partir a estudiar.
José Andrés partió a la universidad guatemalteca con las
maletas repletas de sus mejores trajes de lino, camisas de seda y demás ropa
elegante. Se alojó en una residencia para estudiantes de la capital, no lejos
de la universidad e inició una vida estudiantil en la que no faltaron las
fiestas, los amigos y las patojas. Él mismo no sabía cómo podía seguir adelante
con sus estudios de medicina llevando aquel tren de vida. Su talento musical le
hacía el centro de las reuniones; tocaba la guitarra con un arte sin par y era
muy agradable, sobre todo cuando había tomado algunas copas.
Por esos días, en la universidad se hablaba mucho del compromiso político, del
combate contra la dictadura y de la revolución social. Entre los amigos del
joven nicaragüense se encontraban tres que eran los más aguerridos en su crítica
contra el régimen político y que vivían también en la residencia estudiantil.
José Andrés participaba en algunas de aquellas reuniones más por solidaridad
con sus amigos que por verdadero compromiso político.
Fueron pasando los años. Llevaba ya casi seis en Guatemala y
prácticamente estaba al final de los estudios, le faltaba sólo un año de
internado en hospitales y la redacción de la tesis, cuando estalló el polvorín.
La policía invadió una noche la residencia de los estudiantes, buscando a
aquellos que estaban comprometidos en un complot para asesinar al dictador, el
doctor Manuel Estrada Cabrera, que había asumido el poder desde 1898 y que no
sería derrocado hasta 1920. Afortunadamente para José Andrés, esa noche no
había llegado a dormir a la residencia estudiantil porque se había quedado en
la casa de una señora cuyo marido estaba de viaje. Seguía teniendo mucho éxito
con las casadas y, al menos en esta ocasión, eso le salvó la vida. Sus
compañeros desaparecieron y nunca se volvió a saber de ellos. Se escuchó el
rumor de que fueron llevados a un campo militar donde habían sido torturados
hasta la muerte. Sus cuerpos nunca aparecieron. Cuando, al día siguiente, José
Andrés supo del asalto a la residencia de estudiantes, con la ayuda de su amiga
pudo huir a Huehuetenango donde tenía otros compañeros de la universidad que
estaban de vacaciones. Ellos lo alojaron y ayudaron en todo pues el joven había
partido con lo que tenía puesto. Pasó en Huehuetenango casi todo un año, pero
las cosas seguían siendo delicadas. Para colmo, en Nicaragua la situación
social se agravó. Un nuevo régimen político expropió en nombre de la reforma
agraria, las grandes haciendas ganaderas y la familia Grijalva prácticamente
perdió todo lo que le quedaba. Esta noticia la supo José Andrés hasta tiempo
después, porque por entonces no tenía comunicación con ellos.
Como en Huehuetenango seguía habiendo peligro para él, José
Andrés discurrió, por consejo de sus amigos, dos de ellos originarios de una
pequeña población llamada Cuilco, del mismo Departamento de Huehuetenango,
trasladarse a ese pueblo, “donde no había policía, ni población indígena y
todos los habitantes tenían estudios superiores”, como se preciaban de decir
los cuilqueños. José Andrés llegó a Cuilco, muy cerca de la frontera mexicana,
en el otoño de 1912. Gracias a las recomendaciones de sus amigos, consiguió
alojamiento en casa de la familia Briones, una viuda con dos hijos
adolescentes, que lo recibió amablemente, sobre todo porque sabía que se
trataba de un “refugiado político” y el marido, un profesor normalista, había
sido asesinado por militares del régimen del dictador por sus críticas al
sistema. José Andrés empezó a trabajar como profesor de primaria y después de
la escuela normal de Cuilco. Daba, además, clases de música y con eso se
sostenía. Así pasaron tres años.
Los hijos de la viuda Briones eran un muchacho de dieciocho
años llamado Galileo y una jovencita quinceañera, Albertina. José Andrés ya se
había percatado que no era indiferente a los ojos de la joven, que era una
chica muy rubia, de ojos azules y talle espigado. Una noche, en que hacía mucho
calor y él se encontraba tumbado en la cama, casi desnudo, fumando en la
obscuridad de su cuarto, Albertina entró a tientas y se metió en su cama. José
Andrés no hubiera querido que aquello sucediese porque, aunque le gustaba la
muchacha, no quería tener nuevamente dificultades por cuestiones de faldas.
Pero no pudo rechazar aquella visita nocturna que se repitió varias veces.
Cuando la viuda se dio cuenta que Albertina estaba embarazada, habló con José
Andrés. Ella lo admiraba y apreciaba y le dijo que sólo le pedía que diera su
nombre al bebé que venía en camino. No se opuso a que continuara las relaciones
con su hija porque, en el fondo, abrigaba la esperanza de que un día se casaría
con ella y no podía desear un partido mejor para su hija que aquel joven
inteligente y guapo, de buena familia –eso se veía a leguas–, aunque venida a
menos. Así estaban las cosascuando tu abuelo y yo nos conocimos y toda la vida
cambió.
—Y la familia de Nicaragua, abuela, ¿qué pasó con los
bisabuelos Grijalva Largaespada? ¿Nunca los volvió a ver mi abuelo José Andrés?
–preguntó el nieto con ansiedad, deseoso de conocer toda la historia de su
abuelo.
—Cuando era estudiante en Guatemala solía regresar a Managua
durante las vacaciones, pero a partir de que dejó la universidad por aquellos
problemas políticos, no volvió ni una sola vez, ni cuando murió su madre,
Timotea, a finales de 1914, y él estaba viviendo en Cuilco y el padre de José
Andrés le rogó que regresara; ni cuando, a su vez, se
enfermó el padre muchos años después y ya se había casado y vivía en Motozintla
y sus hermanos le suplicaron primero y le exigieron después que volviera a
casa, aunque fuera por un breve tiempo, por cuestiones de la herencia. A pesar
de que habían perdido las haciendas, nunca dejaron de ser una familia
“acomodada”. Al menos, daban siempre esa impresión. Yo leí una carta que le
envió su padre meses después de la muerte de Timotea Largaespada; era una carta
tristísima en la que le suplicaba que volviera a Nicaragua, que su corazón de
padre tenía necesidad de volver a verlo, que lo seguía queriendo mucho, pues
era su primogénito, que se sentía viejo, estaba enfermo y no quería morir él
también sin volver a estrecharlo en sus brazos. Que no fuera ingrato, que
volviera, aunque fuera por un breve tiempo. Se lo suplicaba por el recuerdo de
su madre muerta. Tu abuelo había leído aquella carta con lágrimas en los ojos,
según me contó, pero no había querido regresar.
Todos sus hermanos se casaron y se quedaron en Nicaragua.
Las únicas que permanecieron solteras siempre fueron Ana Jacoba y Adela del
Carmen, las hermanas. Con ellas la familia Grijalva de México, es decir tu tía
María Eva y
los hijos que tuvo tu abuelo con Albertina Briones, tus tíos
José Raúl y Esmeralda, mantuvieron correspondencia. Así se supo que dos hijos
de José María, el segundo de los Grijalva, habían salido de Nicaragua: el
mayor, llamado Alfonso, se fue a trabajar a la zona del Canal de Panamá y
parece que allá se quedó a vivir. Y el otro, Adolfo, se fue a vivir a la Ciudad
de México pero aunque tus tíos lo buscaron, parece que andaba metido en
ambientes medio sórdidos, de contrabando o algo así, y nunca se dejó ver ni se
comunicó con ellos. Esmeralda fue una vez a Nicaragua y estuvo viviendo una
temporada con las tías solteronas, Ana y Adela, que, según recuerdo, tenían su
casa “Detrás de los Muros del Centro Destilatorio”, en Managua.
—Eso es algo curioso que tu abuelo me contaba y que parece
que existe hasta la fecha. Ahora que mi hija Irma se casó con un nica y vive en
Estelí, lo hemos comprobado. Me refiero a que en Nicaragua no hay direcciones
de calles y número en las casas. Es una geografía hablada que da como señas
para las cartas cosas así como: “De Correos, trescientas yardas bajando hacia
el Lago” o “Enfrente de donde estuvo la Pepsi Cola” o “Dos cuadras al norte del
Antiguo Colegio de las Monjas” y otras por el estilo. Irma y Ramón, su marido,
viven “Junto a la Texaco de Tito Molina”. No sé cómo hace la gente para
orientarse.
Regresando a lo que platicábamos: tu abuelo José Andrés
nunca quiso regresar a Nicaragua ni volvió a ver jamás a sus padres ni a sus
hermanos. No entiendo por qué no lo hizo. Tal vez su orgullo herido de sentirse
fracasado, sin haber terminado la carrera de medicina ni tener una vida
holgada, como la que, después de todo, tenían sus hermanos que nunca salieron
de Nicaragua. No lo sé. Tu abuelo era muy orgulloso. Le importaba ante todo “la
bella figura”, como dicen los italianos.
—Cuando andas por la calle como maniquí, pareces un
verdadero dandy, pero si te volteamos de cabeza no cae de tus bolsillos ni un
centavo –le decía bromeando Teófilo Hernández, uno de aquellos amigos de
Huehuetenango, que era como un hermano para José Andrés.
—El dinero no lo es todo –replicaba él–, eso es algo que tú,
que eres un avaro prestamista de siete suelas, no puedes comprender.
Puede ser que no haya sido exactamente la falta de dinero lo
que le impidió regresar a su patria y volver a ver a sus padres, sino algo más
profundo: el hecho de sentirse fracasado. Después de todo era el primogénito y
creía que se esperaba todo de él. Así, en parte por orgullo y en parte por
vergüenza, ocultó la verdad a su familia. Cuando lo de los problemas de la
universidad y su huida a Huehuetenango, él empezó a mentir. Una vez que pudo
comunicarse por carta con sus padres, les hizo saber que estaba haciendo un
tiempo de internado en uno de los hospitales de aquel lugar, como parte del
programa de estudios. Después, cuando se trasladó a Cuilco, les dijo que era
para hacer su servicio social. Al principio su familia creyó todo lo que les
decía pero, cuando los años fueron pasando y aquella estancia en Cuilco se
prolongaba, empezaron a sospechar. Con el único con el que José Andrés había
sido sincero era con su hermano José María. Él sabía toda la verdad y guardaba
el secreto. Cuando nació su primogénito, José Raúl, el hijo que tuvo con
Albertina Briones, José María lo supo inmediatamente, como supo más tarde lo
que sucedió conmigo. Pero a sus padres y al resto de la familia seguía
diciéndoles que ya había terminado la carrera y que trabajaba como médico. Y
esta mentira sostenida a lo largo de los años le hacía mucho daño. Tú sabes,
cuando se vive una doble vida, a los que primero se engaña es a los que más se
ama y esto es algo que no queda impune. El que engaña es el que más sufre a
causa de su mentira.
No sé si su hermano José María contó la verdad a su padre o
si éste interceptó o descubrió alguna de las cartas, lo cierto es que su padre
le escribió una carta durísima donde le echaba en cara su mentira y el engaño
en que había estado manteniendo a la familia durante todos esos años. Sin
embargo, con el tiempo, el padre lo perdonó y no le guardó ningún
resentimiento, pero tu abuelo no pudo perdonarse a sí mismo y nunca superó su
vergüenza, por eso, quizás, no pudo nunca volver a ver a su familia. Tal vez le
faltó humildad para reconocer todo lo que le había pasado y para aceptar su
propia realidad. Te repito que tu abuelo era muy orgulloso. No había sido
educado para el fracaso. Y esa fue su tragedia.
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—Mira, abuela –dijo Andrés–, entre los papeles que encontré
en casa, estaba esta carta dirigida a mi abuelo José Andrés por su hermano José
María, en 1931, donde le cuenta del terremoto que asoló a Managua. Al final
casi le exige que regrese a casa porque se requiere su presencia por asuntos
urgentes de la familia. Mira con qué letra tan bonita fue escrita y escucha qué
estilo tan barroco de expresarse. Te la voy a leer toda porque es un verdadero
documento histórico de aquella época.
Managua, 10 de agosto de 1931
Señor Bachiller Don
José Andrés Grijalva Largaespada
San Francisco de Motozintla, Chiapas
México
Mi muy querido e inolvidable hermano:
Con el corazón fraccionado de dolor por la inmensa desgracia
ocurrida en nuestra bella y desgraciada capital Managua, el 31 de marzo último
pasado, tomo hoy la pluma en la mano para significarte o narrarte ligeramente
las tremendas e irreparables pérdidas ocasionadas por dicha hecatombe,
manifestándote con certeza que aún me siento vacilante pues mis pequeñas
facultades mentales se hayan incapacitadas para coordinar debidamente estas
humildes e insignificantes letras las cuales son nacidas del fondo de mi
destrozada alma.
¡Figúrate, hermano mío, cuán indescriptible era el
tristísimo espectáculo que presentaba la ciudad capital en esos precisos y
aciagos días del terremoto! Ver un campo cubierto de escombros y sembrado de
negros cadáveres abrasados por el voraz incendio que los consumía con rápida
ligereza, y qué horripilante era escuchar los angustiados lamentos de las
innumerables víctimas que aún yacían con un resto de vida, pidiendo
misericordia a la Divina Providencia y en particular a las cuadrillas de
hombres organizados por el Gobierno con el noble propósito de rescatarlas del
voraz elemento que arrollaba con presteza a tanto desgraciado. El incendio se
prolongó por término de seis días durante los cuales desoló alrededor de
cincuenta manzanas y la tardanza en sofocarlo se debió a la poca agua de que
disponíamos pues la bárbara conmoción terráquea del sismo ausentó el agua de
casi todo el radio de Managua, consiguiéndose escasamente en algunos pozos de
los barrios más apartados y en cantidades muy reducidas.
Tú, que conoces perfectamente bien nuestra ciudad capital, que
se halla rodeada del hermoso lago Xolotlán o Managua por el norte, por el
sudoeste tenemos la laguna de Nejapa, por el sureste la laguna de Tizcapa y por
occidente las lagunas de Asososca, Jilná y Cagualinca. Advirtiéndote que esta
última desapareció antes del sismo. En tales circunstancias, te harías el cargo
o cálculo en decir, por qué estando adyacente principalmente dicho lago no se
proveían de él. Pero es el caso que las calles se hallaban intransitables a
consecuencia de la enormidad de escombros amontonados por doquiera de las casas
caídas, por cuya razón el tráfico de coches, automóviles, autocamiones,
güichas, camionetas, carretones y carretas, se hacía imposible por dicha
obstrucción. Naturalmente como fácil te será comprender, el hambre no se hizo
esperar pues incontinenti se ensanchó con su duro y correspondiente cortejo de
calamidades. Encontrándonos lógicamente a un mismo nivel, sumidos en la más
espantosa miseria, ricos y pobres mendigando de la caridad pública porque de
todo carecíamos. Pero, gracias a nuestro Señor Jesucristo, que por fin se
apiadó de todos los que estábamos amargamente saboreando este doloroso
Calvario, nos envió grandes cantidades de provisiones de toda clase para
socorrernos por medio de Cruces Rojas, organizadas piadosamente por los
gobiernos centroamericanos, que fueron los primeros en asociarse para mitigar
nuestras infinitas penalidades. Por supuesto que ya debes considerar lo difícil
que era poder apercibir dichos alimentos en una población que excede los
100,000 habitantes sin incluir las enormes cantidades de gente que ingresaban
diariamente de todas las poblaciones de la República, las cuales llegaban
ansiosas por saber la suerte que les había tocado a sus deudos en trance tan
apurado y doloroso.
Así pues, hermano mío, en este estado de cosas la vida se
hacía insoportable y enojosa. Por fin, haciendo una lucha gigantesca,
diariamente se apercibía una reducida cantidad de alimentos que apenas rendía
para hacer malamente una comida al día, cuando llegaba uno a su pequeña casa de
campaña o enramada, con el cuerpo magullado de tanto forcejeo con la gente. Al
extremo que hubo un sujeto que, habiendo sido acomodado y pudiente antes del
sismo, al verse impelido en aquel viacrucis doloroso que cruzaba, faltóle la
paciencia, inconforme con el designio obrado por la Providencia Divina y
precipitándose por la resbaladiza pendiente infernal, optó por el cobarde
suicidio, asestándose al efecto un balazo con su revólver y al día siguiente
falleció penosamente, lo que deploramos sensiblemente. Hermano: por ninguna
adversidad sufrida en esta mísera y pasajera vida nos asiste razón para ello.
Pues nosotros, a pesar de haber sufrido pérdidas de consideración, damos en
cambio infinitas gracias a Dios que milagrosamente salvó la vida a toda nuestra
querida familia, aun viniéndose a tierra la casa en que habitábamos, saliendo
ilesos nuestros cuerpos. Todo el bonito y valioso mobiliario se nos hizo
añicos. La casa era propiedad de doña Bruna Laballos viuda de Albores, pues
éramos inquilinos desde hacía diecisiete años, es decir, a raíz de la muerte de
nuestra querida y recordada mamá.
Por fin haciendo cruentos sacrificios y esforzada lucha, se
logró sofocar el fuego después de seis días. Tan pronto como llegaron las
Cruces Rojas americana y panameña tomaron el control organizando al efecto
grandes cuadrillas de hombres, pagados por su propia cuenta, para limpieza
general de toda la población. Al efecto, a medida que iban rápidamente
ampliando las calles, empezaron a transportar en camiones cantidades de
cadáveres que sacaban bajo las ruinas diariamente, unos enteros y otros en
fracciones. Por supuesto, todos ellos se hallaban en estado repugnante de
putrefacción,
tarea que, por cierto, se hacía bastante peliaguda, como
vulgarmente se dice, tanto para los peones descombradores como para los
choferes encargados de dicho transporte. Era muy sensible y doloroso ver
convertido el antes bellísimo radio de Managua, cambiado violentamente en un
aborrecible y repugnante muladar en donde se cernían los zopilotes,
principalmente en los predios donde hubo fuertes establecimientos, por ejemplo,
los mercados, los hoteles, la Penitenciaría Nacional, el Hospital General, la
Casa Correctora de Mujeres, establecimientos comerciales, etcétera. El número
calculado de muertos no bajó de 10,000 almas, sin contar las víctimas que
perecieron en las lagunas de Asososca y Tizcapa. Cómo será que, aparte de esa
alta cantidad de muertos, ahora siguen falleciendo innumerables víctimas que
fueron cruelmente golpeadas por la misma causa.
Dime, ¿no sería un cuadro dolorosísimo y conmovedor
contemplar un espectáculo tan desgraciado como éste? Las pérdidas calculadas se
estiman en alrededor de cien millones de dólares, según opinión de hombres
sensatos y capacitados financieros. Para colmo de la desgracia que nos aflige,
las famosas Compañías de Seguros se niegan rotundamente a pagar las pólizas de
los comerciantes seriamente afectados por el voraz incendio. Por lo que
respecta a nuestras casas, debo decirte que no se cayeron, pero sí fueron
seriamente dañadas. Al extremo de que hemos contraído fuertes compromisos para
sus debidas reparaciones. En una de ellas vivimos actualmente, la que se halla
situada media cuadra hacia el oriente del Templo del Cristo del Rosario, Barrio
de la Cruz, número 825.
Dice mi papá que le escribas al Doctor Francisco Baltodano, rindiéndole
los agradecimientos por los generosos, gratuitos y oportunos servicios médicos
que se ha dignado suministrarle en reciente enfermedad que acaba de pasar. Dice
o refiere el Doctor Baltodano que allá por el año de 1905 fueron condiscípulos
en el Instituto de la Casa del Águila, cuando estaba a cargo de la dirección de
dicho Colegio al ya finado Doctor José Domingo Grijalva. Actualmente el Doctor
Baltodano es Diputado al Congreso.
Ahora, más que nunca, deseamos tu pronto regreso a ésta,
pues asuntos íntimos e importantes requieren tu presencia, aunque sea por breve
término y después te regreses. Recibe mil recuerdos de mi papá y demás familia
en unión de tu estimable y digna esposa y niños. Te ruego contestarnos al
respecto tan pronto puedas. Yo, mientras me doy la infinita dicha de verte te
envío mi corazón. Tu hermano que te quiere,
JOSÉ MARÍA GRIJALVA LARGAESPADA
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—Y tú, abuela, ¿qué hiciste, qué fue de ti después de todo
aquello que pasó, después de que nació tu hijo, mi papá? –preguntó Andrés en
otra de aquellas tardes con la abuela Pina. Sabía que la narración se estaba
acercando a una de las etapas más dolorosas de la abuela, pero el relato ya no
podía detenerse ni para él ni para ella. Era preciso saberlo todo, decirlo
todo, nombrarlo todo, exorcizarlo todo. Era como si ambos hubieran hecho un
acuerdo tácito de una “operación verdad”.
—A pesar de que mi madre me dio toda su comprensión y su
apoyo, María, mi hermana, mi única hermana, fue muy severa conmigo. Y mis
hermanos mayores, José Domingo y Everardo, nunca me perdonaron. Ellos me
querían mucho, tal vez por ser la más pequeña, me habían colmado de mimos, me
habían consentido mucho y cuando pasó lo que pasó, imagino que se sintieron
defraudados y todo su amor por mí se transformó en resentimiento, en rencor y
en rechazo. Después de que nació el niño, tu papá, mi madre prácticamente me lo
arrebató. Yo era muy jovencita pero la
maternidad, si la hubiera asumido, me hubiera hecho
responsabilizarme, me hubiera hecho madurar. Pero no fue así. Como ya te he
dicho, sufrí mucho, sentí el rechazo no sólo de mis hermanos sino de mis
amigas, de todo el pueblo. Albertina tampoco me perdonó nunca que le hubiera
robado el amor de José Andrés, me lo reprochó la única vez en que hablamos.
Ella se quedó con sus dos hijitos cuando tu abuelo se fue de Cuilco y, para
colmo, el hermano Galileo se volvió alcohólico.
Bueno, eso es algo que no te he contado. Antes de conocer a
tu abuelo, Galileo Briones me enamoraba, era un muchacho muy tierno y cariñoso,
muy respetuoso, casi era yo la que tomaba la iniciativa cuando salíamos juntos
para tomarlo de la mano, acariciarlo o darle un beso. Él era muy serio, desde
la muerte de su padre se había vuelto muy reservado, sólo conmigo sonreía un
poco. No éramos novios formales, pero yo me dejaba querer, además Albertina era
mi amiga y nos ayudaba, éramos como cómplices. Incluso yo sabía todo lo que
pasaba entre José Andrés y ella, me lo confiaba todo. Por eso se sintió
traicionada. Y, para colmo, cuando Galileo supo que yo estaba embarazada no
pudo sobreponerse al dolor. Lloró, me fue a ver una noche, a escondidas, cuando
yo estaba ya en Zosí, pero casi no pudimos hablar porque estuvo llorando todo
el tiempo. Me dio mucha pena, pero yo qué podía hacer por él. Se sintió
engañado, burlado, abandonado. Entonces empezó a beber. Bebía hasta
“engasarse”, hasta perder la conciencia. Y durante una de esas borracheras, se
ahogó una noche en el Río San Pedro, precisamente en la laguna Encantada, donde
yo
iba a bañarme con tu abuelo. Albertina adoraba a su hermano
y me echó a mí toda la culpa de su muerte. Yo me sentía muy mal por todo eso,
que aumentaba el dolor de haber perdido el amor de José Andrés y, pensaba yo
entonces, de haber arruinado mi vida para siempre. No tenía fe ni ninguna
esperanza, me sentía como en la obscuridad de la noche en un
callejón sin salida.
Durante meses tuve una depresión profunda, así que en cuando
pude, me fui del pueblo. Había terminado prácticamente mis estudios en la
escuela normal y solicité y obtuve una plaza como maestra rural en una
comunidad en San Marcos, por el rumbo de la costa, en un lugar muy alejado de
Cuilco.
Allí llevaba dos años como maestra cuando conocí a Óscar
Julio Mérida, un joven médico que estaba haciendo su servicio social en aquel
pueblo. Yo no tenía ningún interés en volver a querer a nadie pero, por una
parte, Óscar Julio (Julio le llamaba yo), era muy amable, muy atento conmigo,
además que tenía un extraordinario sentido del humor que hacía reír hasta al
más serio y, también, era muy guapo. Por otra parte, yo en San Marcos estaba
muy sola, no tenía amistades, vivía en una pensión y toda mi vida era la
escuela, los niños y preparar las clases; a veces, convocar a juntas de padres
de familia, y nada más. No tenía amigas ni amigos, ni quería relacionarme con
nadie. Por eso, cuando Julio llegó a San Marcos y se alojó en la misma pensión
donde yo vivía, y me empezó a rondar, aunque me resistí al principio, terminé
por sucumbir a su encanto. Fue el encuentro entre su enorme simpatía y mi
profunda soledad. Ante todo fuimos buenos amigos. Llegué a contarle toda mi
historia, le hablé de José Andrés, del nacimiento de mi hijo, de la actitud de
mis hermanos y de la muerte de Galileo. Todo. Desde que salí de Cuilco, dos
años antes, no había vuelto a llorar. Con Julio lloré en sus brazos y pasamos
así de la intimidad de las confidencias a la intimidad de las caricias y al
amor completo. Con él volví a sentirme amada y querida, protegida, acompañada.
Él pertenecía a una familia muy rica de Quezaltenango que le había dado la
mejor educación posible en aquella época y que quería para él lo mejor. Julio
estaba más enamorado de mí que yo de él. Yo no le pedí nada, fue él quien habló
de matrimonio. Le faltaba medio año para terminar su servicio social en San
Marcos cuando me di cuenta que estaba encinta.
Julio se puso feliz y me dijo que debería dejar de trabajar
porque estaba muy delgada, un poco anémica y él quería que estuviera en las
mejores condiciones de salud durante el embarazo. Discurrió que iríamos a casa
de su familia en Quezaltenango y que nos casaríamos por todas las leyes en
cuanto él terminara el servicio social, con tiempo de sobra antes del
nacimiento del bebé. Yo tenía mucho miedo. No conocía a su familia y sabía por
él que eran muy severos en sus costumbres. Temía que me fueran a rechazar. Sin
embargo acepté y en las breves vacaciones de Navidad y fin de año fuimos a
Quezaltenango. Mis temores se vieron confirmados. Desde el primer momento sentí
el rechazo de sus padres. Yo no era lo que ellos querían para su hijo. Aunque
no era fea, por aquellos días estaba muy desmejorada, pálida y ojerosa. El
embarazo desde que se manifestó me afectó mucho, perdí el apetito y devolvía el
estómago ante todo lo que comía. Padecía insomnio y estaba todo el tiempo
cansada. Puedes imaginar qué esqueleto era aquel que Julio había llevado a
presentar a sus padres como su futura esposa. Él se encerró toda una tarde a
discutir con ellos y finalmente aceptaron que me quedara a vivir en su casa
hasta que Julio terminase el servicio social y pudiera regresar a
Quezaltenango. Pero no dijo
nada de matrimonio. Estaba muy serio y ya nunca volvió a ser
el Julio de antes.
—No te preocupes, cuando yo regrese haremos todo como lo
habíamos planeado. Cuídate y cuida a nuestro bebé –me dijo esforzándose por
sonreír antes de partir.
—Cuando me quedé sola, en casa de los Mérida, empezó mi
calvario. Me llegué a sentir como apestada. No comía a la mesa con ellos sino
en la cocina, después de todos. Apenas si me dirigían la palabra y el poco
dinero que yo tenía se me fue acabando. Necesitaba comprar algunas cosas
personales así como algunas vitaminas. La madre, doña Martha, era terrible.
Empezó a decirme cosas horribles, que yo había engatusado a su hijo, que lo
había atrapado, que era una “cuzca”, una cualquiera, y otras cosas peores. Don
Julio, el papá, era un poco menos severo, pero tenía poco carácter ante su
mujer. Me decía, cuando ella no estaba, que tuviera paciencia, que una vez que
el bebé naciera su mujer iba a cambiar por el hecho de ser abuela. Julio era
hijo único y doña Martha era una madre posesiva, celosa y severa. Yo empecé a
tener unas hemorragias espantosas y tuvo que ser llamado un médico. Recomendó
que guardara reposo absoluto, de lo contrario el bebé podría perderse.
A Julio le faltaban aún unas semanas para regresar cuando,
una noche, me puse gravísima y, con menos de siete meses, di a luz al bebé. Fue
una niña. Me sentía muy sola, hubiera querido que Julio estuviera a mi lado y
nadie me acompañó. Fue un parto muy difícil. Yo creí morir. Después supe que
poco faltó para ello. Cuando Julio llegó ya estaba fuera de peligro pero se
temía por la niña. Aunque se veía contento por la bebé, a mí me trató con
bastante frialdad. Ya no era el Julio que había conocido en San Marcos. Me
sentía muy triste y no era posible hablar con él. Para colmo, tampoco podía tener
conmigo a la bebé porque necesitó estar en una incubadora. Era pequeñísima,
preciosa, como una muñequita. Gracias a Dios, vivió. Julio quiso que se llamara
Martha, como su madre y yo le pedí que le añadiéramos el nombre de Margot. Doña
Martha no cambió para conmigo si bien se enterneció con su nieta. Cuando la
niña estuvo a salvo, casi todo el tiempo la tenía consigo, en su recámara y me
la mandaba sólo para que yo la amamantara. Yo aún estaba en cama, necesité más
tiempo de los cuarenta días que, por entonces, una parturienta tenía que estar
en reposo después de dar a luz a su bebé.
Julio tuvo que volver a la Universidad a la capital para un
seminario de tesis y los demás trámites para su graduación. Yo seguía estando
muy sola en aquella enorme casa de los Mérida. Ni siquiera podía tener conmigo
a mi hija. Una tarde, doña Martha vino a verme a mi cuarto. Me dijo que había
decidido que la niña llevara los apellidos de ellos, como una hija, no como una
nieta. Que Óscar Julio nunca se casaría conmigo, que yo no tenía el nivel
social ni la clase que ellos tenían y que lo mejor era que me fuera de su casa
antes que pasara más tiempo. Yo le contesté que eso era asunto de Julio y mío,
que no le tocaba a ella decidir sobre nosotros. Entonces me dijo que lo desheredarían
y le bloquearían todas las posibilidades de trabajo, que yo sería culpable de
la ruina de Julio. Después, cambió de táctica y me hizo ver que la niña con
ellos tendría todo lo que yo no podría darle nunca y que si yo aceptaba dejar a
Julio y a la niña, ella me daría una buena suma de dinero para que yo empezara
una nueva vida en otra parte.
—Convencete –me dijo–. Óscar Julio nunca se casará con vos.
–Y me enseñó unas fotos recién tomadas–. Mirá, esta es su novia, con la que se
va a casar. Cuando se fue a San Marcos se había enojado con ella, por eso se
enredó con vos, pero ahora se han reconciliado y todo va a ser como nosotros lo
deseamos. Haceme caso, mujer. Mirá, hacelo por la niña, sacrificate por ella,
con nosotros estará muy bien, te prometo que será una verdadera hija para
nosotros. Mirá, en cuanto estés mejor, te vamos a mandar a la capital, allá
podés encontrar trabajo, de todas maneras, te daremos dinero suficiente para
que nada te falte durante algunos meses.
No sé qué tantas cosas pasaron por mi mente. Me sentía
inmensamente sola y triste y no acertaba a pensar nada. Una vez más los demás
decidían por mí. Una vez más perdía a un hijo. Una vez más me sentía engañada y
abandonada por alguien que decía haberme amado y en quien había confiado. Me
sentía profundamente deprimida. Me daba lo mismo cualquier cosa. No tenía
fuerzas para defenderme ni para esperar a que Julio regresara y discutir el
asunto con él. Como estaba tan confundida, no podía ver ni pensar con claridad.
Cuando uno está mal todo lo hace mal. Acepté la oferta de doña Martha y una
semana después me fui de su casa.
Un autobús me llevó a la capital. Allá tenía una prima de
Cuilco que era maestra de secundaria y con ella me alojé.
Al llegar a la ciudad de Guatemala sentí como si llegara a
un desierto. Estaba sola y me sentía lastimada, traicionada, sin fe y sin
esperanza. Ese estado de ánimo se agudizaba, sin duda, con el aspecto de la
ciudad que, unos años antes, en 1917, había sido destruida en buena parte por
un temblor que echó por tierra muchas casas y edificios. Aunque se seguían
llevando adelante los trabajos de reconstrucción, el paisaje urbano era el de
un inmenso campo después de una batalla, desolado y triste. Así sentía yo mi
corazón. Pero la fuerza de la vida es muy grande y yo seguí adelante. En el
fondo de todo había como una lucecita que me impulsaba a seguir luchando y a
ella me aferré. A pesar de todo el sufrimiento, seguía teniendo amor por la
vida.
Después de un tiempo conseguí trabajo de maestra en un
pueblo de la frontera con México, cerca de la costa. Tenía sólo veintidós años
y me sentía vieja y acabada. Me olvidé de todo y de todos. Muchos años después
supe que Julio me había buscado desesperadamente. Su madre le contó una
historia distinta que él creyó, como había creído yo todo lo que ella me dijo;
y, al no encontrarme, después de unos años, se casó. No volví a ver a mi hija,
Martita, hasta muchos años después, pero de eso te hablaré más adelante.
23
Toda aquella parte de la historia de la abuela Pina era algo
que Andrés no conocía. Él no había imaginado siquiera que ella hubiera podido
pasar a través de tanto dolor y tanto sufrimiento moral. Ahora entendía un poco
por qué su abuela tenía ese carácter fuerte y ese temple ante las situaciones
difíciles que a veces se daban en la familia. La figura de la abuela Pina
crecía más y más ante los ojos del nieto a medida que la narración de su
historia iba transcurriendo. Era curioso el grado de intimidad que había
llegado a darse entre los dos. El tono y el contenido del relato habían borrado
las diferencias no sólo de edad sino casi de parentesco. Eran dos personas
adultas, dos seres humanos que alcanzaban un alto grado de comunión podría
decirse, espiritual. A Andrés aquel término no le gustaba mucho pero no encontraba
otro para definir ese vínculo profundo y fuerte que se había llegado a
establecer entre su abuela y él.
Siempre había admirado la personalidad de la abuela Pina,
pero de jovencito y aun de adulto joven, esa admiración era un poco idealista,
basada más en lo que en la familia se decía de Pina Maldonado que en lo que
realmente era. Ahora que él la conocía mejor, no sólo la admiraba más sino que
su amor por ella había alcanzado un grado al que nunca imaginó que pudiera
llegar. Se daba cuenta que amaba a su abuela mucho más de lo que jamás pensó
que pudiera llegar a querer a una persona de la familia. Y con su amor, crecía
también la admiración, el respeto, el cariño y la ternura
por ella.
“¿Cuánto puede soportar de dolor el corazón humano? –se
preguntaba Andrés. “¿Y cuánto amor puede caber en él?”. Eran dos interrogantes
que habían surgido en su mente en las últimas tardes pasadas con la abuela en
las que ella le había abierto su corazón y le había compartido esa parte tan
dolorosa de su vida. Y, a través de todo lo que ella le había contado, Andrés
admiraba el ejemplo de fortaleza y de esperanza que su abuela le daba, sin
proponérselo tal vez. Sin embargo, su amor por ella no era ciego ni idolátrico.
Se daba cuenta que su abuela no era perfecta, que como ella misma lo reconocía,
había cometido muchos errores. Y que, tal vez, los seguía cometiendo. Él sabía,
por ejemplo, que Pina había sido injusta con Julia, su madre, después de la
muerte de Gustavo Adolfo. Pero eso mismo le daba de ella una dimensión humana,
más real y auténtica. Además que, con el tiempo, Pina había reconocido que se
había equivocado y había corregido su actitud de tal forma, que llegó a querer
a su nuera tanto o más que a sus propias hijas. Ahora se daba cuenta Andrés que
el amor no impide ver los errores ni los defectos pero que, aceptándolos, los
supera y los transforma,
dándoles una medida justa, sin minimizar ni amplificar la
realidad. “El amor cubre la multitud de los pecados”, recordó Andrés haber
leído en alguna parte de la Biblia. Sí, era cierto. “En definitiva, el amor es
lo único que puede salvarnos”, se dijo aquella tarde después de despedirse de
la abuela, mientras recorría a pie las cuadras que separaban la Casa de las
Bugambilias de la suya.
24
—Estuve trabajando como maestra rural en el pueblo de Ayutla
durante casi cuatro años, y me entregué a mi labor con ánimo de misionera
–continuó la abuela Pina la siguiente vez que Andrés llegó a verla, después de
iniciar el ritual del café con pan de todas las tardes a las cinco en el amplio
corredor de la Casa de las Bugambilias. Ahora menos que nunca dejaría pasar una
sola tarde sin platicar con la abuela y escuchar de sus labios lo que aún
quedaba de la historia de la familia. Sentía que estaban acercándose al final y
era importante no perder un solo detalle de todo lo que ella pudiera contarle.
Además que el tiempo de sus vacaciones estaba por terminar y debía partir en
unos días a la ciudad de Roma y no sabía cuándo volvería a Tapachula. Por todo
ello era imprescindible aprovechar cada minuto de aquellas tardes con la
abuela. Mientras aspiraba el humo del primer cigarrillo que acaba de encender,
Pina Maldonado continuó:
Durante esos años en Ayutla no había querido relacionarme
afectivamente con nadie. Conocía a varios muchachos y muchachas que me
invitaban a salir y a fiestas, pero siempre rechacé toda invitación. Hasta que
una vez, casi por compromiso porque se casaba una compañera de la escuela,
asistí a su boda en un pueblo mexicano llamado Cacahoatán. Allí conocí a
Alfredo López Couto, un joven músico que dirigía una marimba–orquesta, muy
simpático y agradable. Aunque me sentía como vacunada contra todo sentimiento
amoroso, no pude permanecer insensible ante el encanto de Alfredo quien me
cortejó durante toda la fiesta y, por primera vez en mucho tiempo, volví a
sonreír desde dentro de mi corazón. Así se inició un romance que un año y medio
después nos llevó al matrimonio. Alfredo era de un pequeño pueblo mexicano
situado en las faldas del volcán Tacaná, casi en la misma frontera, llamado
Unión Juárez. En su familia casi todos se dedicaban al cultivo del café, menos
Alfredo y otro de sus hermanos, Rubén, que eran músicos. Toda la familia me
aceptó muy bien. Yo le conté a Alfredo todo mi pasado y él me pidió que no
pensara más en eso.
—Algún día yo te llevaré a Cuilco, iremos juntos a ver a tu
familia, pero por ahora, tu familia es esta, mi familia, que te ha recibido. Ya
no serás sólo Pina Maldonado, sino Pina Maldonado de López Couto, recuérdalo.
Serás mi mujer. Y yo tu marido. Y nada más.
Nos casamos en septiembre de 1928. Alfredo fue desde el
primer día un marido cariñoso y tierno que me quiso y me respetó durante todos
los años en que vivimos juntos. Casi cincuenta años teníamos de casados cuando
él murió. Quiso mucho a tu papá. Gracias a él, Gustavo Adolfo conoció a su
propio padre, José Andrés Grijalva, cuando iba a cumplir
diecisiete años. Te quiso mucho también a ti, desde que naciste. Tu papá le
pidió que fuera testigo cuando te llevó a apuntar al registro civil. Se llevaron
siempre muy bien, podría decirse que eran amigos. Él siempre te consideró su
nieto y se sentía orgulloso de ti. Cuando le mandabas alguna tarjeta de Canadá
se la enseñaba con mucho gusto a sus amigos músicos. Fue un hombre bueno, su
única debilidad era que a veces bebía de más. En parte por el ambiente
artístico en el que se desenvolvía. Fue la única nube que empañó nuestro
matrimonio. Bueno, eso y una vez que anduvo con una muchacha de la costa. Era
muy simpático y no le faltaban admiradoras. Pero la cosa no pasó a más, porque
yo le hablé claramente. Por entonces ya teníamos tres niños, de los siete que
tuvimos. Pero también de eso te contaré después.
Fue por entonces que fuimos a Cuilco. Yo había empezado
a comunicarme con mi madre por cartas. Ella me rogaba que
fuera a verla. Gustavo Adolfo, mi hijo, a quien yo no conocía, tenía ya casi
trece años. Tenía curiosidad por verlo. Además, yo me sentía bien, como mujer,
como esposa, como madre. Me faltaba recuperar mi relación como hija con mi
madre y recuperar también, eso deseaba, como madre, a aquel hijo que era ya un
jovencito. Las heridas y el sufrimiento del pasado habían sido cubiertos por la
estabilidad emocional del matrimonio, en especial por el respeto y el amor de
Alfredo, mi marido. Era tiempo de reconciliarme con el pasado, de ir a ver a la
familia Maldonado, a enfrentar la realidad actual con mis hermanos y con mi
madre. Casi todos estaban ya casados, algunos vivían en Cuilco y otros se
habían ido del pueblo. Sólo quedaba en casa, con mi mamá, María, mi hermana,
que nunca se casó, y Rutilo, el menor de todos los hermanos, que era dos años
más chico que yo, que vivía en la casa paterna con su esposa y dos hijas
pequeñas. El encuentro, después de trece años, fue fuerte. Mi madre y yo nos
abrazamos y lloramos juntas. También con María se dio la reconciliación. De los
hermanos mayores sólo estaba José Domingo que vivía en Cuilco y tenía cinco
hijos: Graciela, Ludivina, Elvira, Arsenio y Clemencia. Tu tía Elvira se
casaría después con José Rául Grijalva, el hijo de Albertina y tu abuelo José
Andrés. Por eso la familia está tan enredada, como si no hubiera habido más
gente en el pueblo. Y, por si fuera poco el enredo familiar, muchos años
después, Rolando, uno de los hijos de Graciela Maldonado, la hija mayor de José
Domingo, se casó con Adela Grijalva, la hija más chica de tu abuelo José Andrés
y tu tía María Eva.
Pues, en aquella ocasión, se dio la reconciliación de tal
manera con mi mamá y mis hermanos que nos quedamos a vivir en Cuilco durante unos
cinco o seis años. Allá nacieron tres de nuestros hijos. En Unión Juárez habían
nacido Clara, Irma y Concha y en Cuilco nacieron Abelardo, Alfredo y Esther.
Solamente Hernán, el último, nació en Motozintla, cuando tú ya habías nacido.
En Cuilco fuimos felices. Gustavo Adolfo, que cumplió trece
años por esos días, al principio se había mostrado muy reservado con nosotros,
sobre todo conmigo. Cuando estábamos todos juntos, no se separaba de mi madre,
a quien llamaba “mamaíta”, estaba siempre a su lado, como buscando seguridad
ante la voz de la sangre que sentía con mi presencia como amenaza de un amor
desconocido al que, tal vez, temía entregarse. A mí me decía “señora” y me
trataba con cierta distancia y no poca frialdad, hasta que hablamos seriamente
y yo le expliqué algunas cosas. Entonces él me empezó a llamar mamá y poco
después me llegó a querer mucho y demostrarme todo aquel amor que llevaba en su
corazón de niño. Su relación con mi mamá, aun siendo muy buena, no había
alcanzado a llenar su necesidad de una madre. Tal vez por eso mismo muy pronto
se dio entre nosotros dos un cariño muy grande y muy bello. Fue siempre un hijo
noble y
cariñoso, pero desde chico demostró tener una personalidad
fuerte. Lo que no le gustaba de mí me lo decía claramente. Aunque era todavía
un patojo, era muy inteligente y perspicaz, se expresaba con seguridad y como
casi siempre tenía razón en lo que me decía, no me quedaba más que aceptar
sus correcciones. Y a sus hermanos, aunque los quería mucho,
los trataba con rigor y severidad, tanto que ellos lo vieron siempre con mucho
respeto y, con el tiempo, casi como a un segundo padre.
Cuando llegamos a Cuilco, Gustavo Adolfo era todavía un
niño, delgado, espigado y alto para su edad. Cuando se desarrolló creció
bastante. Era a la vez serio y muy simpático. Desde muy jovencito todos los
demás niños lo respetaban, su presencia se imponía sin necesidad de que
levantara la voz o amenazara. Como te decía antes, incluso yo me sentía a veces
cohibida ante él. Pero era también muy chistoso, hacía imitaciones de toda la
familia y nos hacía morir de risa. A veces, por las noches, le gustaba asustar
a sus primos chicos, se alborotaba el pelo que lo tenía muy colocho, se
volteaba los párpados y se envolvía en una sábana y aparecía en la obscuridad
de un corredor o en el patio, cuando los patojos salían a orinar. Les daba un
susto tremendo. Por más que lo regañáramos, siempre andaba disfrazándose y
asustando a los demás. Le encantaba también contar historias de espantos
y aparecidos, como “El sombrerón”, “La llorona” o “El
decapitado” y otras que él inventaba y sus primos más chicos se morían de
miedo. Había inventado el juego de “Las caras verdes”, que consistía en
sentarse todos en el suelo alrededor de un plato en el que había puesto mucha
sal y alcohol. Apagaba las luces y encendía con un cerillo la mezcla del plato.
La luz verdosa del alcohol y la sal hacía ver verdes, con muecas y gestos
grotescos, las caras de los patojos, quienes se reían con ganas y esos nuevos
gestos provocaban aún más risas.
También le gustaba mucho la música y eso fue lo que lo
vinculó muy pronto con Alfredo, mi marido. A los catorce años tocaba ya en la
marimba–orquesta que Alfredo fundó en Cuilco. Le enseñó también a montar a
caballo y juntos salían a dar largos paseos por las mañanas, muy temprano,
antes que los demás nos levantáramos. Yo no diría que Alfredo vino a llenar el
vacío de la figura paterna que a Gustavo Adolfo le había hecho falta, sino más
bien la del hermano mayor. Eran buenos camaradas, amigos, cómplices. Gustavo
Adolfo tenía mucha confianza en él y lo respetaba pero no a la manera de un
hijo sino de un hermano menor. Además, muchas veces no estaba de acuerdo con
Alfredo y discutían fuerte. La familia seguía teniendo la hacienda de Zosí,
donde él había nacido, y allá iban a cabalgar también por las tardes cuando
había que reunir el ganado. Y también iban a nadar al río.
—¿Sabés, mamaíta? –me dijo un día–. Me gusta mucho ir a
nadar a la Laguna Encantada. Es un lugar donde me siento a gusto. Después de
nadar me gusta descansar sobre aquellas piedras grandes que hay y sentir en mi
piel su calor, porque hasta muy tarde siguen estando calientes por el sol de
todo el día.
Yo sentí un vuelco en el pecho. Mi corazón no había olvidado
la laguna ni las piedras (¿cómo podría olvidar jamás?) en aquellas noches de
luna con tu abuelo. En cierto modo, regresar a Cuilco fue como recuperar un
poco de mi pasado y poner el bálsamo de los bellos recuerdos a todo el dolor
que entonces y después me había tocado vivir. Aunque lejana, la imagen de tu
abuelo José Andrés se hacía presente y me parecía escuchar la música de su
guitarra y el eco de su voz cuando cantaba. A pesar de tantos años y de tantas
experiencias vividas, no lo he olvidado y, a ti te lo puedo decir, hasta
el final de mi vida seguirá siendo mi más grande amor. Hace
años, estuvo de moda una canción que me llegaba al alma cada vez que la
escuchaba, porque la hubiera podido haber escrito yo, cuya letra decía así: “Yo
conocí el amor y es muy hermoso/pero en mí fue fugaz y traicionero/volvió
canalla lo
que fue glorioso/pero fue un gran amor y fue el primero”.
Nunca he vuelto a querer a nadie como quise a tu abuelo. Alfredo me amó y me
respetó siempre y me volvió a dar seguridad en mí misma, me dio un hogar y una
familia y por todo ello le estuve siempre muy agradecida, yo también lo respeté
siempre y nunca le fallé. Pero en mi corazón, ahí donde la voluntad no manda ni
las razones convencen, José Andrés, tu abuelo, seguirá siendo hasta mi muerte,
el gran amor de mi vida. Nunca nos volvimos a ver.
Años después de llegar a Motozintla, él se casó en 1930 con
tu tía María Eva, la hermana mayor de tu mamá. Cuando nosotros fuimos a
Motozintla por la boda de tus padres, a finales de 1939, él había muerto ya,
dos años antes y había dejado a su joven viuda y a sus tres pequeños hijos Ana,
Juan Alfonso y Adela. Los otros dos hijos, los que tuvo con Albertina Briones,
José Raúl y Esmeralda, eran maestros y vivían en Tuxtla Gutiérrez. José Raúl se
casaría después con Elvira, la hija de mi hermano José Domingo, como antes te
dije. Pero esa también es otra historia de la que nosotros no hablaremos, al
menos por ahora. ¿Quieres un poco más de café?
III
Interludio
HABÍAN PASADO VARIOS AÑOS desde la primera vez que Andrés
Grijalva llegó a Bujumbura. Ahora regresaba, con menos juventud pero con más
experiencia, después de haber pasado cuatro años al frente de la embajada
mexicana en Lisboa. No le desagradó recibir la noticia de su regreso a Burundi.
Nuevamente pensó que aquel cambio, no solicitado por él, de alguna manera se le
ofrecía, una vez más, como un espacio propicio para continuar aquella
experiencia iniciada precisamente aquí, en Bujumbura, cuando acababa de cumplir
cuarenta años. Se estaba acercando ahora a los cincuenta y el duende íntimo de
la introspección seguía trabajando activamente en su mente y en su corazón y, a
menudo, le regalaba largas noches de insomnio.
Al llegar, le pareció que Bujumbura había crecido y ahora
presentaba el estilo de una verdadera ciudad capital con grandes edificios de
arquitectura moderna, amplias avenidas y muchos otros elementos urbanísticos;
era notable, también, el tráfico que ahora había, a ratos caótico, sobre todo
en la zona del centro; Bujumbura ya no era aquel pueblo grandote que le había
parecido a Andrés la primera vez, años atrás. La situación social de Burundi y,
en general, de toda la región de los Grandes Lagos africanos, seguía siendo
delicada. El gobierno mexicano había decidido continuar apoyando la postura de
los llamados “países no alineados”, para colaborar en el establecimiento de los
acuerdos de paz que todos deseaban para un mejor desarrollo económico y social
de los países de aquella región africana. La experiencia de Andrés le había
permitido llevar a cabo una labor diplomática que había merecido el
reconocimiento, a través del Secretario de Relaciones Exteriores, del mismo
Presidente de México, por lo que se le había pedido que regresara a Burundi
nuevamente y se contaba con que seguiría al frente de la embajada por un tiempo
más, que podría ser de algunos años.
Curiosamente, aunque tenía mucho trabajo, el ritmo de vida
africano le volvía a permitir tener tiempo para él mismo. Había logrado
establecer un horario que le dejaba casi todos los días, generalmente por las
tardes, un par de horas para la lectura personal o para su correspondencia
privada. Y para la reflexión. “No dejes de meditar todos los días –le seguía
diciendo Sophie cuando se comunicaban por teléfono o por internet–, es
necesario para conservar la salud mental y espiritual”. Andrés había aceptado
este tiempo de su vida en Bujumbura como un verdadero “retiro” que le
permitiría, nuevamente, volver a escribir acerca de su familia. Había puesto en
orden sus notas sobre “Las tardes con la abuela Pina” y, aunque no estaba satisfecho del
resultado final, porque le parecía que la redacción no estaba todavía completa,
en fechas recientes había estado pensando en su otra abuela, la materna, la
fuerte y cariñosa abuela Rosenda Díaz. “Me gustaría lograr una crónica completa
de toda la familia: paterna y materna”, se dijo. Empezó por recoger todas las
notas que tenía en sus papeles personales sobre la familia de su madre, los
Monzón Díaz. Era cierto que con la abuela Rosenda no se había dado una relación
tan cercana como con Pina Maldonado, pero muchas veces había charlado con
Rosenda y también tenía apuntes y notas de todo lo que recordaba de ella y de
todo lo que en la familia se contaba de los bisabuelos y tatarabuelos.
Necesitaba escribir sobre todo aquello que significara el
origen de su familia, de toda su familia, porque eso era excavar, descubrir,
expresar sus propios orígenes, en definitiva, su propia historia. Y, tal vez,
eso le ayudaría a descubrir su propia identidad. El eterno extranjero, el
sempiterno vagabundo, seguía necesitando conocer el rostro de su alma, la
verdadera
identidad, pensaba. Los años que seguían pasando, aunque le
iban pintando las sienes de gris y le dejaban en el rostro los rasgos del
tiempo vivido, gozado y sufrido, no bastaban por sí solos para llenar ese vacío
interior, para satisfacer esa eterna sed de saber, de entender, de comprender
su propia historia, el porqué de tantas cosas, el sentido de la vida.
Andrés pensaba en eso por las mañanas, mientras se afeitaba,
en aquel encuentro fiel de todos los días consigo mismo. A ratos, aquel rostro
que reflejaba el espejo le parecía totalmente desconocido, sobre todo después
de una noche de insomnio. La piel ya no era fresca ni firme como antes y los
rasgos de cansancio parecía que se habían instalado definitivamente en la
expresión de sus ojos y en las comisuras de los labios. Hacía mucho que había
desechado la tentación de volver a dejarse el bigote y la barba, desde
que se dio cuenta que le brotaban casi completamente
blancos. No alcanzaba a comprender aquella extraña paradoja de que, siendo el
mismo, hubiese cambiado tanto. Pero no sólo físicamente había cambiado.
Conforme pasaba el tiempo, se daba cuenta que cada vez necesitaba menos cosas
materiales y, si bien seguía disfrutando de la buena mesa, de la lectura y el
cine, de la música y del placer fiel de adquirir, de cuando en cuando, una obra
de arte o, al menos, una pieza de artesanía, era consciente de que con gran
facilidad podía también desprenderse de todo ello. Sí, lo material contaba
ahora menos. También las pasiones que tantas inquietudes y no pocas
dificultades le habían hecho vivir cuando joven, parecían haber encontrado
cauces más serenos; ya no eran el potro desbocado que antaño había galopado con
frenesí y que, en ocasiones, casi sin querer, tan lejos lo había llevado, sino
el caballo fuerte y noble que él montaba con elegancia y señorío y que ahora,
con experiencia y sabiduría, lo llevaba a donde él quería. En cierto modo, era
más dueño de sí mismo y esto lo hacía sentirse más libre. Pero lo de adentro,
la mente o el corazón, parecía haber crecido en sus demandas y reclamaba, a
ratos, a grandes voces inaudibles, una satisfacción que él no acababa de
encontrar, a pesar de tanto tiempo.
“¿Por qué no te decides a seguir escribiendo?” –le había
dicho Sophie la última vez que habían hablado por teléfono–. Me parece que
puede ser tu forma personal de dar respuesta a tus propias interrogantes.
Después de todo, somos nuestro pasado y, conociendo nuestra historia, podemos
entendernos mejor. Aunque no hay que olvidar que somos, también, nuestro
futuro, que estamos llenos de esperanza, de todo lo que nos espera”.
Martha, su hermana, le había llamado también desde
Tapachula, después de haber leído el texto de “Las tardes con la abuela Pina” y
le había rogado que siguiera escribiendo sobre la familia. “Me parece justo que
también se conozca la historia de la abuela Rosenda –le había dicho–. Creo que
ella también merece que sepamos por qué vivió lo que vivió y la forma en que lo
hizo. Además, como las historias de las abuelas están necesariamente
entrelazadas con las de los abuelos, así como describiste la historia del
abuelo José Andrés Grijalva, así conoceremos mejor la historia del abuelo Juan
de Dios Monzón y todo lo que fue y vivió. Es importante también para mí y para
mis hijos, y para que las nuevas generaciones de la familia conozcan de dónde
vienen y por qué somos ahora lo que somos. Ya que has empezado, te pido que
sigas escribiendo, hermano”.
El trabajo en la embajada se había normalizado y, aunque la
situación de Burundi seguía siendo delicada, la gente casi había llegado a
acostumbrarse a vivir en medio del peligro y, prácticamente, no había grandes
novedades, por lo que Andrés Grijalva podía continuar dedicando una buena parte
de su tiempo a sus asuntos personales. A veces, por las tardes, le gustaba
caminar por las orillas del lago Tanganica que, de alguna manera, con sus
palmeras, le recordaban las playas de San Benito, en Tapachula. Casi siempre
llevaba consigo un libro y, pasaba un buen rato sentado en la arena de la playa
hasta la puesta del sol. O se iba a tomar una cerveza al “Círculo Náutico”
donde, desde la terraza que daba sobre el lago, podía muchas veces contemplar
los enormes hipopótamos que salían a la superficie cerca de la orilla. Burundi
seguía teniendo mucho de primitivo y de violento, lo que Andrés asociaba con la
imagen de un volcán en plena erupción: fuego, fuerza, violencia, muerte.
Después entraba a casa, porque con la noche aumentaba el peligro de los ataques
rebeldes que seguían manteniendo una guerra de guerrillas contra el ejército
burundés, últimamente en la misma capital. Era una verdadera lástima, pensaba
Andrés, porque Burundi, aunque no tenía petróleo ni grandes reservas minerales,
era un país con un enorme caudal de recursos naturales, con una fauna y una
flora exuberantes y una variedad de paisajes con lagos, montañas, bosques, ríos
y valles que, en otras circunstancias, harían de él un verdadero emporio
turístico tan importante o aun más que el de Kenia, lo que, sin duda, ayudaría
mucho a su desarrollo económico y social. Pero por ahora la realidad de la
guerra no atraía para nada a ningún visitante, como no fuera a los miembros de
algunas organizaciones no gubernamentales y de ayuda humanitaria, a los
diplomáticos y a los misioneros, con ciertas reservas y limitaciones.
Aun con todos los años vividos antes en Bujumbura y el
tiempo que llevaba ahora, aunque conocía a muchos burundeses e incluso tenía
buena amistad con algunos de ellos, Andrés no había llegado a comprender la
profundidad del alma de Burundi. Los barundi, como se llaman a sí mismos,
seguían siendo para Andrés un enigma. Generalmente eran personas amabilísimas,
elegantes, finas, serenas, tranquilas; mantenían una sonrisa constante en su
rostro y eran muy respetuosos no sólo con los extranjeros, sino con sus
ancianos y con sus autoridades. Pero, en un momento dado, podían transformarse
completamente. De la sonrisa se pasaba a la risa abrupta, salvaje, casi de
grito y aquel profundo respeto por los demás y aquella amabilidad podían dar
paso a la violencia más sanguinaria de la que Andrés hubiera tenido noticia.
Es cierto que estaba el asunto étnico entre bahutu y batutsi
que explicaba, en parte, la situación de conflicto que se estaba viviendo
actualmente. Había también elementos económicos, políticos, sociales,
históricos y, como casi siempre, intereses extranjeros en juego. Pero eso no
era todo. “¿Cómo
puede habitar en el mismo corazón que ama la belleza y las
buenas costumbres tanto resentimiento y tanto odio que llevan a una violencia
asesina, fratricida?”, se preguntaba a menudo Andrés ante los ataques de uno y
otro grupo, verdaderas masacres que seguían teniendo lugar en Burundi. “¿Cómo
puede la misma mano del que ha acariciado a los niños de sus vecinos, del que
los ha visto crecer y jugar con sus propios hijos, empuñar luego el machete
para asesinarlos junto con sus madres, porque pertenecen a otro grupo?”. “¿Y
dónde queda, en todo esto, el aspecto de la religión?”. Tanto Ruanda como
Burundi, estos dos pequeños países del África central, junto a los Grandes
Lagos, habían sido evangelizados por los misioneros europeos hacía apenas cien
años y se declaraban cristianos en su gran mayoría, noventa por cierto. “¿Es
tan fuerte la violencia que pasa antes que el mandamiento cristiano del amor al
prójimo?”, se preguntaba Andrés ante el espectáculo contradictorio de la
catedral de Bujumbura repleta de fieles en una misa de domingo por la mañana.
Se decía que, durante el gran genocidio de 1994 en Ruanda, en el que cerca de
un millón de personas fueron asesinadas en el espacio de unos cuantos meses,
habían participado
en forma activa algunos sacerdotes católicos. Se hablaba,
incluso, de la complicidad de un obispo. Dios santo, ¿cómo era posible todo
esto? Andrés no lo entendía. “Hemos caminado sobre la luna hace casi treinta
años, conocemos la atmósfera de Marte y hemos escrutado los secretos del fondo
del mar; conocemos los misterios del átomo y hemos creado la
más sofisticada electrónica para comunicarnos por internet, al alcance hasta de
un niño de kinder. Pero no hemos sido capaces de llegar al fondo del corazón
humano y descubrir el antídoto contra tanto odio y tanta violencia. El amor.
¿Dónde quedó el amor en todo este mundo? El amor sigue siendo una quimera, una
utopía; una esperanza, tal vez; pero está lejos de ser una realidad. Los dueños
del mundo no son el amor ni la paz, sino la economía y el poder del dinero en
los que el hombre pone su corazón y que son, en definitiva, la causa profunda
de las guerras. ¿Qué nos espera en el nuevo siglo y en el nuevo milenio que
están a las puertas?” Estos eran algunos pensamientos que ocupaban también su
mente en sus largas noches de insomnio.
Algunos de sus amigos de las otras embajadas le reprochaban
su poca participación en la vida social que, a pesar del estado de guerra y el
toque de queda a las nueve de la noche, se llevaban a cabo en las residencias
de unos y otros. Andrés comprendía que para aquella pequeña comunidad
internacional era necesario reunirse con frecuencia para discutir la situación
del país y de toda la región, para intercambiar datos o, simplemente, para
disfrutar de una buena cena y unos buenos tragos y de la charla y el chisme
oficial que les mantenían en su ambiente acostumbrado, inmersos como vivían en
toda aquella cultura africana tan distinta de la occidental, por más que se
hablara francés o inglés y se viviera a la europea. “Mucha gente cree que la
vida de un diplomático es siempre un paraíso; no se imaginan siquiera todo lo
que tiene de exilio vivir en el extranjero, en medio de los africanos, por
ejemplo, sobre todo en un ambiente social como el de Burundi” –decía la esposa
del embajador italiano–. “Y para mí no es cuestión sólo de comer spaguetti o
beber Chianti, no; es mucho más que eso. Yo necesito respirar el aire de
nuestra cultura europea y occidental, de lo contrario, me asfixio”. Andrés era
muy amable con todos ellos, pero casi siempre prefería quedarse en casa, en su
residencia de la colina de Kiriri, trabajando hasta muy tarde frente a la
computadora o leyendo una buena novela en el estudio frente a la terraza, desde
donde se veía el paisaje nocturno de Bujumbura, con los mil ojos de la noche
parpadeando en la obscuridad del valle.
Después de la llamada de su hermana, Andrés Grijalva estuvo
varios días pensando en su abuela Rosenda Díaz, tratando de poner un orden en
sus recuerdos y en sus notas. En cierto modo, la historia de la abuela materna
era más fácil de describir porque, desde pequeño Andrés había convivido más de
cerca con la familia Díaz Recinos, así como la rama paterna de Julia Monzón, su
madre, rama de la que tanto se hablaba en la familia, no siempre en buenos
términos, por una serie de dificultades debidas a la herencia del abuelo que
nunca se aclaró del todo; dificultades que, como un maleficio, parecía que se
intentaban repetir en la nueva generación.
Andrés no estaba tan motivado para iniciar la narración de
los orígenes de esta parte de sus antepasados, como lo estuvo para escribir
“Las tardes con la abuela Pina”, pero gracias a los estímulos que había
recibido, sobre todo de Martha, su hermana, en buena parte movido por la
curiosidad de ver qué salía de todo eso, y teniendo en cuenta que podía ser una
forma de la ascesis que se había impuesto desde la primera vez que llegó a
Burundi como una búsqueda incesante de identidad, Andrés tomó la decisión de
seguir escribiendo. Así, una tarde, sin pensarlo más, se puso delante de la
computadora y empezó a redactar la parte correspondiente a la rama materna, a
partir de la figura de la abuela Rosenda Díaz. “Veamos qué sale”, se dijo
poniendo manos a la obra.
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