jueves, 16 de junio de 2016
UNA MUJER EN SHANGRI-LA - -2 Guerra Mundial Por Margaret Hastings
47 días en el misterioso valle escondido..
UNA MUJER EN SHANGRI-LA
Condensado de un artículo especial del International News Service
Por MARGARET HASTINGS
Cabo del cuerpo auxiliar femenino del ejército de los Estados Unidos
En colaboración con Inez Robb
Febrero 1946
-- Fragmento final--
NO
ENCONTRAMOS en el valle indicio alguno de que los
indígenas tuviesen religión. No había ídolos ni altares. «Su religión es el
amor a la humanidad» , dijo una vez el capitán Walters. Éste, creo yo, es el
más elocuente tributo que puede rendirse a la bondad de esa gente sencilla.
Llegó, por fin, la notificación que estábamos esperando. Un deslizador nos
sacaría de Shangri-La remolcado por un avión de' transporte C-47 al que daban
el apodo de Leaking Louise. El jueves, 28 de junio, el deslizador descendió
graciosamente al valle y fue a situarse en la zona de arranque. Ya estábamos
todos allí antes de que el piloto, teniente Henry E. Paver, tuviera tiempo de
salir del deshzador.
—Este expreso sale de aquí dentro de 30 minutos —nos anunció.
—¡Treinta minutos! —exclamé —¡Y yo que ni siquiera he empacado! Corrimos a las
tiendas para recoger apresuradamente las hachas de
piedra, los arcos y las flechas que habíamos comprado coo recuerdo
de nuestra estancia en Shangri-La. El C-47 daba vueltas en el aire esperando el
momento de arrastrar el deslizador y ponerlo en el aire.
LOS
INDíGENAS comprendieron que nos marchábamos. Al decirles adiós, vimos que en
ésta, como en la otra despedida, el llanto
asomaba a sus ojos. Yo sabía que iba a
perder para siempre a quienes consideraba como unos de los mejores y más nobles
amigos que jamás he tenido. Un nudo me oprimía la garganta, y sólo
con gran esfuerzo acerté a dominar mi emoción. Muy claro se veía que McCollom y
Decker estaban sintiendo lo mismo y que, como yo, luchaban por sobreponerse a
sí mismos.
—No se afanen si el cable de remolque se revienta en la primera intentona — nos
advirtió Paver con la evidente intención de darnos ánimo.
—¿Y qué pasa si se revienta? — preguntó McCollom.
—Bueno ... el ejército me tiene asegurado a mí por 10.000 dólares—fue la
respuesta de Paver.
Oprimí nerviosamente mi rosario. ¿Habríamos sobrevivido al horrible desastre
del avión y a tantos azares, penalidades y dolencias, sólo para perecer
cuando ya la salvación estaba tan cerca? El C-47 descendió hacia nosotros
con los motores en marcha. Yo sentí que la sangre se me helaba en las venas. El
deslizador fue conectado al remolque... Un violento tirón, y empezamos a correr
velozmente por la zona de arranque. Un segundo después habíamos despegado y
estábamos ascendiendo. Pasamos rozando la copa de un
árbol, y yo instintivamente me eché hacia atrás horrorizada. Sólo más tarde supe cuán cerca estuvimos de otro .trágico
percance. El cable de remolque,: al pasar trabajosamente por entre
los espesos árboles, había aminorado la velocidad del Louise hasta 168
kilómetros por hora, lo cual, a esa altura, es muy peligroso para un avión de
su tamaño,., El mayor Samuels, que iba a cargo de los controles, logró
mantenerlo volando, pero según nos confesó después,
el riesgo en que estuvimos fue gravísimo. Cuando por tal proeza se
solicitó para él la Cruz de Vuelo Distinguido, exclamó con toda la sinceridad de
que era capaz: «¡No volvería, a repetir aquello ni
por una docena de Cruces!» De pronto notamos un golpeteo rítmico y
constante en el fondo del deslizador. Sucedía que habíamos levantado uno de los
grandes paracaídas de carga que iban allí, y éste daba contra la frágil
armadura del deslizador. Aquel golpear incesante abrió una grieta que fue
agrandándose hasta convertirse en una hendedura de casi 6o centímetros que
abarcaba todo el ancho' del 0.2slizador. Con sólo inclinarnos, veíamos a través
de aquel boquete 'Íodo el paisaje sobre el cual íbamos volando. Era algo que acababa de ponernos los nervios en tensión.
Nos tomó solamente 90 minutos volar desde Shangri-La hasta Hollandia, pero
confieso que a mí me parecieron 90 horas. Al fin Paver logró que el averiado
deslizador hiciera un aterrizaje perfecto, y yo salté a tierra 47 días después de haber salido para un vuelo de rutina que debía durar 4 horas. Cuando
avanzábamos en grupo hacia la fila de los
fotógrafos que nos disparaban fogonazo tras fogonazo, me apreté
instintivamente contra McCollom y Decker como en busca de amparo. Comprendí,
entonces, mejor que nunca, cuán enorme fortuna había sido para mí el pasar
aquellas adversas horas de mi vida en compañía de dos hombres así. Cada uno de
ellos había sufrido — el uno moral y el otro materialmente — mucho más que yo.
McCollom dejaba en aquel lejano peñasco al ser que
más quería. A Decker se le esperaba largas semanas de
hospitalización a causa de sus muchas heridas. Pensé entonces, con honda
gratitud, en el capitán Walters y sus paracaidistas filipinos que estaban aún
en Shangri-La. Y al alejarme del deslizador para empezar de nuevo mi vida de
antes, surgió en mi corazón el recuerdo de las veinte cruces y la estrella de David, agrupadas en
el solitario rincón salvaje de la montaña... Sólo entonces logré dar rienda suelta a mis lágrimas.Selecciones
del Reader´s Digest
No hay comentarios:
Publicar un comentario